La ciencia ficción es hija de la Revolución Industrial. Nace en el siglo XIX, el del cambio tecnológico y los avances industriales, el optimismo a ultranza y el positivismo. Pero pronto surgen las primeras sombras con respecto a la industrialización: el miedo al cambio se refleja en Frankenstein, de Mary Shelley, que ya nos avisa de los riesgos de que la creación humana (obtenida por medios científicos) se nos escape de las manos, adquiera vida propia y rompa el orden natural de las cosas. En su estela nacen un sinfín de narraciones y películas que rescatan el espíritu del ludismo inglés, por no decir que son marcadamente reaccionarias. El género, nacido del cambio tecnológico, incorpora también la tecnofobia más chusca.

Frente a estas reacciones viscerales, acrecentadas en los albores del siglo XXI con el techno-thriller a lo Michael Crichton, el género incorpora la imaginería de la sociedad industrial a su discurso, de modo que las máquinas aparezcan como una metáfora de lo incomprensible o alienante: son los casos de “Duelo” o “Qué manita tan fría”.

Además del terror inteligente de Aickman y Matheson, que ven en la máquina un trasunto de los miedos de la sociedad, el género puede crear mundos nuevos en los que, simplemente, las máquinas no existen. La utopía desarrollada por Mike Resnick en su serie Kirinyaga es, pese a la polémica que desató (y que obligó al autor a intervenir para aclarar que el punto de vista de los protagonistas no coincidía con el suyo), un recordatorio de que la industrialización genera contradicciones y desigualdades que deberían ser subsanadas. El género fantástico puede ser a veces un arma eficaz de denuncia de la realidad que nos rodea, una llamada a construir un mundo más humano.

Juanma Santiago