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El talento es un don impredecible El amor es un número imaginario, de Roger Zelazny Comentaba Isaac Asimov en alguno de esos prólogos suyos tan curiosos que en la cf se han producido varias «novas», explosiones súbitas de talento que deslumbraron a los aficionados surgiendo aparentemente de ningún sitio. Él no destacaba en su listado de posibles novas a Roger Zelazny, pero dudo que en la historia del género puedan encontrarse muchos más ejemplos de escritor que escala tan rápidamente una posición de privilegio, para ser casi un clásico a los treinta años. Los relatos aquí incluidos pertenecen en su mayoría a esa época de arranque de Zelazny. Un periodo en el que parecía tocado por la gracia, en el que el talento daba la impresión de ser un valor que el escritor de Ohio simplemente podía derrochar sin preocupación. Pensar que Zelazny ejecutó con veinticinco años esa obra poderosa, amarga y madura que es “Una rosa para el Eclesiastés” resulta sorprendente, y nos habla de un escritor enorme. Uno de los narradores más finos de la historia del género, al que esta antología debería dar a conocer a los jóvenes lectores españoles... si Plaza & Janés distribuyera en condiciones la colección Mundos Imaginarios a este lado del Atlántico. “Una rosa para el Eclesiastés”, seguramente el plato fuerte de la recopilación, narra a través de los ojos de un poeta y filólogo la primera exploración a Marte, pero es también el retrato de un personaje engreído a la vez que débil, una reflexión sobre el valor de la cultura en un contexto más propio del hombre de acción, cargado de un montón de matices, de autocrítica, y de un final duro. Una historia maravillosa, una de las cimas del género, que sin embargo no destaca de forma insólita dentro de la calidad media de la antología. Para los aficionados a simplificar con generalizaciones, Zelazny se convirtió en el escritor de la mitología dentro de la cf. Sin embargo, el muestrario de relatos aquí expuesto nos habla de un autor con muchas voces, si bien fuera ésa la que marcó en su momento diferencias respecto a sus coetáneos. En esa línea mitológica tenemos de forma obvia al propio cuento “El amor es un número imaginario”, al igual que a “El hombre que amó a la faioli”, si bien el aliento épico remite también al clasicismo en los otros dos platos fuertes de la antología, “Las puertas de su cara, las lámparas de su boca” y “Esta montaña mortal”; el primero, una especie de Moby Dick venusino, con un antihéroe memorable como eje; el segundo, el emocionante relato de la escalada a la mayor cima del cosmos, un pico de 64.000 metros en cuya cumbre se esconden secretos. En el terreno de la citada versatilidad encontramos un par de pasadas nuevaoleras a lo Ellison en “Coche diabólico” y “Corrida”; una suerte de broma laffertiana como “Los grandes reyes lentos”; o un space opera ecologista como “Las llaves de diciembre”. En suma, una recopilación de lujo, de las que por desgracia ya raramente se publican. Julián Díez
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