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Otro brillante trabajo artesanal En costas extrañas, de Tim Powers Si alguien me preguntase qué encuentro de fascinante en leer libros que hablan de cosas inexistentes —pregunta más frecuente de lo que sería lógico suponer— le hablaría de las virtudes del fantástico para hacernos llegar información directamente a esa zona cerebral que no entiende de análisis ni silogismos y sí de poesía y sueño. Podría, y sería muy lírico —y por tanto eficiente— proponerle la lectura de un libro como En costas extrañas. El objetivo básico del texto, desde que su autor pone la primera letra mayúscula hasta el punto final, es envolver al lector, trastocarle las percepciones y llevarlo, sin que apenas se dé cuenta y sin que pueda despegar los ojos del texto, al mundo imaginario que crece en esa tierra de nadie que extiende sus marcas desde el subconsciente hasta la tinta de las páginas. Las grandes virtudes de las obras de Powers (especialmente en ésta) provienen de esta capacidad evocadora y esa arquitectura adictiva. Powers se ha convertido en un especialista. Artesano brillante, elige una realidad, una época histórica (el asedio de Viena en Esencia oscura, la Inglaterra victoriana en Las puertas de Anubis, la Inglaterra romántica en La fuerza de su mirada o incluso un escenario postapocalíptico en Cena en el palacio de la discordia) y, acudiendo muchas veces al inconsciente colectivo y literario, la puebla de magia, le añade todo lo que los historiadores le quitan con el fin de convertir la historia en ciencia. Esto no es ciencia, pero sí lo son sus métodos para lograr productos tan depurados. En costas extrañas es uno de los ejemplos más sobresalientes de su producción. En este caso, el escenario transformado es el Caribe dieciochesco, los piratas y su mitología bizarra de barcos lanzando andanadas, jarcias al viento, asesinatos brutales, duelos, tesoros y magia negra. A menudo, la excusa narrativa de Powers es lanzar bruscamente a los protagonistas de sus historias al ruedo de la ficción. Esta novela no es la excepción. El protagonista, John Chandagnac, tenedor de libros y titiritero, es un petimetre imberbe y torpón que descubre cómo es la vida en el Caribe por el duro camino del exilio y la marginalidad. Dicen que Powers no tiene compasión de sus protagonistas. Como en todas las grandes aventuras, diría yo, desde Ulises al Cid, pasando por Frodo y Peter Parker, el camino que sigue el héroe en su ascensión personal está plagado de sacrificios y aventuras, y así lo está el de el pobre John. En costas extrañas es clásica y eficaz. Contiene estructuras narrativas tan antiguas y eficaces como la mismísima literatura, y un buen hacer gracias al cual el libro se lee con voracidad. Al leerlo siempre se está pendiente de qué ocurrirá tras la página siguiente. Resulta sorprendente en todo momento, al ofrecer una mirada inédita sobre los acontecimientos extraños que suceden en un mundo poblado de sortilegios y perros momificados de dos cabezas que husmean en los fétidos pantanos de Florida. Lo único malo es que el libro se quede en una novela magníficamente narrada que llena eficazmente de aventura y escapismo las horas que se emplean en su lectura. Decía William Goldman que existen dos tipos de películas: las semejantes a las «calorías vacías», que son buenas y divertidas pero no alimentan, y las que no lo son, películas que «te cambian por dentro» por un aporte o sustracción de planteamientos y prejuicios. No espere el lector de En costas extrañas un aporte más allá de unas horas de inmersión en un mundo de aventura y magia, cosa que no es ni mucho menos un demérito del libro, sino, a lo sumo, un llorón canto a la perfección por parte de este crítico, que no aún no se ha hecho a la idea que no se puede tener todo. Eduardo Vaquerizo
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