La ciencia ficción como subterfugio

Ciudad maldita, de Arkadi y Borís Strugatsky

Para poder utilizar con libertad la figura del rey como personaje de La vida es sueño, Calderón de la Barca llevó la acción al este de Europa. Para denunciar el Estado soviético, los Strugatski se valieron de la ciencia ficción. Eso es Ciudad maldita: una tremenda pirueta para criticar el totalitarismo, la corrupción y la degradación de la URSS. Pese a ello, no vio la luz hasta la perestroika. Por otro lado, los autores despliegan una espléndida colección de eufemismos, metáforas y símbolos que dificultan su plena comprensión, a la vez que hacen de ella una lectura sugerente.

La historia se ubica en una misteriosa ciudad decadente y asfixiante, recreada desde el arranque con un recorrido panorámico desde un camión de basura. En ella tiene lugar «el Experimento» al que se supedita todo: una puesta en práctica de las tesis marxistas. Desde la perspectiva del protagonista, que trabaja en diversos oficios tal como ordena la rotación laboral, asistimos a un trasunto de la vida, costumbres y psicología del comunismo estalinista; a la destrucción del individuo a manos de la ideología. En ese lapso temporal observamos cómo todo cambia para que todo siga igual. La máxima «El Experimento es el Experimento» es la panacea que resuelve todas las dudas y contradicciones. Los personajes obedecen y mantienen ciegamente el status quo, a sabiendas de sus errores, pues «el Experimento está por encima de los experimentadores». Esta anulación del sentido crítico se escenifica con ciudadanos voluntariosos y deseos de cumplir y hacer cumplir las normas, colaborar con el Orden y sacrificarse por él: «Aquí es como el ejército: si no sabes, te enseñamos; si no quieres, ¡te obligamos!». Así de rotundos son. Continúan con «No se trata de individuos, sino del bienestar de la sociedad» o «Todo se hace en nombre de la mayoría ignorante, apaleada, oscura y totalmente inocente». De hecho, en la historia, la duda provoca frustración y, finalmente, el suicidio. El gran hermano Stalin planea constantemente sobre la novela. Pero lo que más asusta es la facilidad con que se han asumido las consignas totalitarias.

El protagonista, que pasa de barrendero a juez, redactor de propaganda y consejero político, evoluciona desde la inocencia y la ignorancia hasta la complicidad, con lo que nos ofrece un espectro social y psicológico bastante amplio. Además, el lector descubre de su mano la naturaleza del Experimento, que nunca llegamos a conocer en profundidad.

Ciudad maldita es una novela de numerosas lecturas, una novela de recovecos por los que indaga el lector, estimulado. Mediante una narración rica en descripciones se nos lleva a un gran mundo alocado, donde el disparate tiene una presencia notable, sobre todo en los diálogos. La propuesta es tremendamente imaginativa. Mediante una trama de historia negra se despierta el interés del lector ya entrada la novela, y ello da pie a introducir diferentes elementos fantásticos, como la inclusión de un edificio que aparece y desaparece y que engulle a personas.

Sin embargo, muchos de esos elementos no se justifican ni se resuelven, con lo que sólo se utilizan con valor simbólico y no narrativo. De hecho, esto hace que, a la postre, la novela pierda potencia, se arruine la sugerencia y la historia continúe, en el tercio final, por un afán completista y complementario, pues no aporta nada nuevo a lo ya desarrollado.

Una novela valiente y rica, pues, que es, en esencia, una crítica del totalitarismo, la pérdida de independencia del individuo y la burocracia, construida a base de símbolos, con gran fuerza pero que termina languideciendo.

Alberto García-Teresa