[13]. El Viejo Moisés, ordenador con el que Lincoln Powell se ayuda en su cacería de Ben Reich, nos aparece en la actualidad terriblemente anticuado, con sus fichas perforadas, pero está dotado para realizar simulaciones que tienen algo, sólo algo, de realidad virtual. En Las estrellas mi destino proliferan los ejemplos: la operación con que Foyle se convierte en una máquina de combate gracias a «microscópicos transistores» o los cambios de rasgos de Yeovil son tan ciberpunks como las pandillas callejeras, el ciberespacio o las luces de neón.
Sin embargo, la última etapa de Bester se nos aparece como mimética de la New Wave (la imaginería de Computer Connection es casi el sueño de un hippy sesentón) y no demasiado atinada como precursora del ciberpunk (el encierro «virtual» de Demi Jeroux en Los impostores es tal vez el aspecto menos logrado de la novela). La grandeza de Bester como vanguardia y avanzadilla de las posteriores revoluciones del género es un fenómeno privativo de su obra de los años cincuenta. Bester alcanza una plenitud literaria y estilística basada en una técnica muy depurada —la planificación, con unos primeros capítulos modélicos que atrapan al lector— y en unas imágenes muy visuales que serán tomadas como ejemplo a seguir por autores posteriores. Dada su relación profesional con ámbitos ajenos a la cf, Bester podía pulsar como nadie lo que se respiraba en la calle o en otros géneros e importarlo al fantástico, convertido en revolucionaria novedad. Bester-urraca, llevando al nido las joyas del mundo del cómic o de la novela negra o de la literatura general: Faulkner y Twain le inspiran “Afectuosamente Fahrenheit”; de Dumas extrae la idea de Las estrellas mi destino. Sí, Bester fue el profeta de un mundo, el de la cf, que tardó quince años en descubrir y asimilar sus propuestas. Pero también fue un hijo de su tiempo. ¿Fue, pues, un visionario que se adelantó en década y media a las propuestas de cambio del género o, por el contrario, era la ciencia ficción la que llevaba quince años de retraso? Sea como fuere, su obra perdura, es patrimonio de todos nosotros y, como sucede con los clásicos, nunca es mal momento para acercarse a ella. El hombre demolido, “Elección forzosa”, “Número de desaparición”, “Afectuosamente Fahrenheit”, Las estrellas mi destino, “Los hombres que asesinaron a Mahoma” o “El hombre pi” son razones suficientes para considerar a Bester un grande entre los grandes, un autor sin el cual —y esto es rigurosamente cierto— el género no sería el mismo. Así lo supo entender la SFWA al concederle el título de Gran Maestro en 1987, galardón que, aunque llegó a serle comunicado, no pudo recoger en persona: fallece en Pennsylvania el 30 de septiembre de ese año, de un ataque al corazón. ¿Las estrellas, su destino? Seguro que sí.
«Escribir no es lógico ni razonable»
«Escribir no es lógico ni razonable. Es un acto de loca violencia cometida contra tí mismo y el resto del mundo... al menos así es conmigo.»
(De Oh luminosa y brillante estrella, op.cit., p. 30)
El hecho de que Gigamesh dedique parte de su espacio a la obra de Alfred Bester no obedece sólo a razones puramente nostálgicas (pocos colaboradores de la revista dejamos de soltar la lagrimita evocando nuestras primeras lecturas de El hombre demolido o Las estrellas mi destino), ni a oscuros intereses comerciales (insoslayables, dada la reedición de Las estrellas mi destino por Gigamesh Libros y la —anunciada como— inminente publicación de los cuentos completos por Minotauro), tal vez ni siquiera a un candoroso sentimiento inconformista que en ocasiones lleve a más de uno a atacar la situación actual de la ciencia ficción por la vía de comparar la obra de los primeros espadas contemporáneos con la de nuestro neoyorquino de marras y dedicarse a extrapolar alegremente acerca de cuán depauperado se encuentra el género que tanto amamos y bla bla bla. Algo —o mucho— hay de lo expuesto, para qué engañarnos. Sin embargo, me gustaría realizar otra lectura de la razón de ser de este repentino interés por Bester. Existe un nutrido grupo de lectores relativamente recién llegados al género para quienes nombres como Alfred Bester o Theodore Sturgeon o Fredric Brown o Clifford D. Simak o Frederik Pohl o James Tiptree, jr. no son más que meras citas a pie de página, prolijas entradas en libros de referencia, trasnochadas recomendaciones oidas a no menos trasnochados aficionados en cualquier convención, tertulia, partida, chat, librería o sección de correo; vacas sagradas cuyo valor intrínseco se da por supuesto y en el mejor de los casos resulta muy difícil de comprobar, a no ser que se cuente con la inmensa fortuna de conocer una buena librería de lance, una biblioteca pública generosa de fondos o un tío excéntrico entre cuyas aficiones de juventud figurase la lectura compulsiva de libros de cf. Para este grupo puede suponer todo un descubrimiento el acceso a esas vacas sagradas (y las páginas de Gigamesh son una manera tan buena como cualquier otra) mediante una introducción a su vida, obra, temática, preocupaciones... que en cierto modo preparen y estimulen el que debería ser el siguiente paso, la razón de ser de todo este tinglado: la lectura. Si con este artículo conseguimos «enganchar» a un solo nuevo lector a la obra del gran Alfred Bester, habremos colmado nuestras aspiraciones.
«Siempre me saludaba con la mayor efusividad. Utilizo el término saludar sólo como algo figurativo, porque en realidad más de una vez (muchísimo más que una vez, sobre todo si él me veía a mí antes que yo lo viera a él) me brindó mucho más que un saludo verbal. Me encerraba en un abrazo y me besaba en la mejilla. Y en ocasiones, si yo le daba la espalda, no titubeaba en manosearme el trasero.»
(Isaac Asimov, “In Memoriam, Alfred Bester en Michael Bishop (ed.), Premios Nebula 1987, pp. 52-53.)