Otra lección de eficacia de Sawyer

El cálculo de Dios, de Robert J. Sawyer

Creo que la principal razón por la que nadie parece tomarse demasiado serio a Robert Sawyer en España es que se le ve demasiado el plumero. En algún momento de su vida, Sawyer decidió ser escritor de cf profesional y ganar una pasta con ello, y está dando de forma impecable todos los pasos para conseguirlo, sin cortarse, con una desvergüenza tan pasmosa como reconfortante. Sawyer, con sus temas tópicos para el gran público, su literatura sencilla y siempre amena, con la sensación de que le gusta muchísimo el género, con su omnipresencia en Internet y su autobombo rutilante, acabará triunfando. Y yo, desde luego, aplaudiré con ganas, porque va camino de lograrlo sin haber escrito ni una sola página aburrida o deshonesta, sin haber confundido comercialidad con ramplonería. También está dibujando una carrera en la que seguramente no puede señalarse ninguna novela de auténtico relieve; pero eso es casi preferible viendo los resultados que ofrecen otros escritores de veleidades científicas cuando les da por ponerse «importantes».

En este contexto, la última obra del canadiense publicada en España, El cálculo de Dios, supone tan sólo una nueva lección de eficacia, otra exhibición de su manera de hacer. Hay todas esas cosas que detestan sus detractores, en particular la combinación de una historia de carácter personal con un gran tema cienciaficcionero que trata desde una óptica sólo levemente original, pero siempre vistosa para un público genérico. Sin embargo, a diferencia por ejemplo de la tendencia de escritores como Gregory Benford a crear personalidades artificiosas y conflictos superficiales de los que preocupan a la ultrasensible sociedad americana, los personajes de Sawyer, a quien su condición de canadiense convierte posiblemente en «más europeo», se enfrentan a auténticas situaciones límite. En el caso del protagonista de El cálculo de Dios, lo que tiene ante sí es la muerte segura por un cáncer de pulmón. Y ese hecho es significativo también para la trama, puesto que el paleontólogo Tom Jericho es uno de los elegido por los extraterrestres, llegados a la Tierra en busca de pistas de la existencia de Dios, para el primer contacto.

Los forhilnores, una raza de aspecto vagamente arácnido, y sus asociados, los místicos wreeds, dan por segura la existencia de una inteligencia superior que planificó el desarrollo del Cosmos dadas las coincidencias entre las formas de evolución de ambas especies y, según están averiguando, la terrestre. En los planetas natales de las tres se produjeron pasos evolutivos coincidentes, que demuestran la existencia de un plan. Y Sawyer marca con habilidad las cartas para que la aparición de esas dos razas suponga en sí misma un argumento a favor de la existencia de Dios.

Los extraterrestres llegan a Toronto en una época contemporánea y el paleontólogo debe trabajar con uno de sus representantes, Hollus, investigando la evolución. Sawyer presenta con cierto ingenio las circunstancias del primer contacto y elude con habilidad convertirlo en el eje de la narración, que se articula en torno a dos acciones diferentes: el pesar de Jericho al enfrentarse a una muerte cierta y sus conversaciones con Hollus, en las que la existencia de Dios es tomada como una hipótesis científica seria, algo muy infrecuente en la historia del género. El autor utiliza mecanismos fácilmente reconocibles para todo ello: referencias actuales, anécdotas, sabor localista bien dosificado… Todo ello funciona, manteniendo el interés del lector incluso cuando las cosas se salen un poco de madre.

Porque los diálogos se alargan hasta comenzar a ser sospechosamente reiterativos y la autofustigación del científico ateo llega a resultar fatigosa, abriendo un nuevo caso de esa paginitis que es el mal de nuestro tiempo. La novela pierde aún más fuerza a medida que Sawyer empieza a añadir superfluos elementos bestselleros a la coctelera, incluyendo desde una protesta por la banalización de la ciencia en los museos hasta la presencia de unos creacionistas fanáticos que contrastan con la sobria religiosidad extraterrestre.

Con todo, Sawyer ya dio lo suficiente para mantener enganchado al lector, y la obra se concluye con un excelente sabor de boca, redondeado por un clímax final con sentido. Un libro recomendable, pese a sufrir el citado exceso de extensión y una traducción que, como viene siendo también desafortunadamente común en todas las editoriales del género, distrae en demasiadas ocasiones la lectura, en este caso por optar de manera sistemática por el vocablo más presuntuoso y polisílabo posible (tipo «incrementales» por «paulatinos», o «proponentes» en lugar de «defensores») para resolver frases que en realidad se adivinan sencillas.

Julián Díez