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Buscando las claves sociales y culturales del futuro
Cismatrix, de Bruce Sterling Publicada en castellano con veinte años de retraso, y considerada casi universalmente como la obra cumbre de Bruce Sterling, Cismatrix sigue siendo una novela excepcional, quizá el máximo exponente de la reconocida capacidad de su autor para «leer» las claves (sociológicas y culturales, más que tecnológicas) del futuro cercano. Acaso los mayores enemigos de esta novela sean quienes, con la mejor intención del mundo, la consideren «más interesante por lo que representa que por lo que dice». Bah. Sterling no es un autor fácil; empecemos por ahí. No se pueden buscar en su obra narraciones facilonas, ni tramas directas en las que un plantea miento y un nudo desemboquen irremisiblemente en un desenlace que le dé al lector una gratificante sensación de completitud. A Sterling no le interesa gratificar, ni simplificar; no le gusta insultar la inteligencia del lector. Con frecuencia, sus libros muestran tendencias, el cambio continuo y la eterna dialéctica entre los modos de pensar antiguos y las nuevas realidades que irrumpen en nuestras vidas (y, si hay que creer a algunos filósofos y pensadores modernos, de forma cada vez más acelerada). Como todo enfrentamiento, éste es confuso, complejo y múltiple: inevitablemente, el camino que nos lleva del pasado al futuro deja muertos por el camino, y las primeras bajas son los prejuicios, los esquemas mentales trasnochados y las ideas preconcebidas sobre lo que nos espera. Varios libros posteriores del autor, como Distracción y Zeitgeist, inciden de nuevo en esta temática, pero ninguno es tan contundente, ni tan disfrutable, como Cismatrix. Incluso el título es una declaración de principios; la «matriz cismática» es el crisol en el que se funden y refunden las personas, un caos autoorganizado cuyo brillante resultado es la humanidad, siempre igual y siempre renovada. Cismatrix está ambientada en el llamado «universo formista-mecanista», que comparte con cinco relatos anteriores, publicados originalmente entre 1982 y 1984. En esta historia futura alternativa, la humanidad se ha fragmentado en dos grandes facciones: los formistas, maestros de la manipulación biológica y genética; y los mecanistas, que han hecho de la tecnología su razón de ser. A menudo en conflicto, siempre cambiante, el ser humano se extiende por los confines del Sistema Solar, una miríada de enclaves, estados y modos de vida que recorren todo el variado espectro cuyos polos opuestos son el Consejo Anillo formista y la Unión de Cárteles mecanistas. Sobre este tapiz de fondo, Abelard Lindsay y Philip Constantine, originalmente unidos por la amistad, el amor y el idealismo, disputarán durante siglos una guerra soterrada en la que el enemigo a veces es uno mismo, y cuyo resultado final puede no ser otro que el destino de la humanidad. Pero no nos engañemos: no se puede resumir Cismatrix reduciéndola a la peripecia de sus protagonistas. Como dice el propio autor: «El conocimiento era poder. Y en la búsqueda del conocimiento, la humanidad había alcanzado una energía tan brillante y furiosa como un cable eléctrico. Lo que estaba en juego era más importante que nunca; las perspectivas eran más increíbles, los potenciales más terribles y las implicaciones más aterradoras que cualquier cosa a la que la Humanidad o sus especies sucesoras se hubieran enfrentado nunca». No hay otro resumen posible. Para terminar, pocos peros se le pueden poner a la edición, aunque sí algunos. Por una parte, habría sido preferible que se editase Schismatrix Plus, la versión definitiva del universo formista-mecanista, que incluye, además de la novela, los relatos y una cronología interna; tal cosa, además, le habría brindado a los lectores todo el material traducido según un criterio homogéneo, ya que esta edición, rupturista respecto a la anterior aparición de los cuentos en nuestra lengua en Crystal Express (Ed. Ultramar), ha elegido unos términos a mi juicio poco satisfactorios para lo que previamente se había denominado «formador-mecanicista». Asimismo, titular la novela Cismatrix en vez de simplemente Cismatriz no aporta nada excepto una vaga (y por lo demás insustanciada) semejanza con la muy conocida trilogía fílmica de los hermanos Wachowski. En cuanto a la traducción en sí, salvo algunas asperezas (hay un «videomanicura» que no podría ser sino «videomaquillaje»), es correcta y se lee con agrado. Juanma Barranquero
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