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EL CAMIÓN DE MEDIANOCHE (Gigamesh 26)
Casi me tambaleo de gozo y peso, queridísimos y estimadísimos lectores míos, de tanta medalla, premio, óbolo, donativo y loa que para el que firma han solicitado varios comentaristas, amigos algunos, desconocidos los más. No me desagrada que El camión de medianoche les divierta, que les sirva para reafirmarse en su obcecación de no aproximarse a menos de tres metros de las estanterías de las franquicias dentro de las librerías especializadas, o que, por el contrario, les guíe por el buen camino de la degustación de la morralla más hedionda (o de las exquisiteces, néctar y ambrosía, más sabrosas, porque según los preceptos del relativismo filosófico radical, el canon es el gusto propio...). Lo que no acabo de entender, queridos, es que los tales comentaristas no elogian la labor de uno por lo que escribe (después de todo, no es tan difícil hacer hincapié en lo obvio; o leña del árbol caído, según reza el tópico), sino por el trabajo previo a la escritura. La lectura de los libros. O sea. No voy yo a decirles ahora que R. A. Salvatore es el sucesor de Paul Auster en la vanguardia de la fantasía más imaginativa, claro, pero sí que voy a enarbolar sañudo pendón y a clavarlo un poquito entre sus costillares. Hoy me he levantado calentito y enfurecido por agravios comparativos intolerables, supongo que sabrán disculparme. Verán, es que yo, y lo digo así, bajito, casi como disculpándome, no veo por ninguna parte las obras maestras del fantástico en las que los teóricos del género dicen basarse para enterrar en cal viva a las franquicias por comparación con sus grandezas literarias. ¿Qué las dragonadas, las vampiradas y los robotazos son basura? Pues claro que lo son, quién va a negarlo. Pero hay gente, verdaderos pervertidos, masoquistas o nostálgico-melancólicos, que por puro afán de revivir una adolescencia espinilluda y procaz cae una vez y otra también en las garras de los Niles, Hickman o Weis. Un fenómeno muy similar al que lleva a muchos a disfrutar, acríticos ellos, de la última gayola cerebélica de William Gibson o a esperar la llegada de las reproducciones en facsímil de los dibujos a lo Pollock que los mocos de Dick trazaban en los kleenex que usaba entre crisis cocainómana y mono farlopero. Basura es el franquiciado, sí, pero igual de rezumante que gran parte de lo que puebla el imaginario colectivo de eso tan chusco que llamamos fandom. Más o menos un ochenta y tantos por ciento de lo que se publica, siendo probos. Porque, oigan, uno es incapaz de tragarse que algo con diálogos acartonados, trama cansina, personajes ridículos, artificiosidad estilística e imaginación de saldo como Viaje a un planeta Wu-Wei (Gabriel Bermúdez Castillo, con todos mis respetos, y no es ironía) sea considerado una de las cumbres de la cf patria. Ejemplo que viene al pelo, dado que se avecina una reedición por parte de los organizadores de la Hispacon de Gijón (prologada incluso por el director de esta revista, gran admirador de la obra en cuestión), y seguro que en las revistas de género empiezan a aparecer reseñas elogiosas y entusiastas de esta novelita. Así, este exabrupto mío sirve como respuesta anticipada a todos esos algodonosos panegíricos que llegarán... O que alguien sea capaz de defender a estas alturas que a una pueril colección de anécdotas interestelares y diarreas histórico-mecanicistas de deleznable lenguaje literario y nula capacidad evocativa llamado Fundación (Asimov; para los despistados) se le llame obra maestra, situándola a la altura de las verdaderas obras maestras. O que se nos venda como maravilla ese panfleto, que no novela, que haría las delicias de los sociobiólogos darwinistas radicales, repletito hasta la explosión de discursos vacuos a favor de no se sabe bien qué anarquismo de derechas fundado sobre las leyes del mercado y del Talión titulado La luna es una cruel amante (no, Heinlein no era un fascista; era algo mucho peor: un necio). O que se afirme que las novelas de Jack Vance son ejemplos de imaginación aventurera y frescura narrativa. Ja. Lo único bueno de Vance es que no aburre demasiado, amados próceres. Su construcción de mundos y personajes es grotesca, sí, y también risible. Se cae por su propia inverosimilitud. Son tantos los ejemplos que se me agotan las falanges de teclear, así que paso. Lo que trato de decir es que muchos de esos que cloquean contra el libro garbancero de encargo olvidan la naturaleza mayoritariamente mercenaria e impresentable de los libros de cf en general. Por no hablar del ramo autóctono, claro, porque salvando lo salvable, como Lágrimas de luz, de Rafael Marín, poco es lo que nos queda. Un lector, por poner un ejemplo, capaz de reír la gracia a una serie cuyo mayor logro estilístico es el peregrino neologismo «mollejas de gandulfo» (ignoro si tal palabro existe en el vocabulario del común de los mortales; en el mío no; hablo de Crisálida, librito de Eduardo Gallego y Guillem Sánchez, editado en la muy estimable colección Espiral CF) debería examinarse ante el espejo y decidir si está capacitado para afirmar que todas las franquicias son basura sólo por compararlas con lo que él lee habitualmente. Reflexionen y luego hablamos de mi ejecución. Y pasando a lo que interesa, que son esos libros de portadas de colorines. Para empezar, una sorpresita. En resulta que los mahatmas de TSR (que, para los que no lo sepan, es la editora de Dungeons&Dragons, peligrosísimo juego de rol de esos que lo convierten a uno en una suerte de Charles Manson asesino de gorditos) decidieron un día que no sería mala idea encargarles a los aterradores Margaret Weis y Tracy Hickman, artífices de las primeras entregas de la Dragonlance, la ardua tarea de estrujarles el gaznate a sus compañeros de galeras hasta que escupieran/vomitaran un cuentecillo de encargo en el que apareciera, aun sólo de refilón, una lagartijita rumbosa y salerosa. Y de ahí, claro, es de donde surgen cosas como Los dragones de Krynn o Los dragones en guerra, dos recetarios de consejos sobre cómo no escribir un cuento de género, auténticos regalos para tantos y tantos fans que se lanzan, ilusos, a la creación literaria armados sólo de un limitado vocabulario de trescientas palabras, tirando por lo alto (incluyendo preposiciones y artículos). Los insignes cuentistas le echan al asunto más probóscide que el paquidermo de los alerones planeadores, y pergeñan engendritos tan curiosos como “Presas fáciles”, de Douglas Niles, en el que un desventurado ogro se ve atrapado en una caverna con un buen montón de crías de dragón dorado hambrientas, y que acaba en una especie de clímax que nos remite, ay, la nostalgia, a uno de los mejores momentos de Henry Kuttner, sin llegar a rozarle al maestro ni siquiera la bosta que tiene en la suela del zapato. Por otra parte, el interesado en realizar tratados de antropología krynneana, tiene en “Un dragón hasta la médula”, de Roger E. Moore, un documento para el estudio. Por él nos enteramos de que los pueblos de gnomos de Ansalon tienen viles funcionarios de correos con sus correspondientes estafetas y de que a los buzones se les llama Receptáculos para Misivas. Además, Los dragnes en guerra se inicia con un cuento-prólogo de Margaret Weis, Nuestra Señora de las Tinieblas, en el que hacen un rato el indio los entrañables personajes de las novelas originales (sí, también está él, el kender odioso) en plan baboso/familiar alrededor de la hoguera de la posada El Último Hogar aguardando a que «veteranos» de las hazañas dragoniles, desde Jeff Grub hasta Roger E. Moore, les cuenten historias estremecedoras. Y estremecedoras sí que son, claro. Poco más se puede decir, salvo que el que nunca haya pasado la mirada por encima de alguna de las novelas de la saga de Dragonlance por pereza o dejadez, tiene en estos dos libros a todos los bardos de la cosa reunidos en comuna, para catarlos y catalogarlos uno a uno. Todo un muestrario de habilidades, créanme. Y en doscientas páginas escasas. En cuanto a El legado de Steel, incluso teniendo en cuenta que su autora, Mary H. Herbert, ha hecho un sano esfuerzo por dotar a las peripecias de Sara Dunstan, de la que se dice que fue madre adoptiva del hijo del malogrado caballero Sturm Brihgtblade, de cierto anecdótico interés, el libro es de una ingenuidad que tira de espaldas. Después de trabar amistad con un dragón (¿alguien se ha preguntado alguna vez cómo es posible que el ecosistema de Krynn se mantenga estable con tantos depredadores de veinte metros revoloteando por ahí cual moscas cojoneras alrededor de un panal de rica miel? ¿Habrá vacas del tamaño de elefantes?), después de la amistad, decía, la mujer se embarca en una lucha contra el renacimiento de los Caballeros de Takhisis, se infiltra en sus filas, toma unos cuantos púberes a su cargo y los conduce por la buena senda de la amistad, el apoyo mutuo y la familia media WASP versión chungomedieval. Al final, cuando la improvisada sargenta de hierro convence a base de filosofares de Barrio Sésamo a sus discípulos de que el mal nunca vence y todo eso que se les dice a los niños cuando se van a dormir, nos enteramos de que le da a su nuevo grupo de guerreros de la luz el poco presentable nombre de «Legión de Acero». Supongo que la autora de este panfletillo no usará como coartada de tal desmán el que en Krynn no hayan conocido aún el fascismo (que todo se andará, posiblemente cuando sea mi nieto quien se encargue de esta sección y la serie de Dragonlance vaya por el tomo mil, Krynn se haya industrializado y los túnicas negras hayan inventado la coca-cola, el nacionalismo montaraz y la lucha de clases; pero nos estamos yendo por los cerros aquellos del dicho). Unas preguntas, a ver si alguien me las sabe responder: ¿por qué todos los personajes de las novelas de Vampiro hablan entre dientes, casi gruñendo, con los ojos chispeantes y los ceños fruncidos hasta para dar los buenos días (quiero decir, las buenas noches)? ¿Por qué cuando un vampiro le explica a otro cualquier cosa adopta un tono mayestático, cargado de prosopopeya, como si fuera un senador romano ante la asamblea de la plebe, aunque lo que le esté contando sea que se dispone a darse un paseo por la panadería de la esquina? ¿Por qué en cualquier novela de Vampiro aparecen tías-ninja cañón en trajes ajustados, macarras que disparan a dos manos como el Seagal, y conspiradores que no pasan de reunirse unos con otros cienes y cienes de veces sin llegar a ninguna conclusión, no sea que el exiguo armazón de la trama se hunda a las cincuenta páginas?¿Por qué en todos los capítulos de las novelas de Vampiro hay por lo menos una escena en la que un personaje coge a cualquiera del cuello y lo levanta del suelo dos palmos sólo para dar el efecto supuestamente dramático de que la víctima tartamudee y hable entre gorgoteos aunque no le sea necesario respirar (sobre todo si Richard Matheson, gran maestro mundial en la materia, descubrió que el virus del vampirismo es anaeróbico)? Pregunto todo lo de arriba por culpa de La música de las lenguas muertas, segunda parte de La alianza del grial, una trilogía (cómo no) en la que los vampiros/siniestros del jueguecito de White Wolf trasladan sus existencialismos baratos a la Edad Media y siguen peleándose entre ellos y bebiendo de la incauta humanidad. La primera parte, que comenté en el anterior número, era mala. Ésta es peor. No sólo carece de entidad, sino que además está escrita con una desgana, con una falta de interés que ya, ya... Y a David Niall Wilson sólo le queda un libro para demostrarnos que habernos tragado las peripecias de su creación, el fatuo Montrovant, merecía algo la pena. |