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Correcta síntesis de lo mejor del ciberpunk
El sueño del Rey Rojo, de Rodolfo Martínez Después de llevarse el segundo premio Minotauro, ya no cabe la menor duda: Rodolfo Martínez es el nombre de moda en la literatura fantástica española. Aunque este «título» no se le ha «concedido» hasta febrero del presente año, fue en el segundo trimestre de 2004 cuando fraguó el éxito de su candidatura. En tan corto espacio de tiempo publicó tres novelas: dos reediciones, Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos y Territorio de pesadumbre, y una novedad, esta El sueño del Rey Rojo, en la que retorna a una de sus temáticas más queridas: el ciberpunk. La narración está relatada por Álex, habilidoso navegante de la red a quien una serie de circunstancias han conducido hasta una situación al borde de la muerte. Esta tesitura, planteada como un enigma, se concreta a medida que le cuenta a su interlocutor, un viejo amigo, los sucesos en los que ha participado durante los últimos días. Pero Martínez no recurre únicamente al flash-back para tejer la novela. Ubica un segmento en el presente e intercala ambas secuencias con suma astucia; las averiguaciones se dosifican apropiadamente y llegan justo cuando las necesita el lector, lo que propicia que el misterio se mantenga con naturalidad y se pueda seguir con la cantidad justa de esfuerzo. A este acierto, en cuyas raíces también se encuentran la utilización de una extensión muy adecuada, los temas tratados, el tono expositivo, las llamativas descripciones de los encuentros sexuales o las peripecias que vive Álex en sus viajes por la red, se unen unos personajes que se antojan meros estereotipos pero que, según van pasando las páginas, cobran vida, ganan en matices y dan mucho juego. Especialmente en el caso de los protagonistas masculinos, Álex y Lúrquer. El primero, por su voz enérgica, hastiada, dolida, pesarosa y abatida, y por su acusada tendencia a la digresión; el segundo, por todos los avatares que le han llevado a ser lo que es, o por el sarcasmo omnipresente en sus diálogos. Un tanto más desdibujado resulta el personaje de Andrea, el tercer vértice del triángulo, que bascula entre su rol de elemento motivador y el de «cámara» a través de la cual observamos las acciones determinantes de la trama que no protagonizan Álex ni Lúrquer. No obstante lo dicho, en El sueño del Rey Rojo hay detalles que no terminan de cuajar como debieran. Por ejemplo, queda poco claro quién es el interlocutor de Álex. En ciertos momentos, el narrador se olvida de que es alguien de su entorno y pasa a hablar con nosotros, lectores de comienzos del siglo XXI, a quienes nos tiene que explicar determinados detalles de la tecnología que llegará en los próximos años. Asimismo, ya avanzada la novela, hay un cambio de estilo que traiciona las reglas narrativas marcadas. Asimismo, la novela presenta un exceso de lugares comunes, ya vistos en una larga lista de referencias literarias o cinematográficas; un cúmulo de componentes bien ensamblados, pero que apenas innovan. El guiño a Matrix es para darle de comer aparte. De más está decir que este tipo de historias acerca de realidades «virtuales», gente tomando conciencia del sitio donde vive y su intento de huir al mundo «real» son tan antiguas como nuestra civilización, pero se nos antoja excesiva la fidelidad de una serie de pasajes al esquema argumental pergeñado por los hermanos Wachowsky que, dicho sea de paso, tampoco es que sean muy originales, incluida una referencia al célebre «tiempo bala». Se pueden hacer cosas más o menos originales, más o menos basadas en conceptos trabajados con anterioridad en otras obras; es sabido que lo leído, visto, oído y sentido pasa al bagaje cultural del que los autores van seleccionando ingredientes que aderezan a gusto con su visión personal, obsesiones, miedos e intereses. Pero tiene que haber un añadido personal, algo que aporte una impronta propia a la historia. Por suerte, Rodolfo Martínez lo consigue con el guiño a Lewis Carroll, perceptible tanto en el título como en las atractivas disertaciones sobre la naturaleza de la realidad, y en un giro final, recurrente en varias de sus narraciones, que funciona a pedir de boca. Al final, El sueño del Rey Rojo queda «sólo» como una lectura inteligente y amena que presenta una buena síntesis de lo mejor que ha venido ofreciendo el ciberpunk en los últimos años. Lo que, por sí mismo, es un triunfo meritorio. Ignacio Illarregui
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