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La revolución silenciosa Ciudad permutación, de Greg Egan Greg Egan —ese australiano prodigioso que, en palabras de Pedro Jorge, viene llevando a cabo una revolución silenciosa en la ciencia ficción— no es un desconocido para nuestros lectores. Llevamos publicados cuatro cuentos suyos en esta revista, y no es casualidad. Egan es muy bueno; es de esos autores que te reconcilian con el género cuando llevas una temporada hastiado de leer siempre lo mismo, de esos que logran reavivar la llama que empezó a arder con las primeras y apasionadas lecturas de juventud. Como el Stephenson de Snowcrash, transmite con fuerza una sensación de novedad: la frescura de una nueva voz generacional y de una nueva forma de contemplar el futuro. Egan, además, tiene el mérito añadido de haber desarrollado una obra consistente imbuida de esta virtud (sólo traicionada en su última y decepcionante novela, Diaspora); si entre sus relatos hay unos que destacan en perfección por encima de otros, resulta difícil decidir cuál de sus primeras novelas es mejor, y la elección recae en muchos casos en una u otra dependiendo de la afinidad que siente el lector por los temas que en ella se desarrollan. Ciudad permutación se basa directamente en uno de sus relatos más logrados, “Polvo”, que nuestros lectores pudieron leer en Gigamesh 11, y en el que desarrollaba hasta sus últimas consecuencias lógicas la hipótesis fuerte de la inteligencia artificial. A partir de la suposición de que una personalidad simulada, una «copia», pudiera tener conciencia propia, Egan edificaba un edificio impecable que conducía a la elaboración de la Teoría del Polvo: de cómo la conciencia busca su continuidad en el caos de información universal, el «polvo», y de cómo cualquier percepción subjetiva del universo podría ser explicada en esos términos. La simbiosis entre juego lógico y ficción conseguida en aquel relato es una de las más virtuosas jamás logradas, y su expansión al formato de novela podría hacer temer lo peor. No es el caso. Ciudad permutación lleva un paso más allá los planteamientos del relato y explora con pericia narrativa las posibilidades de construcción de otra realidad, de un universo propio donde las copias pudieran vivir eternamente. En su primera mitad brillacon luz propia otra de las virtudes singulares del autor: sabe sumergirnos como nadie en la cabeza de un personaje inmerso en un proceso de creación, en las elucubraciones de Maria Deluca en este caso, mientras desarrolla su construcción del «autoverso», un universo digital capaz de albergar su propia vida artificial. El viaje especulativo que ofrece Egan es simplemente portentoso, y la intensidad de esta novela durante toda su primera parte es la de una obra maestra. La segunda parte, a su vez, ofrece un contraste muy marcado con el motor que sostenía la narración hasta ese momento, y en ella Egan se embarca en un esfuerzo notable por intentar imaginar cómo podría ser la «vida» de las copias sin la servidumbre de restricciones materiales. El esfuerzo pone de manifiesto la ambición metafísica de muchos de los temas del autor, que además sale bien parado en el intento: logra mantener muy alto el grado de fascinación del lector. El peligro de ese camino es la pérdida de contacto con su visión innovadora del mundo, de nuestro mundo: ese reflejo brillante de una generación que se ha criado con la presencia de la red, un reflejo ausente en la ya mencionada Diaspora, que acaba convertida en una mera sucesión más o menos ingeniosa de McGuffins narrativos. En todo caso, con este apunte quiero mostrar mi preocupación sobre la dirección hacia la que apunta la obra más reciente del autor; por lo que respecta a Ciudad permutación, que no quepa ninguna duda: es una de las mejores novelas publicadas en España en mucho tiempo. Por cierto, Miquel Barceló aprovecha el prólogo de esta novela para reconocer que Gigamesh existe (con la frase que abre su presentación), y nos honra a todos con un par de apelativos eruditos. Algún día enmarcaré ese tipo de piropos. En estos momentos dudo entre el suyo o aquel otro de un periodista que me tildó de «displicente». Alejo Cuervo |