Digno final de una gran serie

El ascenso de Endymion, de Dan Simmons

Asistimos al final de una de esas sagas que harán historia en la cf. Uno, personalmente, hubiera preferido que se limitase sólo a las dos primeras novelas y, habida cuenta del bajón producido en la tercera entrega, temía mucho adentrarme en la novela. Temía que vulgarizase un hito, que el cierre del ciclo resultase fallido, que no supiese afrontar el reto de una novela en la que no había nuevos conejos que sacar de la chistera: ni el sacramento de la resurrección, el siempre preocupante tema del tiempo, ni ese nuevo Alcaudón. Pero Dan Simmons ha recuperado imaginación, habilidad y talento para pergeñar la cuarta y última entrega a un nivel más que digno. Descartado ese miedo, uno puede lanzarse a la aventura.

En El ascenso de Endymion encontramos respuestas razonables a los brillantes enigmas planteados; se ha sabido atar cabos sueltos y, sobre todo, remontar el vuelo. Marca los ritmos, la narración es fluida y nos ofrece momentos de gran belleza, pues junto a páginas en las que se embrolla todo, conviven otras repletas de gran altura lírica y gran riqueza literaria.

Considero que, latente, Simmons, hace uso de un arma literaria muy interesante: la contraposición. La trabaja realmente bien. El poder, con sus medios, sus conjuras y secretos, tiende al orden obsesivo (siempre lo mantiene en la distancia, en tercera persona). Por el contrario todo cuanto rodea a Aenea, Endymion, el poeta o el sacerdote De Soya (uno de los grandes logros de la tercera novela) es el caos dirigido a un propósito que, muy astutamente, nos es hurtado.

La acción es trepidante, resulta imposible hacer un resumen esquemático de tantas ideas y acontecimientos como se narran pero, eso sí, no resulta atropellada. Simmons siempre sabe levantar un poco el pie del acelerador, dotar de peso a su obra para luego volver con las andanzas de Endymion, la masacre del Alcaudón en Marte, las intrigas del Tecno Núcleo, las conjuras de ese Vaticano tortuoso dominado por un hombre en la sombra, la deserción (eso sí, previsible) del padre De Soya...

El autor es consciente de que la trama se enmaraña en ocasiones y, siendo un escritor con oficio a raudales, es capaz de reconducirla. En el capítulo trece detectamos el capítulo puente tradicional, pero explotado al máximo: se toma su tiempo para coordinar la información, no romper la narración pero controlar una incipiente dispersión. Y, hecho esto, desde ese mismo capítulo relanza la novela.

Pese a ciertas escenas poco verosímiles, un final poco sorpresivo, cierto toque de moralina y algún momento innecesario, El ascenso de Endymion supone una lectura gratificante. Dista mucho de ser aquella historia con ambiciones literarias en la que se reelaboraban tópicos propios y ajenos: la matriz de Gibson, esa narración de peregrinaje —un magnífico guiño a Los cuentos de Canterbury—, o la historia de Lamia, donde vemos ese género negro a lo Hammett. La novedad, forzosamente, no puede mantenerse. Si se crea un mundo, por espectacular que sea, el novelista debe proseguir en él.

Siendo una novela magníficamente escrita, amena pero simplista y con el ritmo narrativo casi siempre acertado (a veces es incapaz de mantener el vigor y la soltura cuando aborda pax, conjuras vaticanas y lo relativo al «enemigo» de la nueva Mesías que es Aenea) no sorprende, ha perdido magia, por mucho que estemos ante una obra de ésas que lees de un tirón. No deja esa impronta, esa huella en el espíritu que Hyperion y La caída Hyperion marcaron en muchos de nosotros. De ese pecado no la librará el cruciforme: ha vulgarizado, con respeto, oficio y habilidad, un mito de la cf. Espero, cuando menos, que le haya salido rentable. Deja un buen sabor de boca. A cambio, ha disipado la niebla que debe envolver a los mitos.

José Miguel Pallarés