Todos acabaremos viviendo en Iowa

En alas de la canción, de Thomas M. Disch

En alas de la canción apareció en EE.UU. en 1979. ¿Por qué ha habido que esperar veinticuatro años su edición en español? Me temo que la respuesta tiene mucho que ver con el actual estado de decadencia de la cf y, en general, con la decadencia de la cultura como valor humano universal. ¿Por qué se ha demorado tanto su edición en España? Sencillamente, porque es demasiado buena. Seamos sinceros: los aficionados al género, los que somos —o alguna vez hemos sido— fandom, no nos la merecemos. Habrá incluso quien diga que esto no es cf, que aquí no hay ni rastro del sentido de la maravilla que caracteriza a la verdadera literatura de ideas. Y sin embargo, amigos míos, en esta prodigiosa novela hay toneladas de ideas; pero no ideas tecnológicas, ni disparatados gadgets, ni abstrusas especulaciones cuánticas. No, nada de eso; lo que hay son ideas sobre las personas, sobre el deseo, sobre política, sobre sexo, sobre arte, sobre religión y, en definitiva, sobre todo aquello que concierne a la naturaleza del ser humano.

La historia, ambientada en el futuro próximo, transcurre en una Norteamérica fragmentada y decadente. Daniel Weinreb es un joven natural del Cinturón Agrícola del Medio Oeste, un conjunto de estados que son, de facto, una nación independiente, un régimen policial regido por el fundamentalismo cristiano más cavernícola. Están prohibidas muchas cosas, desde la libertad de expresión hasta la música, y también el «vuelo», especie de experiencia extracorpórea (similar a un viaje astral) que se consigue —quienes lo consiguen, pues no todos lo logran— conectándose a un artefacto y entonando con auténtico sentimiento una canción.

Como es lógico, Daniel, rebelde entre los sumisos, aspira desde su adolescencia a ser músico y «volar». Pero no lo tendrá fácil. Con sólo quince años es encarcelado en un campo de trabajo por distribuir un periódico prohibido. Recuperada la libertad, se enamora de Boadicea, hija de Grandison Whiting, un oligarca a quien sólo cabe calificar de fascista. Durante un tiempo, Daniel se siente fascinado por el lujo de los nuevos señores feudales del Cinturón Agrícola, pero nunca llega a olvidar su deseo de «volar». Por eso, tras su boda con Boadicea, ambos se dirigen a Nueva York para visitar el «Primer Centro Nacional de Vuelo». Por desgracia, Daniel no logra entonar adecuadamente una canción, lo que le impide «volar». Pero Boadicea sí lo consigue; de hecho, demasiado bien, pues no puede regresar de su viaje extracorpóreo y queda atrapada en el éter, dejando tras de sí un cuerpo comatoso.

Casi al mismo tiempo que esto sucede, Daniel descubre la abyecta traición de Grandison Whiting. Ante la imposibilidad de regresar a su Iowa natal, Daniel se ve inmerso en una espiral de decadencia que lo convertirá en un vagabundo sin hogar, en un prostituto y, no pudiendo ya caer más bajo, en el amante-esclavo de un divo castrato de la ópera. Luego, las cosas parecen enderezarse un poco; Boadicea regresa a su cuerpo, aunque no por mucho tiempo, y Daniel consigue convertirse en un gran cantante, aunque el don del «vuelo» sigue estándole negado. Con todo, el final de la historia, pese a su desgarrada ironía, no es feliz.

Tal es, a grandes rasgos, el argumento; pero, ¿de qué trata realmente En alas de la canción? Creo que David Pringle no anda muy equivocado cuando afirma que el único defecto de esta magnífica novela es abarcar demasiado. Por un lado, se trata de una antiutopía sobre el fascismo latente en la Norteamérica profunda. Por otro, es una fantasía centrada en la posibilidad tecnológica del viaje astral. Y una historia de amor imposible. Pero también es una novela política y, al mismo tiempo, un relato autobiográfico donde Disch habla de sus problemas al pertenecer a una minoría —intelectual y sexual— en la reaccionaria sociedad de Iowa, así como de su experiencia en el mundo de la ópera. Esto no significa que los distintos aspectos del texto estén mal ensamblados —muy al contrario—, pero conlleva que la novela, al no centrarse en un único tema, deje en el lector una impronta un tanto difusa.

No ocurre así, sin embargo, con los personajes, cuya admirable composición los convierte en seres atípicos y memorables. Como ese Grandison Whiting, un fascista cruel y egoísta que, al tiempo, resulta irresistiblemente simpático y atractivo. O Alicia Schiff, una anciana jorobada y melómana cuyo mundo se reduce a la música. O Ernesto Rey, un castrato vanidoso, homosexual y enamoradizo. O el reverendo Jan Van Dyke, un personaje que nunca llega a aparecer en escena, pero cuyas paradójicas, extravagantes y sutilmente agudas opiniones teológicas nos son ofrecidas a través de fragmentos de su libro El producto es Dios (más un manual de ateismo teísta, si es que eso tiene algún sentido, que una obra piadosa).

Por lo demás, En alas de la canción se mueve con sorprendente naturalidad entre la comedia y el drama; el texto está trufado de ironía, los diálogos suenan naturales y son siempre brillantes, y la prosa, muy trabajada, posee una calidad y elegancia de primerísimo nivel, algo que, por desgracia, rara vez el género nos ofrece. En este sentido, cabe citar la más que correcta traducción de Luis G. Prado, a la que sólo se le puede objetar cierto exceso de frialdad en algunos tramos del texto, sobre todo en los primeros capítulos.

Hay, por último, un aspecto de este libro que, a la luz de nuestra ultimísima historia, adquiere una inesperada actualidad. La antiutopía ultraconservadora y fundamentalista que Disch describe en el Cinturón Agrícola, esa sociedad oligárquica, policial y puritana, es la fuerza que hoy tiene el poder en los EE.UU. Ellos dominan el Imperio y se proponen extender por el mundo su hipócrita moral, su injusta justicia, sea a bombazos en Irak u obligándonos a tragar esa propaganda adormecedora que brota de las fábricas norteamericanas de entretenimiento de masas. La antiutopía de Disch se está haciendo realidad y, si la corriente de los tiempos no cambia, todos acabaremos viviendo en Iowa. Disquisiciones políticas aparte, En alas de la canción es una obra extraordinaria, sin duda una de las mejores novelas de cf de todos los tiempos, y su lectura supondrá un exquisito y raro placer para todos los amantes, no ya del género, sino de la literatura en general.

César Mallorquí