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En el tarro pequeño está la buena filigrana El secreto del orfebre, de Elia Barceló ¿Cómo trazar la delgada línea que separa la fantasía del realismo? O, dicho en otras palabras, ¿qué grado de intromisión de una trama fantástica en una obra aparentemente realista se requiere para adscribirla a nuestro género favorito? La respuesta no es fácil. El recurso al realismo mágico es muy socorrido, a la vez que pone en evidencia la arbitrariedad de las etiquetas: si Gabriel García Márquez y Lucius Shepard hacen básicamente lo mismo, ¿por qué el primero vende como mainstream y el segundo como fantasía? A veces basta con sacarse de la chistera un giro argumental inesperado que dote a la obra de un significado distinto del que el lector (o espectador) intuía en una primera aproximación. Los ejemplos son abundantes, desde El club de la lucha y El protegido para acá. Son dos soluciones para un problema que no debería serlo, pero que resulta estimulante. Al fin y al cabo, la verdadera disyuntiva no debería ser la archisobada «¿Qué es fantasía y en qué se distingue del realismo?», sino la más transgresora «¿Qué es ficción y cómo separarla de lo real?», a la que intentan responder muchos autores, desde el Javier Marías de Todas las almas y Negra espalda del tiempo hasta el Philip K. Dick de Una mirada a la oscuridad, Valis y todo lo que damos en llamar transrealismo. La obra de Elia Barceló parece responder a estas preguntas desde sus relatos más tempranos, en los que apelaba al intercambio de roles entre lector, personaje y escritora, según la senda pirandelliana más canónica. En El vuelo del hipogrifo conjugó los elementos del realismo mágico (su territorio mítico de Umbría, esa especie de Santander ensoñada que está inspirando sus mejores obras) con el giro argumental sorprendente y convirtió una novela policíaca en una actualización de la novela de caballerías. En El secreto del orfebre va más allá y nos muestra en toda su crudeza la arbitrariedad y el doble rasero de los géneros, no sólo literarios. De este modo, caben dos interpretaciones de la novela. Si atendemos a su forma, El secreto del orfebre es una historia de amor con tintes folletinescos entre un adolescente y una mujer madura que vive a la sombra del gran amor de su vida, surgido aparentemente de la nada y cuya desaparición repentina la condenó al destino más cruel posible en la España profunda tardofranquista: el de la solterona estigmatizada por un desliz imperdonable de juventud. Una historia de amor imposible muy bien escrita, con una ambientación histórica exquisita y unos personajes conmovedores: Celia es la mejor creación de la autora. Si nos ceñimos al fondo, Elia Barceló juega de manera impecable con una de las temáticas clásicas y recurrentes del género (no desvelaremos cuál, pues gran parte del impacto de la obra reside en su descubrimiento por parte del lector), haciendo gala de una lógica aplastante que no deja detalles al azar y que convierte una novela aparentemente realista en una de las más genuinamente cienciaficioneras aparecidas en España en mucho tiempo. Y es que para escribir cf no es necesario utilizar la parafernalia de la space opera o el hard: basta con tener las ideas claras. El secreto del orfebre marca una cima en la narrativa de Elia Barceló, un paso más allá de lo apuntado en El vuelo del hipogrifo. Poseedora de una voz propia, Barceló sabe combinar los resortes genéricos de la creación literaria (personajes, ambientación y descripción) con los más específicos de los géneros literarios(la cf y el folletín), a la vez que nos demuestra las limitaciones del análisis de una obra en función de su género literario. Todo ello en sólo noventa páginas deliciosas. Juanma Santiago
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