EL CAMIÓN DE MEDIANOCHE (Gigamesh 23)
Sección sobre Franquicias de Alberto Cairo

...contra viento y marea, que se dice, me pongo al teclado por fin para mantenerles informados de las novedades en el campo de la franquicia y el libro de a duro. Contra viento y marea, digo, porque cuando estas líneas son escritas, las editoriales a cuya puerta ha llamado el director (excepción honrosa de La Factoría) no se han dignado ponerse en contacto con el menda para mandarle nada, con lo que debemos comenzar la sección tirando de la (amplia) reserva de mi salón, así que los títulos de los que se habla ya llevan un tiempo en librerías. Desde esta tribuna apelo a los hados: seremos duros, pero justos. No nos morderemos la lengua, pero tampoco se la morderemos a otros. Levantaremos ampollas, hay que admitirlo, pero compréndannos. Hablen mal de Gigamesh, digan de nosotros que somos elitistas, bordes y hasta iletrados. Aceptaremos la flagelación con tal de que no nos dejen huérfanos de novedades.

Y nada mejor para comenzar que Deathstalker: El trono de hierro, primera entrega de una muchología (diez novelas, diez, nada menos, repletas de cf golfa) de gran enjundia, en la que un grupo de arrojados rebeldes se enfrenta contra un imperio opresor. El que suscribe no puede menos que hincarse de hinojos ante tamaña muestra de esfuerzo creativo por parte de su autor, el presumiblemente desconocido Simon R. Green (presumiblemente porque no hay nada suyo en castellano, aunque en anglo puede encontrarse una ingente cantidad de títulos).

¿De qué va la cosa? Owen Deathstalker es un noble muy noble, muy sabio, buen guerrero, guapo y carismático que, por pecadillos de juventud de su padre, insigne y discreto conspirador, es condenado a muerte por la emperatriz Lionstone XIV (cuyo apodo, «La Zorra de Hierro», constituye uno de los grandes homenajes freaks, puede que involuntario, a una persona real). En su huida, tan rutinaria como previsible, Deathstalker se rodeará de la flor y nata del imperio: una ninja asesina, un hombretón forzudo... todo muy en la onda de una partida de AD&D con master resacoso. Por si fuera poco, a crear la sensación dungeonera contribuye la molesta presencia de una raza de elfos hartos del yugo humano. Lejos de ser unos terroristas que siembran el desconcierto en las malvadas filas opresoras, estos elfos limitan su labor criminal a irrumpir en una sesión nobiliaria en la hiperprotegida sede imperial (sin que se explique cómo coños va a entrar un hatajo de desharrapados orejudos en el palacio de la Zorra, cuando al principio se explica con todo lujo de detalles innecesarios las medidas de seguridad de las que está dotado), y estrellar una tarta (de nata) en el rostro de la emperatriz. Comprenderán que con escenas semejantes es que es imposible hacer una crítica seria, oigan.

Más allá del hard y del space opera, Deathstalker podría ser encuadrada en un subgénero en auge, el harl (pronúnciese «Jaarrll!») cf, al que también pertenecen clásicos como las trilogías de robotazos de Stackpole o los guateques galácticos de Kevin J. Anderson. Todas estas obras se caracterizan por un sincretismo fagocitador que devora influencias como quien come palomitas en una sesión de tarde, metiéndolas en la coctelera y dándole unos meneos a ver qué sale. Lo que sale suele ser infumable, aunque ello importe poco a los fans de estas creaciones, que los hay, vaya si los hay.

Ahora bien, no todo es desdeñable en este El trono de hierro. Junto a los topicazos, imprescindibles en el harl genuino, pueden encontrarse capítulos de interés puramente carroñero, como el de los seres de Grendel (tan parecido al dansimmonsiano Hyperion que hasta tiene alcaudones y Tumbas del Tiempo y todo) destripando sin piedad a un grupo de marines con una saña que ya quisieran para sí los monstruosos tiránidos del Warhammer 40K. El conjunto resulta un poco aburrido porque hasta el menos avispado de los lectores sabe lo que va a pasar en la siguiente página, excepción hecha de la dadaísta escena de la tarta, aclaro, que le da al conjunto un agradable aire estilo Troma. Con todo, es probable que me atreva con la segunda de la serie.

Recobrándome aún de la emoción que ustedes supondrán, comienzo la novela de La amenaza fantasma, adaptación de la película, vilipendiado entretenimiento que ha provocado las iras de los integristas partidarios de no abrir la caja de los truenos de la nostalgia. Y qué les voy a contar. Terry Brooks ya demostró en su ominoso culebrón de Shannara que es oligofrénico ante el procesador de textos y que tiene alergia a la sintaxis, así que no abundaremos en lo ya dicho por cronistas más renombrados. El interés reside en enterarse de qué hace Qui-Gon cuando queda atrapado ante Darth Maul entre barreras de energía (medita, así de simple es la cosa), o de algunos datos sobre los Sith, además de profundizar en el conflicto interior de Obi-Wan cuando se percata de que la atención de su díscolo maestro se centra en el cabezón Skywalker. Por lo demás, es el guión de película con algunas descripciones de redacción escolar de regalo. Recomendable, pero sólo para zombies (yo soy un zombi). Los demás, pasando.

Ha caído en mis manos el primer volumen de la nueva saga de Battletech, El crepúsculo de los clanes. La novela, La ruta del éxodo, viene firmada por un enigmático Blaine Lee Pardoe. Y, sorpresa, sorpresa, el nivel supera con creces al de casi todos los libros anteriores (excepción hecha de Lobos en la frontera, años ha). Pardoe ha hecho los deberes y no se limita a presentarnos una serie de tonticonspiraciones supuestamente retorcidas, como hace Stackpole, «el paniaguado del mech». Aquí no hay condes y duques futuristas lanzándose puñaladas alegremente, sino la sencilla, lineal, simplona, si quieren, historia de Trent, un guerrero desfigurado del clan de los Jaguares de Humo que se percata de que los preceptos ideológicos impuestos por el patriarca Kerensky siglos atrás son traicionados sistemáticamente por sus superiores. El dolor de ver violadas sus convicciones le lleva a dar un giro de esos que los cursis llaman copernicano a su vida. Así, aliado con Judith, una esclava capturada en el campo de Tukayyid (en el que los clanes sufrieron una derrota decisiva a manos de los habitantes de la Esfera Interior), se decide a revelar al enemigo el secreto mejor guardado de su pueblo: la ruta del éxodo. Y no cuento más.

De la novela poco se puede decir, excepto que se trata de una sucesión algo mecánica de escenas intimistas y escaramuzas de mazingers, tan del gusto de los jugadores del invento. Por supuesto, su lectura está desaconsejada por completo a los no iniciados, que pueden sufrir un colapso ante frases como «el Timber Wolf apuntó sus MLA contra el Warhawk que descendía a trompicones la colina», y similares. Eso sí, el que se haya leído los manuales de Battletech disfrutará como un enano con el que probablemente sea el mejor volumen de esta serie. Por cierto, ya he visto el segundo número de la trilogía, y viene firmado por Stackpole. Creo que dejaremos de gozar de las aventuras sin complicaciones y nos harán regresar a los palacios de cartón piedra, seda y mazapán donde se tejen los destinos de toda la humanidad. Argh.

Antes de despedirnos, les adelanto que he empezado Aliados impíos, el segundo en la serie de novelas del Mundo de Tinieblas. En el Giga 22 le propiné un notable tortazo a la primera, Guerra de sangre, pero les adelanto que no se va a repetir con Aliados..., porque parece (en las primeras páginas) que Robert Weinberg ha ganado experiencia para convertirse en Garbancero de nivel 2 con la habilidad anti-aburrevacas, y la cosa mejora.