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Reencuentro con los cuentos que nos hicieron soñar
Ven y enloquece, y otros cuentos de marcianos, y Luna de miel en el infierno, y otros cuentos de marcianos, de Fredric Brown Entre los libros realmente buenos, los libros que vale la pena poseer, hay algunos que me producen un sentimiento especial: claustrofilia. Son libros que siento que quiero releer, que ocupan un lugar singular en mi biblioteca. El tenerlos en mis manos me hace pensar en frías noches de lluvia, en las que abriré sus páginas por cualquier lugar para reencontrarme con historias que me han hecho soñar y por las que siempre guardaré aprecio. Los cuentos completos de Fredric Brown pertenecen a esta categoría; quiero que me acompañen durante toda mi vida. Son dos libros hermosos que suponen el envase definitivo para unas historias que pertenecen a mi imaginario personal y al de muchos lectores de cf. Sé que no son Guerra y paz, pero me son mucho más queridos, y seguramente la literatura tendría más arraigo en una sociedad como la nuestra si asumiéramos que en arte hay ocasiones en que el corazón tiene más importancia que el conocimiento. Por obligación, para esta reseña, he tenido que leer este libro como no se debe hacer: de corrido. Mi primer consejo para que el lector lo disfrute plenamente es que lo deje en un lugar de su estantería al que pueda acceder en cualquier instante. Y que en cada ocasión en la que necesite relajarse, en que se sienta cansado de la novela que está leyendo, recurra a él. No siempre encontrará un cuento que le agrade totalmente, como es lógico. Pero Brown sí que era un narrador de una amenidad garantizada. Me resulta muy llamativa la forma en que introduce cada historia; creo que cualquier aprendiz de escritor, antes que gastarse el dinero en un taller, debería diseccionar estas historias, leerlas primero y luego ser capaz de discernir su encanto. Esa amenidad hace posible tomar y retomar el libro, y caer en él siempre como sobre un colchón de plumas. En la mayor parte de los casos, Brown nos presenta un escenario que forma parte de nuestro acervo cultural común: los Estados Unidos de la posguerra, aparentemente tranquilos. La misión de Brown es llevar a ese entorno de optimismo idílico, de fe en el progreso y en los frutos del trabajo honrado, la conmoción de un evento inesperado que pone de manifiesto fisuras en el sistema; no basta con tener el amor de Mary Jane, un porche soleado y un empleo seguro, porque el universo es hostil, y como demostró Hiroshima y demostraría Vietnam, existen situaciones fuera de control incluso para la sociedad más evolucionada de la historia. Y ante ellas, ese estadounidense medio no está preparado, en la mayoría de los casos, encerrado en su urna de cristal. Incluso cuando los relatos —por algún tipo de necesidad narrativa— se trasladan a un escenario futuro, el terrestre protagonista sigue siendo casi siempre ese antihéroe suave, ese hombre aparentemente preparado pero con carencias, que debe sobreponerse a situaciones que lo superan, y en muchas ocasiones se queda en el camino. Todos estos cuentos son, además, monumentos al concepto de ciencia ficción como literatura de ideas. Este enfoque, llevado hasta el absurdo a día de hoy al convertirse en una exigencia circense de conseguir un permanente «más difícil todavía» de corte científico, tiene en la obra de Brown su plasmación más singular: las «ideas» son, en este caso, chispazos de ingenio, giros inesperados, que resultan asequibles para cualquier lector, y que encuentran en el formato breve su extensión justa; la prolongación del relato, o la acumulación de esos chispazos para formar un argumento más complejo en forma de novela tan sólo disolvería su interés. ¿Qué decir de los cuentos en sí? Los más conocidos por antologías previas, como la muy difundida Lo mejor de Fredric Brown, siguen estando en cabeza de los más recomendables: el reto extraterrestre de “Arena”, los casi predickianos “Ven y enloquece” y “Los Geezenstack”, la invasión singular de “Las ondulaciones”, el clásico del fin del mundo “Llamada”, o ultracortos inolvidables como “Rebote”, “Fin” o “Expedición”. A ellos se suman historias menos vistas, pero de valor, como las colaboraciones con Mack Reynolds o, en uno de los numerosos aciertos de la presente edición de Gigamesh, los cuentos policíacos que fueron incluidos en alguna ocasión en las recopilaciones de cf de Brown. No creo que ningún aficionado pueda quejarse de la presencia de inquietantes maravillas como “No mires atrás” (tal vez el más memorable cuento de suspense de todos los tiempos) o la serie de las Pesadillas. En cuanto a los inéditos, si bien es cierto que en la mayor parte de los casos andan un peldaño por debajo de los cuentos conocidos, aún así pueden ofrecernos sorpresas tan agradables como las de los ultracortos “Margaritas” y “Absurdo”, o el contundente “Un mensaje de nuestro patrocinador”. También hay algunos relatos anticuados, varios ingenuos, algún chiste tonto y varias humoradas basadas en convencionalismos morales trasnochados. Es el riesgo de trabajar con extensiones cortas, con sorpresas. Y de apostar por la obra completa de un autor, que necesariamente no puede ser brillante a tiempo completo. Como decía más arriba, el propio trabajo de Gigamesh se suma a la fiesta con una vocación de «edición definitiva» a la que la calidad de la obra de Brown se hacía acreedora. Los apéndices bibliográficos son todo un cuidadoso testimonio de amor, al igual que los prólogos y las portadas de Juan Miguel Aguilera, otro admirador de la obra de Brown. Sólo un pero: el deseo de la editorial de evitar el engorro de las notas a pie de página crea un engorro aún mayor, el que algún relato, como “Carrera de caballos”, no tenga sentido alguno. Cabe sospechar que su gracia estaba basada en algún juego de palabras intraducible, pero el resultado de no señalarlo es que da la impresión de que directamente el autor escribió un cuento idiota, con lo que resulta peor el remedio que la enfermedad. En general, la traducción, sin ser un desdoro para los volúmenes, no está en la línea óptima de Gigamesh, y pueden encontrársele decisiones discutibles. Pero se trata de problemas menores. Estamos ante dos volúmenes verdaderamente imprescindibles. Personalmente, no los he colocado junto al resto de la colección de Gigamesh, sino en un lugar visible, a mano, junto a los cuentos completos de Sherlock Holmes, con los cuentos de Borges, con los de Cortázar, con los de Dick y con los de Katherine Mansfield. Confío en que vendrán muchas noches de invierno y, en algunas de ellas, volverán a acompañarme. Julián Díez
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