Los nuevos caminos del género

Destinos truncados, de Arkadi y Boris Strugatski

Durante el año pasado se publicaron en España dos obras que nos muestran uno de los caminos que está tomando y tomará en un futuro cercano la ciencia ficción como género. Una de ellas es Luz, de M. John Harrison; la otra es la que nos ocupa. Ambas obras (aunque escritas con un par de décadas de diferencia) producen el mismo gozo al lector y la misma sensación de ser Literatura, con mayúscula. Su adscripción a un género concreto sólo indica que los autores se sienten ligados a una tradición literaria ya establecida a la que han dedicado sus esfuerzos durante muchos años. Ambas novelas son asimismo obras de madurez, están escritas con una sabiduría estilística insuperable y recurren al pequeño truco de crear narraciones paralelas que no confluyen necesariamente —¿o tal vez sí?—, lo que les permite mostrar su virtuosismo con el tratamiento del presente de un modo muy realista y al mismo tiempo dejar volar su fantasía hasta el extremo que deseen.

La trama de Destinos truncados no resulta excesivamente complicada. Por un lado tenemos las desventuras cómicas y cotidianas de un escritor soviético, Félix Sorokin, personaje que aparece en otras obras de los Strugatski. La historia está ambientada a finales de los años setenta o primeros ochenta, cuando la decadencia del sistema resulta evidente y la censura es un monstruo al que engañar o evitar. En este Moscú extraordinariamente reconocible —para quien lo conozca— se está produciendo una agitación inusitada entre los literatos: un centro de investigación ha desarrollado una máquina para evaluar la calidad (¿o comercialidad?) de los textos literarios. Sorokin recibe un requerimiento para presentar algunos de los suyos. Comienzan así unas jornadas extrañas y casi pesadillescas que terminan de manera inesperada. Uno de los textos que Sorokin se resiste a entregar para su evaluación es la «carpeta azul», un manuscrito que no está destinado a su publicación por ser «demasiado fuerte para la censura», como diría Alexandr Solzhenitsyn.

La «carpeta azul» contiene una novela que vamos conociendo en capítulos alternos. Se trata de una historia utópica y visionaria, muy enraizada en la tradición fantástica rusa, que está narrada con pasión febril y técnicas variadas. Aunque a veces tenemos la sensación de hallarnos ante una novela de terror, la intriga se ve constantemente puesta en entredicho por los diálogos, que plantean cuestiones de índole moral, política e incluso metafísica de considerable importancia. De este modo adquiere relevancia una de las características principales del libro: el humor. Tanto la trama «realista» como la «utópico fantástica» (por llamarla de alguna manera) poseen un sentido del humor a veces cruel, a veces ácido y en cualquier caso verdaderamente divertido. Las cuestiones de rango superior que se presentan en el texto son de inmediato neutralizadas o puntualizadas por un chiste, una exageración o una barbaridad.

No deja de ser curioso que el estilo de los Strugatski (o su posmoderna mezcla de estilos) produzca un pinchazo de dolor —quizás añoranza— en el lector, al menos en quien esto escribe. Porque al leer a los hermanos Strugatski nos damos cuenta de cuánto se ha perdido después de que la literatura fantástica haya sido engullida por la técnica del best-seller, las escuelas de creación literaria y las leyes de un mercado que ni siquiera sabe lo que quiere. Leer a los Strugatski es una experiencia gozosa que nada tiene que ver con el tópico y los prejuicios del mercado contra los autores «europeos»; ya saben: el lector tiene que padecer un ritmo lento y unas frases pesadas. Todo lo contrario. Adentrarse en el mundo de los Strugatski se convierte en puro deleite para la inteligencia y los sentidos de un lector que piensa: «Joder, estos tíos no se creen que soy estúpido. Me toman en serio, me respetan. No me están dando una literatura masticadita para que me la coma como si fuera papilla».

En Destinos truncados cabe consignar la existencia de gran cantidad de aspectos autorreferenciales. Quienes conozcan a fondo la literatura de la etapa ruso soviética harán una lectura mucho más provechosa del libro, se reirán en lugares en que los demás no lo hacen, respirarán ese olor tan peculiar que poseen las chimeneas moscovitas y creerán haber encontrado alguna vez a la vieja y obtusa diurnazha de la Casa de los Escritores. Pero esto no es necesario. Para disfrutar del libro basta con tener la mente despierta y el corazón bien dispuesto. No nos queda más que rezar para que éste (y el recién aparecido Ciudad maldita) no sea el único libro de los hermanos Strugatski que Ediciones Gigamesh pone a nuestro alcance, aunque sea con una cubierta tan deplorable y un papel tan feo como el de este Destinos truncados.

José María Faraldo