Regreso a las fuentes de los mitos

Bosque mitago, de Robert Holdstock

Curiosamente, uno de los primeros recuerdos que me trae a la memoria Bosque Mitago es el de una desolación, la del desierto intelectual de modelos repetitivos y gastados que la literatura fantástica de finales de los ochenta le ofrecía al aficionado de este país. Empezaba a vivirse la sobreexplotación del modelo Tolkien (y, sin embargo, inocentes como éramos, no habríamos imaginado entonces lo que nos esperaba), y las estanterías del género estaban llenas de elfos, semielfos, enanos, semienanos, goblins, orcos y dragones de mundos semimedievales donde todas las chicas estaban buenas, todos los malos tenían escamas o eran verdes, y nadie se partía el espinazo haciendo algo tan vulgar como plantar coles para alimentar a toda aquella chusma de orejas puntiagudas.

Y entonces cayó en mis manos Bosque Mitago, probablemente a causa de algo indefiniblemente antiguo y auténtico que creí entrever en la primitiva portada de la edición de Martínez Roca. Tal vez no fuera un efecto deliberado buscado por nadie, pero desde luego en mi caso funcionó.

Empecé a leerlo. Y ya no pude dejarlo.

Es difícil, aun ahora y después de tanto tiempo y varias relecturas, explicar lo que sentí al cerrar el libro. Fue como si a un hombre sediento que se ha pasado meses bebiendo sucedáneos edulcorados y zumos baratos llenos de azúcar y sabores artificiales se le permitiera de nuevo beber agua pura, fresca y limpia.

Bosque Mitago me había llevado de regreso a las fuentes originales, poderosas y primitivas, de los mitos elaborados, transformados y disfrazados sobre los que había estado leyendo toda la vida. Y aunque lo que contaba se refería claramente al país del autor, uno podía sentir que esa misma limpieza sencilla y antigua podía aplicarse a los mitos del propio lugar, y enseñaba a mirar por debajo de los cuentos de la abuela y las historias de la zona, e imaginar dónde estaban escondidas las propias fuentes. Porque la novela es, entre otras cosas, la historia de un largo viaje iniciático en busca de los orígenes, la propia identidad, y por supuesto, ese amor ideal e imposible que todos hemos tenido alguna vez —y, además, algunos han perdido—, probablemente como metáfora de todas las cosas perdidas.

Pero sobre todo, y como ya escribí en su momento, para quienes hayan sentido alguna vez la proximidad de un bosque, uno de esos escasos restos de la selva atlántica que un día cubrió la totalidad de nuestro suelo, Bosque Mitago será el descubrimiento del paisaje y la tierra como el primero de los grandes mitos y, a través de él, la llegada de todos los demás, con sus misterios y reglas extendiéndose desde pasados ancestrales —la elección del paisaje inglés natal de autor sólo refuerza la impresión de que cualquiera de nosotros habría podido escribir la misma novela con mitos ligeramente distintos—, desde lo muy particular hasta lo universal.

Del mismo modo, la historia comienza desde una realidad gris y cotidiana —una Inglaterra sumida en la escasez de la posguerra, una típica familia inglesa distanciada y poco dada a la expresión de sentimientos, un padre frío y ajeno y una sensación general de tristeza asumida— y va internándose en el misterio que lentamente penetra desde la puerta del jardín de los Huxley, y que poco a poco nos adentra en el mundo distinto y fascinante que emana del bosque cada vez con más energía, hasta que las poderosas fuerzas que se han refugiado en él terminan desplegando sus misterios ante la mirada de los protagonistas, hasta arrastrarlos a un interior del que surgen de vez en cuando personajes increíbles, salidos de las leyendas.

A estos personajes, el padre del protagonista, George Huxley, los bautiza como mitagos, y esta es la palabra con la que se inicia el misterio en el mismo título del libro. Los mitagos son seres definidos por el propio observador sin saberlo, figuras grabadas en el subconsciente colectivo. Mitos de los primitivos cazadores del bosque, de las tribus célticas que lo habitaron, de los romanos que intentaron desbrozarlo; mitos artúricos, mitos de los germanos invasores que también recorrían un mundo de robles, hayas, encinas, abetos, tejos y sauces; senderos ocultos, helecho húmedo y matorral cerrado, troncos centenarios y espesas capas de musgo. Porque el primero de los mitos a los que está dedicado este libro es el propio bosque.

Atrapados en él por su magia, cada uno por sus propios motivos, los protagonistas se internarán entre los árboles y lucharán o huirán de sus visiones encarnadas en seres vivos, y en otros casos se maravillarán de encontrarse con estos personajes a los que se puede matar, pero que nunca mueren del todo, sino que renacen en el lugar del bosque en el que comienza de nuevo su leyenda. El libro es, en la mejor tradición fantástica, la historia de una búsqueda y una misión, y al mismo tiempo un recorrido entre paisajes y figuras que han ejercido siempre sobre el aficionado a la literatura una magia tan poderosa como la que narran las tradiciones que protagonizan. Sabe a poco, porque no tiene desperdicio.

Cerré el libro fascinado, como ha ocurrido con cada nueva relectura desde entonces, y recuerdo haber asentido mentalmente al pensar en uno de los mitagos más primitivos, el poderoso Urscumugh, demonio tutelar y personificación del bosque primigenio, recordando que en mi propia cultura el mismo mito ancestral recibe el nombre de Busgosu. Supongo que eso explica en parte la sensación de identificación que la novela produce de un modo particular en cada lector, que sin duda podría hacer salir del bosque sus propios mitagos. Sea por esa razón o por otra, Holdstock sabe tocar en esta novela los resortes necesarios dentro de cada uno para que sea imposible olvidarla una vez leída, y para que cada cierto tiempo uno desee volver a ella y sumergirse en su hermosa tristeza. Sea por esa razón o por otra, Holdstock sabe tocar en esta novela los resortes necesarios dentro de cada uno para que sea imposible olvidarla una vez leída, y para que cada cierto tiempo, desee volver a ella y sumergirse en su hermosa tristeza.

Lo cual hace que me alegre doblemente por la reedición de Gigamesh. Por una parte, en nombre de todos los lectores que sólo podían llegar a ella a través del préstamo o las librerías de viejo; y por otra, en el de quienes ya teníamos el antiguo ejemplar demasiado manoseado.

Javier Cuevas