Calidad al margen de polémicas

El vigilante de la salamandra, de Félix J. Palma

Si existe un hilo conductor en los relatos de Félix J. Palma (Sanlúcar de Barrameda, 1968), éste es sin duda la idea de vínculo. Entre los personajes de estos doce relatos se establece un vínculo, no siempre explícito, que nace de su soledad y se manifiesta en un muy elaborado juego de espejos, en el que lo reflejado es tan importante como lo que se refleja. Este vínculo, por lo demás inexorable, puede afectar a la otra vida, aquella en la que adoptamos las decisiones adecuadas (“La vida correcta”), la que nos es dada por acontecimientos casuales de carácter fantástico (“Venco a la molinera” y “Reflejos”) o, en fin, la que nos es escatimada por la pérdida de un ser querido (“Sombras en el malecón” y “Trozos de vida al viento”).

En otros relatos, en cambio, el vínculo se establece en torno a la propia vida, mediante juegos de miradas en que tan importante como el reflejo y lo reflejado es el hecho de la observación, que altera el destino de los personajes. La trama gana en profundidad, caso del chejoviano y cortazariano “Aquel tren donde fuimos tan felices”, la inquietante apología de la vida contemplativa que es “El vigilante de la salamandra”, o esa “María Calaveras” que desencadena una tragedia presentida pero inevitable.

Cabe hablar, en fin, de un tercer grupo de relatos, en que lo cotidiano se adueña de la narración, bien con un leve toque fantástico (“Mensajero”, donde el animal de compañía es el catalizador de la historia, a la manera de “135 eslabones”, relato inexplicablemente ausente de esta recopilación), bien con una sordidez casi neorrealista (“La única dulzura”) o con el crudísimo retrato de la bohemia madrileña (“El vendedor de besos” parece Las máscaras del héroe de Juan Manuel de Prada).

Hállanse aquí reunidos algunos de los mejores relatos de Palma, si bien pertenecientes todos a un registro muy similar: el de joven autor con ciertos tintes de realismo mágico. Lo cual no significa que Palma sea incapaz de cambiar la voz: léanse El amante de vidrio (cyberpunk simbolista) o relatos declaradamente fantásticos ausentes de esta recopilación, como “Mi última noche con Donna”, “El celador” o “Haciendo cola en la escalera mecánica”. Son distintas facetas de una carrera muy prometedora, de la cual El vigilante de la salamandra es un buen y representativo punto de partida, un producto muy elaborado y, cosa rara en un primer libro, sin grandes altibajos de calidad. Puestos a destacar algún relato, me quedo con “Reflejos”, “María Calaveras” y “La única dulzura”.

Con la mano en el corazón, no puedo recomendar esta antología al curtido lector de cf «de toda la vida», a quien dice buscar sólo evasión, literatura «de ideas» y sentido de la maravilla (¿acaso no las hay en cualquier buen relato de cualquier género?): abominará de inmediato este libro. Sin embargo, para quien esté al margen de la dialéctica «ciencia ficción» versus «literatura general» y elija lecturas en función de criterios en los que quepan por igual inteligibilidad y calidad literarias, el desarrollo inteligente de una idea y la capacidad de arrancar emociones (y en cuyo caso, tan válidos son Egan y Simmons como Borges y Cortázar o Mendoza y Delibes), habremos de convenir en que nos hallamos ante un libro muy recomendable.

Juanma Santiago