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Powers, en exceso Declara, de Tim Powers Llevábamos algún tiempo, más de la cuenta, sin saber qué andaba haciendo Tim Powers. Desde La ultima partida, hace una década, ninguno de sus libros había aparecido en castellano mientras iban sumando premios aquí y allá. Declara es un interesante retorno del autor al público español, pero también una prueba de las razones por las que su obra reciente no ha sido publicada en castellano. Desde la casi perfección formal de Las puertas de Anubis y En costas extrañas, allá en los ochenta, Powers se ha embarcado en un tipo de novela cada vez más densa, trabajada y barroca, pero menos satisfactoria. El punto de partida, la manera de hacer, es siempre similar, e igual de atractiva: Powers investiga en las rendijas de la historia para encontrar los huecos por los que colar la fantasía. Anuda cabos sueltos con ayuda de la magia. Con ello, consigue relatos que son siempre, a priori, de enorme interés. Sin embargo, su plasmación está resultando de más irregular valor, debido a una falta de control de sus propias (muchas) fuerzas. La brillante La fuerza de su mirada, que pronto reeditará también Gigamesh, ya era un aviso de por dónde irían los tiros. La ultima partida y Declara confirman que Powers se consolida como un narrador brillante, repleto de ideas poderosas y con una encomiable laboriosidad en la documentación. Pero también sirven para mostrar que el autor ha perdido el control de sus propios excesos, incurriendo en ocasiones en la autocomplacencia que hace menos legibles a los trabajos de su compinche (y también valioso escritor) James P. Blaylock. En el caso de Declara, esa tendencia se une a la propia naturaleza del relato, un homenaje a un autor en ocasiones moroso como es John Le Carré. (Sé que esta opinión no es muy popular, pero no he disfrutado nunca en exceso de sus tramas.) La historia, una vez más, parte de un planteamiento del máximo interés. Andrew Hale, nacido en Palestina en los años veinte, es un predestinado al que un servicio supersecreto del espionaje británico cuida desde la infancia. Powers simultanea diferentes acciones, que sabemos pronto que en 1963 desembocarán en un intento de Hale por acceder al Monte Ararat bíblico, donde fracasara quince años antes en una misión de naturaleza similar. Mientras se nos desarrolla esa misión en tiempo presente, en la que Hale será convertido en un agente doble para engañar a los soviéticos, conocemos su trabajo para James Theodora, el enigmático jefe de los servicios secretos «mágicos» de los británicos, que le lleva al París ocupado por los alemanes, o al Berlín recién tomado por los aliados. En esas tareas, a la par que se nos va descubriendo en una hábil dosificación la trama ocultista que mueve a los agentes secretos más sofisticados, va surgiendo el amor de Hale por una espía española con el improbable nombre de Elena Teresa Ceniza-Bendiga (chiste powersiano: en sus novelas siempre aparece alguien llamado Ashbless, literalmente «Cenizabendiga»), y su antipatía por Kim Philby, el conocido agente británico que trabajó durante años en la sombra para los soviéticos y es pieza clave del argumento. Todos los personajes son dibujados con la maestría de un autor ya consolidado. La intriga se mantiene de la mano de un consumado manejo de la información. Pero, ay, como decía, Powers parece haber perdido el sentido de la medida, y nos enfrentamos a un libro de 576 páginas difícilmente justificables, en las que Hale se explaya en las costumbres de los beduinos, se enreda en fintas y contrafintas de espías y recibimos un caudal de información adicional que debería haber permanecido en la carpeta del autor. Un libro, en suma, que complacerá a los seguidores de Powers (como, al fin y al cabo, lo soy yo mismo), pero que a quien no goce de identificación y conocimiento previo con su trabajo puede resultarle algo tortuoso; mejor acercarse a él por primera vez a través de una de sus obras reeditadas. Julián Díez
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