|
Vuelve el buen cuento de terror Cthulhu 2000, de Jim Turner (rec.) Hojeando apresuradamente estos relatos, podría uno pensar que el Necronomicón ha sido uno de los best-sellers del siglo xx. Cualquier amante de lo esotérico de medio pelo tiene al menos un ejemplar en su casa, escondido detrás de una pecera que resulta ser un criadero clandestino de Profundos. Cierto, se trata de un homenaje a Lovecraft y, ya se sabe, homenajear a Lovecraft pasa por el pastiche o el relato «a la manera de»... ¿O no? El asunto es que no. Si leemos con calma esta Cthulhu 2000, la respuesta es evidente. Concebida en principio como una antología de «relatos basados en los mundos de H.P. Lovecraft», lo que menos abunda son precisamente los relatos basados en Lovecraft y su imaginería. De hecho, se trata de una potente antología de terror (tal vez la mejor que hemos leído por estos pagos desde los tiempos de Gran Super Terror de Martínez Roca) en la que la calidad media resulta como mínimo consistente; lo cual no es de extrañar, dado el elenco que la compone: de los que le ocasionan a uno una especie de síndrome de Stendhal literario cuando lee el índice... Sólo faltan Clive Barker y Richard Matheson para hacerlo perfecto. Por supuesto, hay relatos claramente lovecraftianos. Éstos pueden ser algo más que un simple préstamo, caso de “Los Barrens” de F. Paul Wilson, que sin renunciar a las coordenadas lovecraftianas de toda la vida —ambientación, topografía, imaginería— está intentando escribir terror actual. También pueden ser lovecraftianos en el sentido de que aparece el propio Lovecraft, ya sea desde un punto de vista inquietante (el “H.P.L.” casi centenario de Gaham Wilson, secundado por un Clark Ashton Smith también redivivo, resulta muy intranquilizador), o desde el paródico (léase “El arcano filtro del amor” de Esther M. Friessner, donde nuestra HPL escribe novela romántica..., aunque no, no es exactamente así). Sin embargo, los relatos más interesantes son aquellos que, directamente, no nos recuerdan a Lovecraft (“Su boca sabrá a ajenjo” de Poppy Z. Brite, por lo demás un excelente relato sádico ambiguo que tal vez tuviera más sentido en un homenaje a Anne Rice..., suponiendo que un homenaje a Anne Rice tuviera sentido, claro), lo utilizan según sus intereses (“El pez gordo” de Kim Newman, aparte de confirmar el excelente oficio del autor en el campo del fantástico con toques históricos —en este caso, los años cuarenta—, parece un hard boiled a lo Hammett), juegan con él a su antojo y consiguen darle la vuelta de manera ingeniosa (“Sobre la losa” de, quién si no, Harlan Ellison), o parten de él para crear algo completamente distinto pero no por ello menos lovecraftiano en un sentido amplio (“La última fiesta de Árlequín” de Thomas Ligotti, o “Los rostros de Pine Dunes” de Ramsey Campbell). Y luego, como categoría aparte, está “Veinticuatro vistas del monte Fuji, por Hokusai” de Roger Zelazny, un relato que cuanto más lo leo (ya conocía ediciones en castellano) más me gusta. Se trata de una estremecedora reflexión sobre el dolor, la muerte y la traición, tremendamente visual, que conjuga elementos filosóficos y psicoanalíticos, del terror y del ciberpunk de una manera tan sutil que apenas resulta perceptible (como los trazos del propio Hokusai) y que, detalle éste que me había pasado inadvertido en anteriores lecturas, está influido por Lovecraft. ¿Podía ser de otra manera, teniendo en cuenta que Zelazny es el gran reciclador en clave de cf de los mitos atemporales más relevantes de la historia de la cultura humana? Obra maestra absoluta, una historia que por sí sola justifica la adquisición de esta antología para el lector que no la conociera ya. Juan Manuel Santiago |