Del otro lado de la sensibilidad

Cuerpodivino, de Theodore Sturgeon

Antes que nada, y para ahorrar el resto de esta crítica a muchos lectores, un aviso: Cuerpodivino es la novela póstuma de Theodore Sturgeon, pero bajo ningún concepto —ni siquiera desde el más laxo posible— puede considerarse una obra de cf, y muy difícilmente fantástica. Es una novela sobre religión, sobre las raíces del cristianismo, sobre el amor y los temas que Sturgeon desarrolló en sus obras. En ese sentido, es coherente con la carrera del autor. Pero aquí acomete la labor sin más fantasía que la presencia de una suerte de enviado de Dios, el citado Cuerpodivino, que cambia con su presencia y el don de su amor la vida de siete habitantes de un pequeño pueblo de los Estados Unidos.

¿Por qué, entonces, una crítica de esta novela en Gigamesh? Bueno, obviamente, porque es de Sturgeon, y ha sido publicada por una colección del género (y apenas distribuida en España). Y este punto es fundamental porque, por añadidura, la única razón por la que concluí la lectura de Cuerpodivino fue el nombre de su autor y la capacidad para encontrar, en algunos pliegues remotos del texto, el eco de la voz del escritor que me fascinara en incontables relatos.

Sturgeon fue, sin duda, el narrador más sensible de la historia de la ciencia ficción, y tenía entre sus armas como escritor algunas que siempre he admirado especialmente: en particular, la capacidad para tratar temas en los que el deslizamiento hacia la sensiblería es sencillo, con eso tan mágico, reconocible y difícil de imitar que es la sensibilidad auténtica, sin ñoñerías. El tacto de Sturgeon me emociona como la imagen de un hombre que es capaz de llorar sin aspavientos, pero con un dolor profundo. La suya era la voz de un tipo sabio, alguien con una seguridad en sí mismo tan grande que le capacitaba para admitir sus dudas, sus temores, sus incertidumbres y afrontarlos con honestidad.

Muy, muy poco de todo eso hay en la sensiblería demasiado obvia de Cuerpodivino, una novela cuyas peores páginas evocan lo que uno se imagina en sus pesadillas más chungas que deben ser los momentos cumbres de El alquimista, Sopa de pollo para el alma o Dios vuelve en una Harley, combinado, eso sí, con sexo supercalifragilísticoespialidoso. Lejos de la religiosidad desquiciada del Philip Dick tardío y su uso para una introspección compleja, todo ello además bajo un manto narrativo original, la novela de Sturgeon recae una y otra vez en la obviedad para concluir con un viejo mensaje ingenuo: el sexo libera, quedaos en pelotas y haced lo que os dé la gana sin molestar a los demás, eso es lo que quiere Dios, y ya veréis cuán felices os sentiréis.

Lo más doloroso del asunto es que todo ello resulta extrañamente congruente con el viejo Sturgeon conocido de todos: no hay tampoco un salto hacia la new age por parte de un iluminado repentino, sino más bien la exhibición de una parte de la misma personalidad conocida, quizá acuciada por la cercanía de la muerte, quizá liberada por la seguridad de que ya no necesitaba justificar su misticismo al alcanzar un estatus de escritor suficientemente respetado.

La novela es contada en primera persona por diferentes protagonistas que van topando en su camino con Cuerpodivino o sus consecuencias: desde el pastor protestante que se tropieza con él por primera vez hasta el violador del pueblo, pasando por la desquiciada supercotilla que lo maneja todo en la sombra. Los villanos resultan dolorosamente obvios, aunque la forma detallada y cruel en la que Sturgeon relata sus miserias sexuales sea de lo mejor de la novela. Los personajes positivos son igualmente evidentes, y pecan de una voz narrativa demasiado similar. Por lo demás, la factura es como cabe esperar de su autor: descripciones por momentos hermosas, diálogos naturales, toda la utillería a punto y facilitando una lectura que se completa a gran velocidad.

En conclusión, una novela que posiblemente hubiera sido preferible no conocer para no entorpecer el recuerdo de un autor grande entre los grandes, pero del que ahora tengo la sensación de que funcionó con mayor precisión porque estaba atándose en corto a sí mismo.

Julián Díez