Con la complicidad del lector

El glamour, de Christopher Priest

Hacía muchos años que no se ofrecía al lector español ninguna nueva obra de Christopher Priest, un autor británico que hacia mediados de los ochenta vio publicadas varias de sus obras en castellano en diversas colecciones. Autor irregular, lo mismo cuenta con novelas excelentes como El mundo invertido o Sueño programado que con peñazos como La afirmación. Tras un largo olvido, reaparece por fin con una de sus obras mejor reputadas, El glamour, publicada originalmente en 1984, y que muy acertadamente estaba incluida en la selección de cien novelas de narrativa fantástica detalladas en el libro que David Pringle editara en 1988.

El glamour es una historia cuyos acontecimientos se narran varias veces mediante diversas voces y con enfoques totalmente diferentes. Su tema, en principio, es la invisibilidad, pero no una invisibilidad con base científica (a lo Wells o Verne, para entendernos), sino una invisibilidad que yo denominaría racional, a falta de otro término mejor. Priest nos propone una invisibilidad perfectamente lógica y racional: la del ojo que no quiere ver, que no acepta lo que ve y por lo tanto lo borra de su visión; la invisibilidad de la persona que se hace invisible a quienes le rodean por, sencillamente, que se niegan a verle, a aceptarle, y por tanto pasa inadvertido a la mirada de los demás humanos, no forma parte del entorno natural y establecido.

Irónicamente -o quizá no tanto-, Grey, el protagonista, es un cámara de televisión y documentales, alguien que filma lo que ve. Primera propuesta inteligente: quienes filman suelen pasar inadvertidos en el desarrollo de su tarea. Segunda propuesta inteligente: aquellos cuya personalidad nos molesta o no entran en la norma, suelen ser ignorados/no percibidos por nuestro ojo: las borramos de nuestra visión. Tercera propuesta inteligente: algunas personas insatisfechas consigo mismas de manera inconsciente pueden llegar a proyectar una personalidad exterior radicalmente opuesta a la suya interior, una especie de desdoblamiento de personalidad voluntariamente no reconocido ni admitido.

Son algunas de las propuestas que ofrece Priest en su historia; el lector puede encontrar por su parte todas las demás que le parezcan, pues esta es una novela abierta a cuantas explicaciones/especulaciones se deseen. Jugando con una relación a tres bandas -que podrían ser sólo dos-, en El glamour, y rizando el rizo, las cosas no sólo no son lo que parecen, sino que parecen lo que no son: Priest las invierte, las desdobla, las anula, cambia los sentidos continuamente, y las remate en su final -todo lo discutible que se quiera- hasta que el lector llega al convencimiento de que lo de menos es la historia entre Gray, Susan y Niall, sino llegar a la comprensión de la falsedad de algunas apariencias, del autoengaño, del descontento con la propia personalidad y la absurda existencia de un pasar inadvertido. Todo ello tramado de una forma muy sutil, que obliga a una lectura muy cuidados a y una continua reiterpretación de lo narrado, que aumenta al término de la lectura. No importan tanto los golpes de efecto -el acto sexual a tres bandas, la irrupción en la casa donde un grupo ve la televisión- como los efectos no percibidos: así, el párrafo primero de la página 125, que puede parecer una errata o un error de traducción, y que al final de la obra cobra todo su significado -y ejemplos como éste hay varios en la novela-. Se diría que si los personajes de El glamour se niegan a ver, el lector, a su vez, se niega a leer lo que se le ofrece: el ojo no registra lo que está allí.

El glamour es una obra que exige continua participación del lector, a través de una narrativa aparentemente sencilla y clara, pero que en realidad le da motivos para ejercitar su imaginación, con sus inesperados giros y bifurcaciones, pese a lo aparentemente elemental de su trama: una relación entre tres personajes. ¿Quizá un pelín tramposa? En todo caso, esas trampas van dirigidas a la inteligencia del lector, lo cual no es algo que se pueda decir de muchas novelas hoy día.

Juan Carlos Planells