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Nuestro mejor cuentista sigue en buena forma
Cuentos de los días raros, de José María Merino José María Merino sigue puliendo y apuntalando uno de los universos narrativos más sólidos y técnicamente deslumbrantes de la narrativa española contemporánea. Su calidad aumenta progresivamente, siempre desde una perspectiva inconformista que le exige variar de formato y género en cada entrega. Ahora regresa con un volumen de cuentos, la especialidad en la que más destaca. Si la novela El heredero fue la sublimación de su propuesta, y Ficción continua, una antología de ensayos y críticas, plasmó por escrito muchas de sus tesis narrativas, Cuentos de los días raros es un conglomerando de nuevas piezas que se suman a su mundo literario, donde, si bien ideológicamente reitera su visión de la realidad, estéticamente continúa perfeccionándose y narrativamente le da coherencia a su obra anterior. En este sentido, no sólo hablamos de dos nuevas apariciones del profesor Souto, el cazador de símbolos, donde aclara su biografía, sino de ecos de historias precedentes, como el barrio del Refugio o el mundo de cf de “Artrópodos y hadanes” en este “Mundo Baldería”. Merino lanza una mirada maravillosa sobre la vida. Extrae lo fantasioso de la cotidianeidad o apunta su sugerencia. El escritor insiste en la fragilidad del concepto empírico de la realidad, y se apoya en la ficción como método para dar cohesión al mundo. De hecho, uno de sus personajes afirma: «La realidad no necesita ser verosímil. La realidad se produce, sin más, aunque parezca increíble». Merino plasma al acceso a dimensiones fabulosas y fantásticas, que pertenecen a unos pocos personajes (con lo que guardan su carácter de secreto). En ese sentido, la imaginación es la llave que abre sus puertas. La ficción (soñada, recreada o leída) es una salvación, un mundo que saca de la rutina a los personajes; personajes trazados con concisión, de los que sólo se rescata el pasado imprescindible, pues, de nuevo, la brevedad y la precisión son dos armas espléndidamente esgrimidas. Antes, el narrador allana el camino para la irrupción de lo fantástico, arrojando pequeñas manifestaciones anormales antes de la ruptura definitiva con la realidad, sin posibilidad de integración. La memoria es uno de los elementos más importantes de la narración. Merino juega con la inestabilidad de la memoria a distintos niveles. Incide en los «ambientes de pesadilla» y la confusión con lo soñado. También le da gran importancia al relato oral (que Merino aprecia tanto), que puede ser un recurso para desarrollar un cuento (“El inocente”) o un elemento del propio relato (“La hija del diablo”). En ese sentido, no podemos olvidarnos de la metaliteratura, básica en su propuesta. Además, ubica muy bien las historias en espacios y tiempos diferentes, a base de símbolos muy concretos, que utiliza para remarcar contrastes y oposiciones. Hace aparecer sucesos históricos, a través de una generación que trató de cambiar el mundo, pero desistió, desengañada. Cuentos de los días raros es una antología que perfecciona y evoluciona sus propuestas, y que contiene, junto a un puñado de relatos de gran valía, dos piezas maestras muy representativas: el triunfo del mito de Don Quijote en “Mundo Baldería”, y “Papilo Síderum”, alucinación que subvierte la realidad mientras explora diferentes historias personales. Merino sigue siendo nuestro mejor cuentista. Alberto García-Teresa
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