Prólogo al biopunk

El beso de Milena, de Paul McAuley

Si la memoria no me falla, fue el editor de esta revista quien, en la presentación de la colección Gigamesh, hizo una razonadísima defensa de la midlist, aquellos libros de género de tirada media que destacan sobre el 90% de basura del que hablaba Sturgeon en tiempos, pero que nunca alcanzan el ansiado título de superventas. Escudriñando más allá de los best-sellers, La Factoría de Ideas se ha lanzado a una carrera que, por lo que parece, la está conduciendo con éxito a hacerse con un enorme porcentaje del mercado español de ciencia ficción, disputándole a Alejo la hegemonía sobre la citada midlist. Y no sólo por novelas más o menos oportunistas y/u olvidables, como las cosillas que de cuando en cuando le da por escribir a Robert J. Sawyer, sino por textos de cierta originalidad, como Fairyland (aclaremos que este libro ha conocido varias ediciones, por lo que su pertenencia a la midlist se puede discutir; pero presupongo que sus ventas no han sido ni una décima parte de las del último e innecesario novelón de Ender).

El resultado más o menos satisfactorio de cualquier novela depende de que su ejecución esté acorde con las ambiciones de su autor al escribirla. Si nos guiamos por este pequeño axioma, Fairyland (o, lo que es lo mismo, El beso de Milena, un título que no me desagrada, pero que es menos impactante que el original) es una novela fallida e interesante por la misma razón: el exceso. El futuro del que nos habla está poblado de mendigos que vomitan sus entrañas en las esquinas de los hogares ruinosos habitados por neoproletarios expulsados de un sistema hostil; un mundo que relega a los que no poseen «empleabilidad» a un ostracismo criminal, de piratas que se dedican a intercambiar líneas de código genético para fabricar bacterias y virus portadores de males inmundos o de beneficios que sólo pagarán los de las capas sociales más altas. Al mismo tiempo, McAuley idea unas relaciones sociales enfermas de indiferencia: el esclavismo de las «muñecas», dignas sucesoras de los replicantes y robots con alma de los clásicos, a los que homenajea y actualiza sin pudor, supone un retorno inquietante a los vicios de un modo de producción olvidado. McAuley lo narra todo en un tono amenazador, de prosa densa y lenta. Desafortunadamente, el exceso de horror satura el aguante de cualquiera porque el autor es incapaz de equilibrar las descripciones de ese mundo insano y árido con el desarrollo de unos personajes cuyo nivel de tormento interior esté acorde con lo que los rodea. Tanta tristeza ambiental en tan poco espacio y sin víctimas bien definidas acaba por provocar indiferencia, sobre todo si tenemos en cuenta que McAuley tiene miedo de llevar al límite las consecuencias que los avances que describe deberían tener sobre el tejido social, y las sustituye por una colección de pequeños detalles biotécnicos, económicos y políticos superficiales, en vez de procurar coherencia para su universo. La odisea de Alex Sharkey, una especie de ingeniero biológico clandestino, brillante y solitario, en pos de Milena por Londres, París y Albania (lugares que marcan las tres partes en las que se divide el texto) es, al mismo tiempo, interesante porque la capacidad de McAuley para introducirnos en sus paisajes de barroquismo gótico (no nos alarmemos por este sacrilegio conceptual: las referencias a una especie de arquitectura gótica de decadencia, ultrarrecargada, es obligatoria en cualquier novela distópica que se precie en los últimos años...) es notable, y muchas de sus páginas hacen pensar que no pretende colocar la última lápida del ciberpunk, sino reinventarlo.

Si el ciberpunk fue el revulsivo que en los ochenta carcomió los cimientos de un género moribundo y que ahora, convertido en el cascarón de lo que fue en los ochenta y noventa, agoniza a su vez en una orgía de gafas oscuras y atrezzo de film sadomaso, Fairyland posee la entidad suficiente como para considerarse primer balbuceo del biopunk, o genopunk, o como cada cual quiera denominarlo, que puede que recoja las inquietudes y esperanzas que tiñen el presente. La revolución génica, con todos sus imprecisos futuribles, impregna los temas de la cf desde hace décadas, pero Fairyland va un paso más allá de la mera especulación médica, a pesar de que McAuley no priva al lector tecnófilo de verborrea hard (no demasiado bien traducida, ay: aparece la «transcriptasa reversa», cuando lo más común, que yo sepa, es «transcriptasa inversa»). McAuley trasciende el hard y la cf sociológica; no las abandona, como demuestra el batiburrillo de influencias y préstamos que exhibe, sino que las incorpora en su hábil fresco onírico: Fairyland, una vez establecido un marco de dark future algo manido, gracias al uso preciso de ciertas imágenes de enorme fuerza, especialmente en su parte central, con esa ciudad feérica convertida en parque de atracciones-hogar por las hadas, acaba por convertirse en un libro que sugiere más de lo que da, una especie de triunfo diferido que las próximas décadas considerarán precursor de su presente.

Alberto Cairo

Paul McAuley
El beso de Milena
Trad. Manuel Mata
La Factoría de Ideas,
col. Solaris Ficción n.º 17
347 págs., 16,95 €