Ya es la segunda vez que sucede. En el 2001, el premio Hugo a la mejor novela recayó en Harry Potter y el Cáliz de Fuego, de J.K. Rowling. En el 2002, en American Gods, de Neil Gaiman. Robert J. Sawyer atribuyó el primero de estos Hugos a los votos por Internet, que según él rebajan el nivel de la competición. En cualquier caso, ambos premios resultan muy sintomáticos, por cuanto confirman una tendencia a la difuminación de las fronteras del fandom. Los premios Hugo, supuestos indicadores de popularidad entre autores «del mundillo», comienzan a padecer los efectos de un intrusismo que, a tenor de la reacción de Sawyer, se percibe en el fandom como algo malo. Esto es lo nunca visto, parece ser el mensaje: no sólo no ganamos los premios «de fuera», sino que además somos incapaces de ganar los «propios».

No es una polémica exclusivamente anglosajona. Dentro de nuestras fronteras, los premios Ignotus también han propiciado reacciones similares. En la presente edición, existe una corriente de opinión bastante crítica con la candidatura de Los otros en la categoría de Producción Audiovisual. El argumento es el siguiente: ¿para qué premiar a alguien como Amenábar, que no es fandom y no asistirá a la HispaCon? Y qué decir de la polémica suscitada por la no inclusión de Ana María Matute y su Olvidado rey Gudú en la papeleta de 1997...

Los episodios citados nos permiten hablar de una tendencia a la difuminación de las fronteras entre géneros, pero no debemos olvidar las situaciones inversas. Michael Chabon ganó el premio Pulitzer del 2001 con Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, novela acerca de las vicisitudes de dos creadores de un cómic de superhéroes. Cabe preguntarse qué saldrá de todo esto. El género fantástico hecho por y para el fandom se halla en la encrucijada. Puede reaccionar como Sawyer, defendiendo «la auténtica cf» frente a las amenazas mercantilistas del mundo exterior, encerrándose más aún en el gueto. Pero también puede reinventarse a sí mismo, reformular sus premisas y adaptarlas a los nuevos tiempos. Sería la solución más inteligente, deseable y, a la postre, salvadora de un género que parece un tanto perdido en estos comienzos de siglo XXI.

Juanma Santiago