DE CÁNONES, ESTILOS Y SUBLITERATURAS
Rodolfo Martínez

Vaya por delante que lo que sigue está escrito desde lo más hondo de mis prejuicios y en ningún momento pretende ser un comentario objetivo. Intenta ser, eso sí, una reflexión, motivada a su vez por las que hace Alberto Cairo en su artículo “Miseria de la ciencia ficción: la necesidad del canon”, pero una reflexión (si bien todo lo honesta posible) sesgada y subjetiva.

Vaya por delante también mi reconocimiento a Alberto Cairo por su artículo. Disto de estar de acuerdo con muchas de las cosas que comenta en él, y el tono en el que lo hace me resulta a veces (tengo la impresión que de forma deliberada) irritante, pero como mínimo su texto invita a la reflexión crítica en lugar de a la autocomplacencia; algo tan infrecuente (y que sin embargo debería ser la norma) no puede por menos que agradecerse.

Reconozco, por otra parte, que me resulta difícil rebatir parte de lo que comenta en su artículo, a pesar de que esa idea estaba en mi ánimo cuando me senté a escribir estas páginas. Es evidente (tanto que no tendría ni que mencionarse y el mismo hecho de que haga falta me parece sintomático) que la ciencia ficción debe medirse por los mismos estándares por los que se mide cualquier literatura: al fin y al cabo eso es y no otra cosa. Pretender valorar una novela o un cuento por sus intenciones (ideas) y no por su ejecución (estilo; y muchas otras cosas, pero estilo también) es tan absurdo como que yo valore un plato por la buena voluntad del cocinero en lugar de por su sabor. O, acudiendo al refranero popular: obras son amores, que no buenas razones.

Así que resulta que Alberto Cairo y yo estamos de acuerdo en la cuestión de fondo. En lo que empezamos a disentir es en los detalles. Y los detalles (por mucho que la obsesión por ellos sea indicio de una mente pequeña, como dijo Emerson) resultan a menudo lo más importante.

En esos aspectos en los que la opinión de Alberto Cairo difiere de la mía se centrarán las siguientes páginas; y también en algunas ideas que la lectura del artículo en cuestión hizo germinar en mi mente. Aclarar que no he podido sustraerme a la tentación de las citas, vicio que vengo cultivando desde que tengo memoria; sin embargo, menos culto, menos erudito que otros, temo que mis citados sean mucho menos «respetables».

Vamos allá.

¿Hay Gran Literatura?

    [...] siempre me están diciendo, más o menos, con lo bien que escribe usted debería hacer una novela seria. Probablemente se sentirían insultados si les hiciera observar que la distancia artística entre una buena historia de misterio y la mejor novela seria de los últimos diez años resulta inapreciable.

Raymond Chandler [1]

Es una opinión bastante generalizada, no sólo entre los críticos, sino entre un buen sector del público, que se puede distinguir con cierta claridad entre dos tipos muy diferentes de literatura: la que podríamos llamar Gran Literatura y la que merecería el calificativo de Literatura de Consumo.

A primera vista eso es algo tan evidente que casi parece una perogrullada, ¿no? Es fácil ver que no toda la literatura es igual: alguna sobrevive a su propio tiempo y otra es incapaz de hacerlo cinco minutos después de haber sido leída.

Pero ¿esa diferencia es cualitativa o es meramente cuantitativa? ¿Tiene la Gran Literatura elementos distintos a la bazofia de consumo rápido, o tienen ambas los mismos ingredientes y en lo único en lo que se diferencian es en la habilidad de su autor para mezclarlos? Es más, ¿ha dejado la Gran Literatura de ser alguna vez Literatura de Consumo?

Al fin y al cabo la literatura se empaqueta y se vende. El Ulises de Joyce y El pistolero de Texas de Marcial Lafuente Estefanía están contenidos en el mismo recipiente y se ponen a la venta en los mismos lugares. Y exactamente con el mismo propósito: que el público tenga acceso a ellos, los lea y le proporcionen disfrute. Que hay una diferencia de grado en el placer que ambos libros sean capaces de producir bien puede ser cierto, igual que hay una diferencia de grado entre un beso lascivo y un larguísimo y placentero coito. Sin embargo, ambos siguen siendo sexo.

¿O quizá hablamos de las intenciones de los autores, de la voluntad del propio libro?

Caballo de Troya es un cesto hecho exactamente con los mismos mimbres que Cinco horas con Mario e incluso probablemente con las mismas, o análogas, intenciones. Lo único que las diferencia es la ineptitud del autor de la primera y la habilidad (la magistral habilidad) del autor de la segunda. Ambos conocen la necesidad de usar una voz narrativa adecuada, los dos son conscientes de que quién y cómo cuenta la historia es tan importante como la historia en sí. Pero mientras que J. J. Benítez es incapaz de dotar de personalidad propia a su narrador (ni siquiera cuando el narrador es él mismo, más o menos fantaseado) y termina cayendo en un tono monótono que podría ser el de cualquier otro, Delibes hace que sintamos a la narradora de su novela, y es capaz de dotarla de una voz propia e intransferible.

¿Qué diferencia hay entonces entre Caballo de Troya y Cinco horas con Mario? Única y exclusivamente la capacidad, la habilidad, las aptitudes de sus autores.

Pero no, me diréis. La obra de Benítez no deja de ser un best-seller, escrita con voluntad de producto de consumo. La novela de Delibes, por el contrario, es una obra de arte, y como tal ha sido escrita con un cierto propósito de trascendencia, de perdurabilidad.

¿De veras? En realidad ignoramos el propósito con el que fueron escritas; no tenemos ni idea de lo que pasaba por la mente de Benítez o Delibes cuando las concibieron. Y de hecho, a poco que lo pensemos, no debería importarnos. Lo único que cuenta de una obra publicada a la hora de juzgarla literariamente es el propio texto: cómo se llegó a él, cuál fue la motivación del autor o cuáles eran sus intenciones son irrelevantes a la hora de analizarlo. Y mucho más lo son las explicaciones a posteriori que el autor pueda dar públicamente sobre su obra. Al fin y al cabo el objeto del análisis literario de un texto es, única y exclusivamente, el propio texto, y en él deben estar las claves para su estudio y para su disfrute. Es el propio texto quien se salva o se condena a sí mismo y cualquier elemento ajeno a él carece de sentido para ese propósito.

¿Existe entonces la alta literatura y la literatura de consumo? Ya hemos visto que, desde el punto de vista de las intenciones no. Poco importa que un autor escriba movido única y exclusivamente por un interés económico o que le impelan los más altos y nobles ideales: lo único realmente relevante es el producto final que es capaz de llevar a la práctica. De hecho, la frase de Oscar Wilde «un verdadero artista no tiene en cuenta para nada al público. El público no existe para él. No lleva pasteles rellenos de narcótico o de miel para adormecer o alimentar al monstruo. Deja esto al novelista popular» puede ser cierta (aunque me resulta como mínimo dudoso que un individuo tan vanidoso como Wilde no buscara el aplauso, aunque fuera el aplauso de una determinada élite intelectual), pero al lector las motivaciones del autor no deberían importarle, no más de lo que le pueda importar a un comensal los motivos que pueda tener un cocinero para hacer determinado plato: lo que cuenta es lo que pone sobre la mesa y su calidad final.

¿Y desde el punto de vista del lector? Es cierto que no encaramos todas la obras con el mismo ánimo. A veces podemos sentirnos de un humor intrascendente y deseamos simplemente pasar un par de horas entretenidas frente a un texto que no nos obligue a pensar demasiado y que podamos olvidar con facilidad una vez acabada su lectura. O podemos buscar un estado de ánimo concreto y adentrarnos entonces en una obra que lo provoque. Y a veces, independientemente del humor con el que encaremos la lectura, una obra en concreto puede provocar reflexiones que no buscábamos, u obsesionarnos con lo que nos cuenta (o con cómo lo cuenta) o simplemente divertirnos durante un tiempo para caer luego en el olvido.

¿Pero hay diferencias cualitativas entre todo eso? Todos esos tipos de literatura, desde la más intrascendente hasta la más honda, apuntan a lo mismo: a entretener al lector, entendiendo como entretenimiento desde la distracción o la diversión, a la obsesión y el disfrute estético. Visto así, la única diferencia entre una obra literaria y otra es la intensidad y durabilidad del entretenimiento que es capaz de conseguir.

Hay, no obstante, una diferencia que sí podría ser cualitativa. Y es la división entre obras que hacen que nos olvidemos de nosotros mismos durante un tiempo y aquellas que nos obligan a contemplarnos con una mirada crítica. Podría aceptar esa distinción como válida, aunque no sé hasta qué punto tiene sentido en un análisis estrictamente literario. Pero entonces nos encontraríamos con que buena parte de la subliteratura de consumo intenta precisamente lo segundo y hay una considerable proporción de lo que siempre se ha llamado Gran Literatura que no proporciona otra cosa que placer estético. Eso nos llevaría quizá a un nuevo debate, pero no hoy.

Hay más estilo en el cielo y la tierra, Horacio...

    El texto no constituye la historia: el texto es solo un intento de grabar la historia en la memoria del público. El texto puede ser reemplazado por una cantidad infinita de intentos. Algunos serán mejores que otros, pero ningún texto será «correcto» para todos los públicos, y ningún texto será «perfecto». La historia sólo existe en la memoria del lector como una versión alterada de la historia buscada [...] por el autor. [...] El público ha cobrado afecto a relatos pésimamente escritos, como Tarzán de los monos de Edgar Rice Burroughs, porque lo que recibió trascendía el texto; y muchos textos bellamente escritos han desaparecido sin dejar rastro porque, aunque fueran encantadores, no lograron despertar una historia viva en la memoria de los lectores.

Orson Scott Card [2]

El estilo en una obra literaria es necesario, incluso diría que imprescindible. Complementando la cita de Card que encabeza este epígrafe no puedo por menos que mencionar a Raymond Chandler, quien decía que el estilo es la mejor inversión que un autor puede hacer en su propia obra y que una voz personal e intransferible era algo imprescindible para un escritor.

Estoy de acuerdo tanto con Card como con Chandler. De hecho, si el estilo no importase, no necesitaríamos novelas: un buen y detallado esquema argumental sería más que suficiente.

Y no puedo, por tanto, por menos que coincidir con aquellos que afirman que la literatura es algo más que ideas (ya es hora, por cierto, de que alguien acabe con esa falsa ecuación de culteranismo=estilo y conceptismo=ideas, como si Quevedo no hubiera sido uno de los mejores estilistas de su tiempo). Aunque esa afirmación (al menos tal y como es formulada habitualmente dentro de nuestro reducido mundillo de aficionados a la ciencia ficción) parece conllevar un cierto desprecio (o al menos el no tener en cuenta) a las ideas, y yo sigo creyendo que son necesarias. Hace falta saber contar las cosas, pero también es necesario tener algo que contar.

Todos hemos oído chistes geniales que al ser contados por alguien inepto pierden toda su gracia. O chistes no precisamente buenos que en manos de un buen narrador hacen que nos partamos de risa. Y efectivamente, el mejor contador de chistes puede sacarle partido a la menos graciosa de las anécdotas. Y el peor orador destrozará el mejor chiste del mundo. Pero ¿qué ocurre cuando un narrador competente y un buen chiste se unen?

En su artículo, Alberto Cairo menciona cómo un gran escritor, interrogado sobre un argumento genial para una obra, respondió: «un hombre y una mujer se enamoran». Aunque el propio Cairo reconoce que la frasecita no deja de ser una boutade para dejar en su sitio, seguramente, a algún periodista molesto y poco hábil. Pero, desde luego, dista mucho de dejar zanjado el tema del fondo y la forma, entre otras cosas porque es un tema que difícilmente quedará zanjado nunca. Aunque no creo en la veracidad de la famosa frase «el medio es el mensaje», ésta no deja de tocar, aunque erróneamente desde mi perspectiva, un tema importante. Quizá de haber sido formulada como «medio y mensaje son inseparables» estaría más de acuerdo con ella.

Tal y como lo veo, la literatura no es un hecho articulado por dos elementos que se puedan separar impunemente: aquí el fondo, aquí la forma. O eligiendo un ejemplo científico: no estamos ante una aleación en la que los elementos se limitan a mezclarse sin alterar sus propiedades. Más bien estamos ante una combinación de elementos, una disolución, y el resultado final no existe si se elimina un solo factor de la ecuación (la sal es indispensable para la vida; el sodio y el cloro son venenos).

De ahí que encuentre igualmente llena de papanatismo la actitud de «yo tengo buenas ideas, no tengo por qué saber contarlas bien» como la de «escribo de puta madre, no necesito exprimirme la cabeza en busca de buenas ideas». En ambos casos estamos ante una literatura mutilada y, según los gustos o la educación de cada lector, habrá quien soporte mejor las buenas ideas mal contadas que las malas ideas bien contadas. Reconozco tener ciertos prejuicios a favor del primer caso, como sabe cualquiera que me conozca; pero no es algo que me haga sentir demasiado culpable, visto que buena parte de la llamada «crítica seria» tiene exactamente los mismos prejuicios hacia el segundo.

Creo que en ese tema Alberto Cairo y yo volvemos a estar de acuerdo, pese a que quizá él exagere su predilección por el «estilo» frente a las «ideas» como reacción precisamente a lo que suele ser la opinión mayoritaria en el mundillo de los lectores de la cf: si tiene buenas ideas no importa cómo esté escrito.

En lo que quizá ya no estemos de acuerdo es en lo que ambos consideramos estilo. La mayor parte de la crítica parece encontrar como sinónimos «estilo» y «uso del lenguaje», lo que desde mi punto de vista es un error.

Cierto que el lenguaje es la herramienta principal de un escritor. Y debe saber manejarla: igual que un escultor debe saber manejar el cincel o un pintor el pincel. Pero al contrario que pintura y escultura, la literatura es una forma de arte que se prolonga en el tiempo, y en ese sentido se parece quizá más a la música. Uno no debe ser sólo capaz de manejar las palabras con precisión, de imponerse sobre ellas y hacerlas decir exactamente lo quiere: también debe ser capaz de concebir la novela como una gestalt y como tal poder estructurarla y dotarla de ritmo, tiene que decidir en qué momento va a empezar a contar y cuándo se detendrá, tiene que ser capaz de poblarla de personajes creíbles y debe saber hacerlos moverse por la estructura narrativa que ha creado, debe saber en qué parte de ésta insertar una pausa, cuando el ritmo debe ser quebrado, cuándo hay que ocultar y cuándo decir. Por supuesto, una vez que ha decidido todo eso, debe ser capaz de llevarlo a la práctica mediante la única herramienta a su alcance: el lenguaje. Pero esos elementos (imprescindibles desde mi punto de vista para que una novela sea algo más que una acumulación de palabras bien hilvanadas) no son lenguaje, están antes que el lenguaje, e incluso son capaces a veces de sobrevivir pese al lenguaje. Y sin ellos una novela no es más que un cúmulo de palabras (que sí, pueden haber sido creadas con habilidad y pueden proporcionarnos placer) carentes de sentido. En otras palabras, ser buen escritor implica bastante más que simplemente «escribir bien».

Se ha mencionado a menudo a Asimov como ejemplo perfecto de escritor poco dotado literariamente. Y si nos atenemos estrictamente a aspectos lingüísticos, es cierto: su tono y vocabulario, de puro simples, llegan a resultar monótonos y carentes de matices (por más que el mismo lenguaje en otros campos (¿literarios también? eso sería un tema interesante para otra discusión) como la divulgación científica sea perfecto para explicar de forma comprensible los más abstrusos hechos científicos). Sin embargo, Asimov tiene virtudes literarias que son difícilmente negables y que rara vez son tenidas en cuenta por la llamada «crítica seria»: sabe dosificar perfectamente la trama y es capaz de diseñar historias interesantes per se. Eso le convierte en un escritor incompleto, quizá del montón, sin duda. Pero es que la carencia de Ray Loriga (por citar un autor de moda) para hilvanar una trama mínimamente coherente o contar algo, cualquier cosa, lo convierten en un escritor tan incompleto y tan del montón como Asimov. El primero, sin embargo es denostado (o directamente dejado de lado) por esa crítica seria. El segundo, en cambio, es considerado como un buen escritor (cuando lo único que hace es escribir bien, cosa muy distinta, como ya dije antes).

Por no mencionar el hecho de que un estilo directo y simple como el de Asimov seguirá siendo transparente y nos permitirá enfrentarnos a la historia igual de bien dentro de trescientos años, mientras que un estilo alambicado en la mayor parte de los casos supondrá una barrera insalvable (o al menos entorpecedora) para lectores de épocas posteriores. No es extraño que los escritores populares que han sobrevivido con buena salud al paso del tiempo (personas como Stevenson o London) fueran cultivadores de un estilo sencillo y directo (no necesariamente simple) mientras que autores serios empeñados en demostrar en cada palabra lo bien que escribían han ido cayendo en un piadoso olvido en la mente de los lectores. ¿Es casualidad que hoy en día podamos leer sin la menor dificultad las Coplas de Jorge Manrique prácticamente tal y como estaban escritas a pesar de los siglos que nos separan de ellas? ¿Es coincidencia que el lenguaje de Góngora resulte un abismo idiomático casi insalvable pese a ser posterior a Manrique?

Aplicando ese criterio quizá nos encontrásemos entonces con que hay bastantes autores de ciencia ficción que son un poco mejores de lo que parece y que algunos de los escritores «serios» que pululan por ahí son algo peores de lo que creemos.

No sé si es arte, pero me gusta

    Lo que nunca hay que aceptar es la opinión de que los libros de misterio están escritos por mercenarios. Los peores de nosotros nos desangramos en cada capítulo. Los mejores empiezan de la nada en cada libro. Los mercenarios son personas que hacen con facilidad algo que saben que no vale la pena, pero lo hacen por dinero. No he conocido a ningún escritor de misterio que pensara que lo que hacía no valía la pena: simplemente, le gustaría poder hacerlo mejor.

Raymond Chandler

Vivimos en una época que distingue claramente entre dos tipos de escritores. El escritor como artista, preocupado sólo de la perfección de su obra e indiferente al público; y el escritor como mercenario de las letras, como un individuo que ha hecho de la literatura su profesión del mismo modo que podría haberla hecho de la teneduría de libros o la informática.

Y es una distinción reciente en la historia de la literatura. Nombres de esos que aparecen en cualquier texto académico como pueden ser Lope de Vega, William Shakespeare o Charles Dickens fueron, ante todo, mercenarios de la literatura, individuos que escribían para el público y esperaban ganar (y ganaron) dinero con ello. Me atrevería a decir que fue el Romanticismo decimonónico el responsable de la creación de esa figura del escritor como artista atormentado para el que sólo importa la obra y que no espera (y a veces ni desea) ningún reconocimiento público por lo que hace, aunque seguramente esa figura no habría sido posible sin la Ilustración dieciochesca, como comentaré más adelante.

Me parece una actitud fundamentalmente hipócrita. Es más, me atrevería a decir que ese escritor que agoniza sobre cada línea para luego guardar su genial obra en un cajón no existe ni ha existido nunca. Cuando el escritor escribe está intentando comunicar algo y, por lógica, está intentando comunicárselo a alguien. Una obra literaria no está completa cuando el autor ha terminado de corregirla y le ha dado el último repaso. No estará completa, de hecho, hasta que no haya sido publicada y comience entonces su diálogo con los lectores. Mientras permanezca apolillándose en un cajón no es literatura: sólo catarsis.

Cuando un escritor dice que no escribe para el público puede querer decir varias cosas, desde que no espera encontrar un público muy numeroso para lo que escribe (aunque le gustaría), hasta que su público ideal es alguien muy parecido a él mismo (y no confía en que haya muchos bichos raros que se le parezcan). Pero cuando alguien afirma que no le importa ni desea ser leído, o está mintiendo (y puede ser consciente o no de la mentira) o no está haciendo literatura, sino psicoanálisis escrito.

Desde la invención del lenguaje, los escritores (todos los artistas, en realidad) han sido mercenarios. Financiados por un mecenas, por un rey o por una ciudad, han tenido que escribir lo que sus patronos les pedían y lo han hecho sin lamentarse por ello durante miles de años. Los que eran lo suficientemente buenos supieron dejar partes de sí mismos incluso en el más banal de los encargos (Velázquez supo convertir un retrato de la familia real en la disección de una clase social, Shakespeare fue capaz de cifrarse a sí mismo en una comedia de encargo para la noche de Reyes, Miguel Ángel traspasó su atormentada visión del mundo a las paredes de la Capilla Sixtina); los que no lo eran han sido olvidados. Tuvo que llegar la Revolución Industrial para que el escritor se emancipase de sus amos económicos y pudiera competir en pie de igualdad con el resto de los artesanos: si sus productos gustaban, el público pagaría por ellos; si no, desaparecerían.

Pero entonces, ¿de dónde viene esa imagen del escritor como artista, del escritor como mente privilegiada por encima de los vulgares gustos del público? Sorprendentemente, del siglo xviii y su estúpida concepción utilitaria de la literatura como elemento pedagógico. Son los Ilustrados los que crean la figura del hombre de letras, del intelectual cuya misión es guiar y abrir los ojos a la sociedad incluso aunque ésta no desee ser guiada. Tras eso serían los románticos (herederos de la Ilustración en muchos aspectos, pese a las apariencias en contra) quienes darían la siguiente vuelta de tuerca y convertirían al escritor en un alma superior (y a menudo atormentada) muy por encima del común de los mortales.

Así, como confluencia de lo anteriormente expuesto, llegamos a la actual dicotomía: por un lado el escritor de literatura popular, a menudo acusado de mercenario, y por otro, el intelectual, el nobilísimo hombre de letras que nunca se manchará las manos adulando al vulgo. Ambas actitudes son igualmente respetables (cada uno es muy libre de elegir el oficio que quiera y de sentirse por encima de quien le dé la gana), pero ambas me parecen igualmente incompletas.

¿Y no hay nada en medio? Sí, esa rara avis que es el escritor profesional: el hombre que escribe porque cree tener algo que decir, que no escribe para un público concreto, pero que espera tener un público (y cuanto más amplio mejor) y que no renuncia a ponerse a sí mismo dentro de su obra, pero que tampoco renuncia a la tarea fundamental de un novelista: entretener contando una historia. En resumen, no un asalariado de la literatura, ni tampoco un artista, sino simplemente un artesano. (Y si hace falta a estas alturas que comente que creo en la literatura no como un arte sino como una clase de artesanía es que me he explicado fatal.)

¿Dónde deja eso a la ciencia ficción? La deja convertida en un género (o más adecuadamente, un subgénero temático, tal y como expresaba Alberto Cairo en su artículo) en el que encontraremos escritores sin otra pretensión que anticiparse a los deseos del público y darle lo que éste espera; en el que encontraremos escritores que desean ser leídos, pero no a costa de renunciar a aquello que les hace querer escribir; y encontraremos escritores que llevan años hablando solos, sin que ellos mismos se escuchen. Es decir, en el mismo sitio que a la novela policíaca o cualquier otro género. O si vamos a eso, exactamente en el mismo lugar que la llamada literatura general.

¿In the ghetto?

    No soy vuestro enemigo, Patrulla X, no me consideréis así. Mi meta es conquistar la Tierra... pero sólo para crear un mundo donde la raza del Homo Superior pueda vivir en paz.

Chris Claremont: Patrulla X. [3]

El mayor problema y la mayor bendición de la ciencia ficción puede resumirse en una sola palabra: fandom.

Y digo que es una bendición porque en la cf se da algo casi inédito en cualquier otra literatura: un diálogo continuo entre el autor y sus lectores. El escritor de cf puede pulsar de primera mano la opinión de su público, saber hasta qué punto ha conseguido llegar a ellos, transmitir exactamente lo que quería. Pocas literaturas gozan de algo así.

Pero, desde luego, también es un problema. Y grande. Como cualquier gueto, el fandom es un mundo endogámico, cerrado sobre sí mismo y poco dispuesto a abrirse ante las novedades. (Así, la última imitación mutilada y banalizada de la Tierra Media tiene siempre más posibilidades de venderse bien que novelas que intentan explorar territorios nuevos en el ámbito de la literatura fantástica: por eso editoriales como Timun Mas pueblan los estantes de best-sellers mientras autores como John Crowley apenas son conocidos por los aficionados.) Ante la falta de atención del gran mundo, los aficionados más devotos a la ciencia ficción adoptan la postura de todos los pueblos perseguidos o ignorados: nosotros somos mejores, no los necesitamos a ellos para nada. Así, lo que empieza siendo marginación termina convirtiéndose en motivo de orgullo.

Eso puede no ser peligroso para el lector. En el sentido de que, al fin y al cabo, la lectura es una opción personal de ocio y si uno disfruta con determinado tipo de obras y no desea ir más allá, es bien libre de hacerlo.

Pero es tremendamente peligroso para el escritor. Sobre todo para el escritor bisoño que empieza a publicar sus primeros relatos en las revistas no profesionales. Porque en la ciencia ficción se produce otro fenómeno curioso: el escritor de cf fue primero un fan del género. Con esas premisas es fácil que nunca evolucione más allá de determinado nivel, que no alcance su verdadero potencial y se contente con la modesta fama de ser conocido por quinientas personas y que alguna de ellas se le acerque de vez en cuando para decirle lo mucho que le ha gustado su última novela.

Hay escritores que son felices así, y nada tengo que objetar contra ellos. Puede que no quieran dar el siguiente paso, que se conformen con el nivel alcanzado, o puede que simplemente sean conscientes de sus limitaciones y decidan no arriesgarse a fracasar. Ambas opciones son perfectamente válidas y siento por ese tipo de escritores el mayor de los respetos.

(Salvo cuando de pronto empiezan a quejarse de que el gran público o las grandes editoriales no les prestan atención, como si el público o las editoriales tuvieran que venir a ellos en lugar de ser ellos los que buscaran y lucharan por un público más amplio.)

Hay escritores que se cansan. Que deciden que sí, que está muy buen escribir ciencia ficción, pero que es un callejón sin salida y tarde o temprano terminan abandonando el género en busca, a veces, de nuevas metas literarias, y a veces simplemente de un reconocimiento público mayor. Es triste pero comprensible y tampoco tengo nada que objetar contra esos escritores.

(Salvo cuando de pronto descubres en sus declaraciones públicas que ellos nunca han sido escritores de cf, y que jamás han tenido nada que ver con el género, como si fuera un inconfesable vicio de juventud del que se arrepienten.)

Pero lo que hasta ahora no hemos tenido en este país es un escritor de ciencia ficción que, sin renunciar a serlo, intente ir algo más allá, plantearse nuevas metas, buscar un público mayor, crear una literatura algo más compleja, algo más ambiciosa. En los últimos años ha habido intentos en esas direcciones, pero aún es pronto para saber si cristalizarán en algo definido.

El futuro, si lo hay, la madurez de la ciencia ficción como género literario, está en el tercer camino que he expuesto. Ignoro si llegaremos a transitarlo alguna vez. Pero más vale que sí, o estaremos condenados a ser una literatura eternamente adolescente.

El canon imposible

    Al crítico no le basta con tener razón, ya que de vez en cuando se equivocará. No le basta con ofrecer razones plausibles. Tiene que crear un mundo razonable, en el que el lector pueda entrar a ciegas y llegar a tientas hasta la butaca situada junto a la chimenea sin pegarse en la espinilla con una escoba atravesada en el camino. La frase mordaz, la perseverancia en la palabra, la afectación erudita en el estilo... resultan divertidos pero no sirven de nada. No sitúan nada ni revelan el carácter de los tiempos. Los grandes críticos, de los que existen lamentablemente pocos, construyen una casa para la verdad.

Raymond Chandler

Pero el tema de fondo del artículo de Alberto Cairo era la imposibilidad de establecer un canon de obras del género. Y es muy posible que tenga razón, que tal empeño sea imposible. El lector que sólo (o fundamentalmente) lee ciencia ficción no sólo no quiere un canon, sino que no lo necesita: ya se ha creado el suyo propio, personal e intransferible, y con él tiene las herramientas necesarias para transitar por el paisaje literario que él mismo ha ido construyendo a lo largo de varios años de lecturas y reflexiones.

Claro que crear un canon no es tarea de los lectores sino de los teóricos, que al fin y al cabo no dejan de ser lectores. Y el problema que planteaba Alberto Cairo es precisamente ése, que los teóricos de la ciencia ficción en nuestro país no son más que lectores muy «leídos» y que no tienen la formación suficiente (no necesariamente académica) para convertirse en verdaderos teóricos y, por tanto, son incapaces de juzgar la ciencia ficción desde los mismos parámetros que usa la «crítica seria» para analizar el resto de la literatura. Por no mencionar el hecho de que (siguiendo tal vez a Oscar Wilde, de forma equivocada desde mi punto de vista) son muchos los críticos (dentro y fuera de la crítica «fandomera») que prefieren la pulla ingeniosa que arranque admiración de los lectores a un análisis honesto y argumentado de la obra tratada.

Junto a eso tenemos el problema añadido de que prácticamente toda la crítica que se hace desde dentro de la propia ciencia ficción es crítica periodística, hecha con el propósito, no tanto de analizar la obra, como de informar al público si merece la pena que la lea y por qué. No tenemos una auténtica crítica académica de ciencia ficción, no hay verdaderos teóricos que se dediquen al análisis de los mecanismos literarios de las novelas del género, a desarmar una novela y desmenuzar los elementos que la componen y explicar de qué modo el autor los ha unido para formar algo mayor. Sin ese tipo de crítica (que más bien es teoría de la literatura) resulta difícil llegar a la elaboración de un canon: de hecho, resulta prácticamente imposible llegar a una sistematización de la ciencia ficción como género literario (sistematización que luego, como en toda literatura, los autores pondrán a prueba una y otra vez), paso previo a cualquier intento de canon que aspire a serlo con seriedad y rigor.

También creo que lo expuesto anteriormente, si bien cierto, cada vez lo es menos. Como he dicho, aún nos falta una obra seria y rigurosa (al menos en nuestro país) que analice la ciencia ficción nacional desde una óptica exclusivamente literaria, más allá de nostalgias de aficionado o de filias y fobias personales. Creo sin embargo que los pasos en esa dirección han empezado a darse de unos años a esta parte y que sólo es cuestión de tiempo para que algo así cristalice.

Sin embargo, y contradiciéndome a mí mismo, hay algo que juega en contra de esa posibilidad. Para que exista crítica profesional en cualquier género, para que haya verdaderos teóricos de él, primero debe haber escritores profesionales, autores que no se limiten a sentirse satisfechos por un par de palmaditas complacientes en las convenciones del género y que intenten abrirse a un mundo más amplio y competir en pie de igualdad con el resto de la literatura. Y no estoy pidiendo que renuncien a su identidad como escritores de ciencia ficción, sólo pido que, sin dejar de ser eso, sean ante todo escritores.

Mientras eso no ocurra, no tendremos en nuestro país una verdadera crítica profesional, y ese consenso en busca de un canon (cualquier canon, la propia existencia de uno sería de por sí beneficiosa, como apunta Cairo en su artículo) no llegará a darse.

A modo de conclusión

    ¿«Al final»? Nada acaba, Adrian. Nada acaba nunca.

Alan Moore, Watchmen 12, página 27 [4]

Ya dije que escribía desde mis prejuicios. Quizá a lo largo de estas páginas debería haber introducido más a menudo coletillas como «en mi humilde opinión», pero dado que mi opinión hace tiempo que ha dejado de ser humilde, preferí prescindir de la hipocresía.

Por otro lado, dudo que las discusiones o reflexiones, como la suscitada entre Alberto Cairo y mi arrogante persona, sirvan para algo. Salvo quizá para empezar a movernos: posiblemente no sepamos muy bien adónde, pero incluso eso es mejor que estar parado. Además, si me perdonáis el horrible vicio de la autocita: «Ah, pero la incertidumbre es la sal de la vida, ¿no?»[5]

Y quiero terminar con la misma frase con la que terminaba Alberto Cairo: el único juez en cuestiones de arte es el tiempo. Incluso aunque, como yo, no creas demasiado en el arte. Agosto, 2000

© 2000, Rodolfo Martínez


Notas

[1] Raymond Chandler: Chandler por sí mismo. Editorial Debate, 1990.
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[2] Orson Scott Card: Mapas en un espejo. Ediciones B, 1993.
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[3] Chris Claremont y Brent Anderson: Dios ama, el hombre mata. Ediciones Fórum, 1983.
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[4] Alan Moore y Dave Gibbons: Watchmen. Norma Editorial, 2000.
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[5] Rodolfo Martínez: Tierra de Nadie: Jormungand, Ediciones B, 1996. Página 353.
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