Mestizo por norma

Celtika, de Robert Holdstock

No recuerdo quién fue el que dijo que una de las características de la producción cultural posmoderna es el énfasis con que incide en la parodia, el plagio o el mestizaje de tradiciones canónicas desde la veneración absoluta o desde la irreverencia, tanto da; cualquier cosa antes que arriesgarse a explorar nuevos grandes asuntos, tan denostados en esta bacanal de narcisismos intrahistóricos en que se nos ha convertido la literatura al cabo de un siglo. La fantasía no es ajena a la fuerza de la corriente, ahí están los múltiples pastiches, spin-offs acrónicos y aventuras compartidas por el Capitán Trueno y Roberto Alcázar, un suponer, puestos a evocar titanes patrios. Otros convierten a Van Helsing en Neo con gorro de Solomon Kane.

Y por ahí va Holdstock. A la espera de una reedición de su Bosque mitago, bien sirve Celtika para comprobar cuán posmodernas son las raíces de este británico gamberro e impredecible, acostumbrado a forzar hasta extremos imposibles, incluso perversos, la frágil arcilla de los mitos. Es sencillo explicar, pues, por qué Celtika enganchará al ahíto de fantasías clon. Sin embargo, paradojas, no sería raro que ese mismo lector decidiese abandonar la aventura a medio camino porque el cóctel es tan sugerente como arriesgado, satisfactorio y extenuante al mismo tiempo. ¿Cómo no afirmarlo de un relato que se atreve a hermanar tradiciones con tanta alegría, que es capaz de convertir a Merlín en un argonauta o de hacer que el buque de Jasón recorra las aguas del Rhin?

No le falta valor a la apuesta. No sólo por la desvergonzada mezcolanza, sino porque afrontar una nueva revisión de la saga artúrica a estas alturas es un riesgo. Demasiados son los libros, muchas las series, excesivos los cuentos intrascendentes. Una empresa semejante sólo se acomete con garantías si se rompe desde el principio con la inercia. Lo hizo Bernard Cornwell en la sensacional El rey del invierno, inicio de —casualidades de la vida— otra trilogía que tiene más de fantasía que de novela histórica, a pesar de que relegue a la magia a un segundo plano. Holdstock arriesga tanto como Cornwell pero siguiendo el camino inverso: en su narración, la magia es omnipresente, además de adictiva y venenosa. El resultado de la actualización de la saga, si bien no tan redondo, sí es mucho más que digno.

Hay más peligros para la deseable buena acogida: la trama sólo cobra cierto sentido bien avanzada la historia, cuando comienza a entreverse cómo se las va a arreglar Holdstock para salvar el abismo que lo separa del cuento que nos ha legado la sabiduría popular (más si se continúa con su segunda parte, El grial de hierro). La morosidad del ritmo es adecuada para el tono, a veces solemne, a veces moderadamente cómico. Sin embargo, hoy, cuando los tráilers de cine son a sus películas lo que el Reader’s Digest a los libros que jibariza, cuando la información debe transmitirse no sólo de manera inmediata sino diáfana, la aproximación oblicua y retorcida de Holdstock, con sus personajes que deambulan enredándose en conflictos nacidos de una moralidad tan lejana como extraña, será deplorada por muchos.

Como tampoco se comprenderán los múltiples enigmas que plantean sus páginas porque, entre otras cosas, no están ahí para que nadie los desentrañe sino para inquietarnos. A pesar de que el libro está narrado por el propio Merlín, ese mago que envejece a cada conjuro, los datos que da sobre sí mismo son mínimos. No sólo mantiene el secreto de sus poderes y su verdadero nombre a los seres cercanos sino que los escamotea también a sus lectores. Por si fueran pocos problemas, la novela aparece bajo el sello de Timun Mas, junto a series como la Dragonlance de los inefables Weis y Hickman o La Rueda del Tiempo de Robert Jordan, cuando estaría más cómoda bajo el de Minotauro (tan fiel a su espíritu editando a autores como el Anselm Audley de Herejía o el K.J. Parker de Sombra), con lo que el desconcierto que provocará en la audiencia esta decisión editorial puede ser mayúsculo.

Poca épica encontrará el lector, pues, en Celtika. En ella hay ejércitos, sí, y combates y duelos, aventura por ríos y tierras extrañas, criaturas que nadie recuerda ya, pero que siguen aterrando como si viviéramos todavía en los siglos oscuros (árboles con rostros humanos, deidades de la espesura, espíritus que habitan en la madera de las embarcaciones); pero todo está narrado en sordina, con la delicadeza de quien, en la penumbra, cuenta las historias que han hecho soñar a muchas generaciones de este mundo nuestro, tan necesitado de faros guía. Queremos más libros como éste, por favor, aunque resulten fallidos por su excesiva ambición.

Alberto Cairo