Con toda la contundencia de una primera novela

Carbono alterado, de Richard Morgan

Las primeras novelas tienen un encanto especial que las siguientes novelas del mismo autor, por mejor escritas y más redondas que sean, difícilmente alcanzan. Para usar un símil musical, el primer cedé de cualquier grupo suele tener los mejores singles, junto a canciones que son claramente de relleno, mientras que los siguientes suelen ser cedés más redondos, sin tantos altibajos, pero también sin las mismas cumbres alcanzadas en el primer esfuerzo. Tal vez se deba a que el autor condensa las ideas, las experiencias y las esperanzas de toda su vida hasta el momento, mientras que en sus obras posteriores desarrolla el oficio, en ocasiones forzado por los adelantos de las editoriales y presionado por las expectativas creadas por el éxito. Posiblemente escribirá mejor, pero nunca será tan fresco y sorprendente como en la primera novela. Por eso, entre los libros más importantes de cada año suelen encontrarse unas cuantas óperas primas. En el 2002 fue Carbono alterado.

En el siglo XXV, la humanidad se ha expandido por la galaxia siguiendo las huellas de los marcianos. La conciencia se almacena en un chip, lo que convierte la muerte en algo obsoleto. Basta cambiar de «funda» para empezar de nuevo. El mismo proceso sirve para viajar al otro extremo de la galaxia: se transmite la información a un nuevo cuerpo, y listos. Pero estos avances solo están al alcance de quien puede pagarlos, claro. Para controlar esta diáspora, la ONU tiene a su disposición a los Enviados, un cuerpo de élite que se encarga del trabajo sucio. Precisamente, un ex enviado, Takeshi Kovacs, ha sido sacado del almacén de identidades que sirve de cárcel a petición de un mat (de Matusalén) de la Tierra, para investigar una muerte: la suya propia.

Con esta premisa, Richard Morgan teje una intriga al mejor estilo de El sueño eterno en la que el género negro se entremezcla con la especulación científica más interesante de los últimos tiempos y crea un universo lleno de detalles sorprendentes, que sin duda serán explorados en futuras entregas. A esas dotes de creador de mundos, Morgan une una aguda capacidad de observación de la condición humana y sus miserias que por un lado trasciende el género y por otro utiliza todos sus recursos para mostrar que el hombre siempre es el mismo, ahora o dentro de quinientos años, y que las innovaciones tecnológicas benefician a los de siempre.

La frescura de su punto de vista moral y en ocasiones político hacen que Carbono alterado destaque por encima de las otras novelas del año. Como ocurre casi siempre en el género negro, la trama pasa a un segundo plano y el protagonismo pasa al retrato de personajes, la ambientación y el estudio de los aspectos menos agradables de la sociedad. Kovacs es un personaje realmente interesante, que pide a gritos otras novelas para poder conocer las múltiples facetas que en esta se le adivinan. Por suerte, ya existen dos novelas más con él de protagonista, y es de esperar que no tarden tanto en aparecer en nuestra lengua como Carbono alterado, cuyos problemas de traducción, si bien no llegan a dificultar la lectura, sí atrasaron su lanzamiento.

Dos apuntes más. Cualquier lector pensará que de Carbono alterado saldría una película espectacular. Pues bien, Joel Silver, productor de Matrix, también lo pensó y compró los derechos por una buena cifra, hasta el punto de permitir que Morgan se profesionalizase. Y otra cosa. Cuando trabajaba de profesor de inglés, el autor vivió un tiempo en Madrid. ¿Qué ha aportado esto a Carbono alterado? Pues que el cubil del malo está en el Valle de los Caídos.

Òscar Buenafuente