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Calma y tranquilidad El país del fin del mundo, de Terry Pratchett El país del fin del mundo es una novela perteneciente a una serie de tanto éxito como la de Mundodisco, nada más y nada menos. Así que quienes aborrezcan esta serie ya saben que no tienen que comprarla. A quienes les guste, en cambio, basta decirles que aquí no van a encontrar nada nuevo, ni nada que desentone o que haga suponer que la fórmula empieza a chirriar y perder fuelle. Teniendo en cuenta que es el vigésimo segundo libro de la saga, esto no deja de ser un mérito en sí mismo (¿Qué ha pasado con todos los libros anteriores a éste que quedan por publicar en castellano? ¿Y por qué (otra vez) un cambio tan espectacular de formato?). A estas alturas, explicar de qué va la serie del Mundodisco resulta innecesario. Si queda alguien que todavía no lo sepa, dispone de múltiples fuentes de información, incluyendo la muy socorrida de coger el libro en unos grandes almacenes y leerse las solapas. Yo sencillamente me niego a volver a contar lo de la gigantesca tortuga que viaja por el espacio con cuatro elefantes en el lomo... etc., etc. Diré, eso sí, que el Mundodisco ha dejado de ser el escenario que Pratchett utilizaba para despepitarse de todos los tópicos de la fantasía moderna (quizás porque se ha quedado sin tópicos que ridiculizar, tampoco hay tantos), para convertirse en un enorme espejo deformante donde todas y cada una de las insensateces de la vida moderna hacen cola para ser puestas en solfa. Y en un espejo tan grande cabe cualquier cosa, incluso Australia. El país que da título al libro es, por tanto, Australia, apenas disfrazada. Rincewind, el mago más inepto del mundo, ha acabado allí sin que sepamos por qué (insisto en el problema de los libros precedentes inéditos...) y tiene en sus manos la responsabilidad de salvarla de una carestía absoluta de agua (en Australia nunca llueve, ya se sabe). Aunque, como es habitual, su mayor empeño será el de huir a toda prisa de dicha responsabilidad y los peligros que conlleva, lo que no va a impedir que contra su propia voluntad acabe logrando aquello para lo que se supone que estaba predestinado. Mientras lo consigue, tendremos la oportunidad de ver ridiculizadas a todas las convenciones existentes acerca de los australianos. Asistiremos a concursos de esquilado de ovejas, a persecuciones a lo Mad Max, a demostraciones de lo peligrosas que resultan la cerveza australiana y su fauna, al canto de baladas que glosan las hazañas de los ladrones de ganado..., incluso salen las protagonistas de Priscilla, reina del desierto. Los gags no son tan buenos como en los primeros libros de la saga pero no deja de haber alguno antológico. Como el de «eso no es un cuchillo. Esto es un cuchillo», la práctica de meter a los políticos en la cárcel apenas son elegidos («ahorra tiempo») o la trama paralela que implica al consejo director de la Universidad Invisible, que ha llegado por casualidad a la Prehistoria a través de un agujero espaciotemporal y que servirá para explicar, entre otras cosas, de dónde procede un bicho tan raro como el ornitorrinco. El mayor problema de este libro es su falta de autonomía. Si no se ha leído con anterioridad ninguna otra novela del Mundodisco es probable que el lector eche a faltar en exceso explicaciones sobre los personajes o el propio mundo en general. Incluso así resulta un entretenimiento muy apetecible. Si lo que se pretende es pasar un rato agradable, con una leve pero persistente sonrisa en la boca, El país del fin del mundo funciona tan bien como la mayoría de sus predecesoras. Y Rincewind sigue siendo Rincewind, el antihéroe más divertido que uno puede encontrar en el mercado en estos tiempos. Ramón Muñoz |