FLORES DE INVERNADERO
Mike Resnick

Compruebo la temperatura. 28 grados, hace calor pero no demasiado. Lo justo.
Paso la hora siguiente con distintas faenas, comprobando la medicación, ajustando la humedad, limpiando una de las unidades de soporte vital. Más tarde, el superintendente Bailey se detiene unos momentos antes de ir a cenar.
—¿Cómo van sus protegidos? —pregunta—. ¿Ha tenido algún problema hoy?
—No, señor, todo va bien —respondo.
—Bien. No queremos problemas, especialmente ahora que se avecina la celebración.
La celebración es el cambio de siglo, aunque hay alguna discusión al respecto, ya que todos nos preparamos para celebrarlo en el momento en que el reloj dé la medianoche y empiece el 2200, pero algunos científicos (o tal vez matemáticos) aguafiestas dicen en la prensa que el nuevo siglo empezará de verdad dentro de un año, cuando entremos en el 2201.
Mis protegidos no notarán la diferencia, pero yo me alegro de que lo celebremos este año, porque así decoraremos el lugar con colores brillantes… y si nos gusta, pues lo volveremos a hacer en el 2201.


Llevo diecisiete años casado con Felicia y casi nunca lo lamento. Estaba un poco llenita cuando nos conocimos y con los años ha engordado más, hasta que ahora es simplemente gorda y no hay otra palabra para decirlo. Su pelo, que fue castaño, tiene mechones grises y ha perdido cualquier gracia física que tuviera alguna vez. Pero es una buena compañera. Su gusto en holos es similar al mío, así que casi nunca discutimos sobre qué ver después de cenar, y por supuesto a los dos nos encanta nuestro trabajo.
Mientras comemos, la conversación se desvía hacia nuestros jardines, como siempre.
—Estoy preocupada por Rex —confiesa. Rex es begonia rex, su planta colgante.
—Vaya —digo—. ¿Qué le pasa?
—No lo sé —dice meneando la cabeza, confusa—. Tal vez lo haya dejado tomar demasiado el sol. Las hojas se le amarillean y podía tener las raíces en mejores condiciones.
—¿Has hablado con alguno de los botánicos?
—No. Están totalmente absortos con la clonación de esa nueva especie de aglaonema crispum.
—¿Todavía?
—Dicen que es importante —responde, encogiéndose de hombros.
—Esa estúpida planta lleva siglos por ahí —digo—. No le veo la importancia.
—Ya te lo dije: han introducido una mutación interesante. Brilla en la oscuridad, como si estuviera espolvoreada con pintura fosforescente plateada.
—No va a arruinar a la compañía eléctrica.
—Lo sé. Pero para ellos es importante.
—No me parece justo —digo por centésima, o quizá milésima, vez—. Ellos se llevan la fama y el dinero por crear una nueva especie, pero a ti te pagan lo de siempre por mantenerla viva.
—No me importa —replica—. Me gusta mi trabajo. No sé qué haría sin mi invernadero.
—Lo sé —digo, conciliador—. A mí me pasa lo mismo.
—¿Y cómo está hoy tu Rex? —pregunta.
—Como de costumbre. —Me toca a mí encogerme de hombros. De repente me río.
—¿Qué es tan divertido? —pregunta Felicia.
—Tú crees que tu Rex toma demasiado el sol. Yo decidí que mi Rex no lo tomaba lo suficiente, de modo que esta tarde lo acerqué a la ventana.
—¿Crees que servirá de algo? —pregunta.
—¿Sirve alguna vez? —digo, suspirando hondo.


Me acerco al Mayor y le sonrío.
—¿Cómo estamos hoy? —le pregunto.
El Mayor me mira con ojos desenfocados. Tiene un poco de saliva en la comisura de los labios y se la limpio.
—Hace una mañana espléndida —digo—. Lástima que no puedas estar fuera disfrutándola. —Hago una pausa, esperando la reacción que nunca llega—. Aún así —continúo— llevas vistas más de la cuenta, así que perderte unas pocas no te hará daño. —Compruebo la pantalla de la unidad de soporte, encuentro su fecha de nacimiento y hago un cálculo—. ¡Mira por dónde! ¡Has visto exactamente cincuenta y seis mil quinientas setenta y tres mañanas!
Por supuesto, lleva aquí la mitad de ellas: 29.882 para ser exacto. Si alguna vez llevó la cuenta, dejó de hacerlo hace mucho tiempo.
Limpio y esterilizo los tubos de alimentación, los tubos de medicación y los tubos de respiración, lo examino para ver si tiene llagas, lo lavo, le tomo la temperatura y la presión de la sangre, y compruebo que el nivel de colesterol no haya pasado de 350. (Querrían que fuera más bajo, por supuesto, pero no puede hacer ejercicio y llevan más de medio siglo alimentándolo por vía intravenosa, así que no se plantean cambiarle la dieta. Después de todo, no lo ha matado hasta ahora y cambiarla sí podría hacerlo.)
Elevo su cuerpo marchito justo lo suficiente para cambiar la cama y luego lo hago descender con suavidad. (Antes de que desarrollaran el rayo antigrav, esto solía requerir minutos y al menos un ayudante. Ahora es sólo cuestión de segundos y me gusta pensar que resulta menos incómodo, aunque por supuesto el Mayor no está en condiciones de explicármelo.
Ahora le toca el turno a Rex. Felicia tiene problemas con su Rex, y yo los tengo con el mío.
—Buenos días, Rex —digo.
Murmura algo incomprensible.
Le echo un vistazo. Tiene el ojo derecho inyectado en sangre y le llora mucho.
—Rex, ¿qué voy a hacer contigo? —digo—. Sabes que no tienes que mirar al sol.
En realidad no lo sabe. Dudo incluso que sepa que se llama Rex. Pero limpiarle y medicarle el ojo me va trastocar el horario y tengo que echarle la culpa a alguien. A Rex no le importa que le echen la culpa. No le importa que se le queme la retina. No le importa estar décadas inmóvil. Si hay algo que le importe, hasta ahora nadie ha logrado averiguarlo.
Mientras le trato el ojo, derramo algo de la medicación encima suyo, de modo que decido que en lugar de cambiarle el pañal, será mejor darle un baño químico en seco. Como siempre, me llama la atención la gran cantidad de cicatrices quirúrgicas que le cubren el torso: el primer corazón nuevo, el segundo, los riñones nuevos, el bazo nuevo y el pulmón izquierdo nuevo. Hay una cicatriz pequeña y antigua en la parte inferior de su vientre que creo que es de apendicitis, pero no encuentro constancia de ello en el ordenador y hace casi un siglo que él es incapaz de contárnoslo.
Me voy entonces hacia el señor Spinoza. Está tumbado, con la boca y los ojos abiertos y la cabeza en un ángulo extraño. Antes de llegar a él noto que no respira. Mi primer impulso es avisar a Emergencias, pero me doy cuenta de que su unidad de soporte ya habrá informado de su estado. Efectivamente, segundos después llega un equipo de resurrección, pone una cortina a su alrededor (como si alguno de sus compañeros de habitación pudiera verlo o importarle) y en diez minutos el anciano caballero vuelve a estar en marcha.
Es la quinta vez que se muere el señor Spinoza este año. Morirse tiene que ser malo para su organismo y me preocupa que uno de estos días sea permanente.


—¿Qué tal hoy tu Mayor? —pregunta Felicia durante la cena.
—Como siempre —digo—. ¿Y el tuyo? —Su Mayor es la browallia speciosa majorus.
—Lo mismo —dice—. Viejo, pero aguanta. —Frunce el ceño—. Pero es posible que este año no florezca. Tiene las raíces algo retorcidas.
—Lo siento.
—Cosas que pasan. —Hace una pausa—. ¿Cómo te fue el resto del día?
—Tuvimos algo de jaleo —replico.
—¿Sí?
—El señor Spinoza se murió otra vez.
—Es la cuarta vez, ¿verdad?
—La quinta —corrijo—. El equipo de resurrección lo revivió.
—El equipo de reanimación —me corrige.
—Tú los llamas a tu manera, yo a la mía —digo—. La mía es mejor. Lo que hacen es resucitar.
—Así que sólo has perdido uno esta semana —dice Felicia, sin cambiar de tema pero desviándolo.
—Eso es. El señor Lazlo. Tenía ciento noventa y tres años.
—Ciento noventa y tres —piensa en voz alta, y se encoge de hombros—. Supongo que le tocaba.
—Decías que tú también perdiste una —señalo.
—La cymbidum.
—Una orquídea, ¿verdad? —digo—. ¿Ésa que apodaban Peter Pan? —Ella asiente—. Qué nombre tan tonto para una orquídea —observo.
—Se mantenía siempre joven, o eso parecía —replica—. Producía unas flores exquisitas. Voy a echarla de menos, de verdad. Hacía veinte años que la tenía. —Sonríe con tristeza y una lágrima corre por su mejilla—. Había trabajado tanto por ella que a veces me sentía como su madre. —Me mira—. Suena absurdo, ¿verdad?
—En absoluto —digo, sinceramente emocionado por su dolor.
—No pasa nada —dice. Me mira a la cara—. No te preocupes. Sólo era una flor.
—Es empatía —respondo, y ella lo deja… Pero yo estoy preocupado y me asalta una idea extraña: ¿No debería sentirme yo peor por perder a una persona que ella por perder una orquídea?
Pero no es así.


No sé cuándo empezó. Probablemente con el primer cavernícola que hizo un cabestrillo para un brazo roto, o que le extrajo el agua de los pulmones a un compañero ahogado. En algún momento en el pasado olvidado y distante, el hombre inventó la medicina. Tuvo sus siglos buenos y sus siglos malos, pero a finales del milenio pasado curaba tantas enfermedades y extendía tantas vidas que las cosas se nos fueron de las manos.
Más de la mitad de la gente que estaba viva en el 2050 seguía viva en el 2150. Y casi el noventa por ciento de la gente que estaba viva en el 2100 seguirá viva en el 2200. La ciencia médica había doblado y luego triplicado la vida del hombre. La inmortalidad estaba a nuestro alcance. La vida eterna nos llamaba.
Estábamos tan ocupados en incrementar la duración de la vida que nadie pensó demasiado en la calidad de esas vidas alargadas.
Y entonces, un día nos levantamos y descubrimos que ellos eran más que nosotros.


Se llama Bernard Goldmeier. Lo llevan en una camilla voladora y lo colocan en la antigua unidad de soporte del señor Lazlo.
Tras limpiar los tubos del Mayor, cambiarle la cama y curar el ojo de Rex, busco el historial médico del señor Goldmeier en la holopantalla de su unidad.
—¡Este sitio apesta! —dice una voz seca y rasposa.
Sobresaltado, doy un salto y me giro para ver quién ha hablado. En la habitación sólo estamos mis protegidos y yo.
—¿Quién dijo eso? —pregunto con tono irritado.
—Yo —responde el señor Goldmeier.
Lo miro de cerca. La piel de su cabeza está arrugada y cubierta de manchas marrones. La carne de sus mejillas está descolorida y tiene tubos de oxígeno insertados en la nariz…, pero sus ojos, hundidos en las cuencas, están clavados en mí.
—¡Ha hablado de verdad! —exclamo.
—¿Nunca oyó hablar a un interno antes?
—No que yo recuerde.
Es otra desafortunada realidad. Al alcanzar los 100 años, una de cada dos personas sufre algún tipo de demencia senil. A los 125, son cuatro de cada cinco. A los 150, noventa y nueve de cada cien. El señor Goldmeier tiene 153 años; las probabilidades de que pueda mantener una capacidad mental más o menos normal son de menos de una entre cien.
—Debería añadir —digo— que el término adecuado es «protegido», no «paciente» ni, desde luego, «interno».
—Un zombi, aunque se vista de seda…
—¿Cómo se encuentra? —le pregunto tras decidir que no tiene sentido discutir con él.
—Míreme —dice con una expresión asqueada—. ¿Cómo se sentiría usted?
—Si algo le molesta… —empiezo.
—Ya se lo dije: este sitio apesta. Huele a mierda y orina.
—Algunos de nuestros protegidos son incontinentes —explico—. Tenemos que mostrar comprensión y compasión.
—¿Por qué? —pregunta con voz rasposa—. ¿Qué muestran ellos a cambio?
—Intente ser más tolerante —digo.
—¡Inténtelo usted! —espeta—. ¡Yo estoy ocupado!
—¿Ocupado con qué? —pregunto, sin poder evitarlo.
—¡En mantenerme en contacto con la realidad!
—¿Tan difícil es? —pregunto con una sonrisa.
—¿Por qué no se lo pregunta a sus otros internos? —Olfatea y hace una mueca—. ¡La hostia! ¡Ya está cagándose otro. ¿Y qué coño hago yo aquí? ¡Todavía no soy un puto vegetal!
—Se encuentra usted aquí, señor Goldmeier —le digo, tras mirar todas las anotaciones en la pantalla y no sin algo de satisfacción por lo que estoy a punto de decirle—, porque no lo quieren en ninguna otra sala. Ha ofendido a todos los demás asistentes y operarios de estas instalaciones.
—¿Y adónde iré cuando lo ofenda a usted?
—Ésta es su última parada. Se quedará aquí le guste o no.
«Afortunado de mí.» Me giro hacia la holopantalla y empiezo a teclear las preguntas de rutina.
—¿Qué hace ahora? —pregunta, exigente. Intenta incorporarse, apoyado en un hombro delgado y descolorido para mirar, pero está demasiado débil.
—Miro si tengo que medicarle por alguna enfermedad —respondo.
—Hace cuarenta años que no salgo de la cama —dice con voz rasposa—. Si tengo una enfermedad, me la habéis pegado vosotros, patanes.
—Tiene un largo historial de cáncer —digo, sin hacerle caso y sin dejar de mirar la pantalla.
—Para lo que sirve —dice—. Tan pronto como lo tengo lo curáis, cabrones. —Hace una pausa—. Diecisiete cánceres. Cortásteis cinco, quemásteis tres y ahogásteis los otros nueve con productos químicos.
—Veo que aún tiene su corazón original —observo con alguna sorpresa, mientras continúo leyendo la pantalla. Casi todos los corazones se reemplazan antes de que el paciente llegue a los 120 años; los pulmones y los riñones, aún más pronto.
—¿Me ofrece el suyo? —dice con sarcasmo.
De acuerdo, es un cabrón arrogante y con mala leche, pero es el único de mis protegidos que puede hablar, así que pongo una sonrisa forzada y hago un nuevo intento.
—Es un hombre afortunado —empiezo.
—¿Qué quiere decir con eso? —dice, con una mirada furiosa.
—Todavía tiene la cabeza clara. Muy pocos la tienen a su edad.
—Y cree que eso es afortunado, ¿no?
—Desde luego.
—Pues es imbécil —dice el señor Goldmeier.
—Intento ser su amigo —digo con un suspiro—. Pero no me lo pone fácil.
—¿Por qué coño quiere ser mi amigo? —pregunta, contrayendo su semblante consumido en una mueca de desprecio.
—Quiero ser amigo de todos mis protegidos.
—¿De ellos? —dice despectivamente, paseando la mirada por la habitación—. Probablemente un montón de plantas en macetas le daría más juego. —No es muy diferente de lo que dice Felicia a veces.
—Mire —digo—. Va a estar usted aquí mucho tiempo. Igual que yo. ¿Por qué no intentamos al menos mantener una apariencia de cortesía?
—Qué idea más desagradable.
—¿Ser cortés? —digo, preguntándome qué clase de criatura han metido en mi sala.
—Ésa también —dice—. Pero me refería a la de estar aquí mucho tiempo—. Exhala hondo y oigo un silbido en su pecho; tomo nota mentalmente de avisar a los médicos de su congestión. Entonces añade—: Estar en cualquier parte mucho tiempo.
—¿A qué viene esa amargura? —pregunto.
—He visto cosas terribles, cosas que ningún hombre tendría que ver.
—A todos nos ha pasado —digo, mostrándome de acuerdo—. La guerra con Brasil. El meteorito que cayó en Mozambique. La revolución de Canadá.
—¡Idiota! —espeta—. Esas fueron distracciones.
—¿Distracciones? —repito incrédulo—. ¿En qué clase de infierno ha estado?
—En el peor —responde—. He estado en lugares donde los hombres suplicaban la muerte y enloquecían lentamente cuando ésta no llegaba.
—No recuerdo haber leído u oído nada parecido —digo—. ¿Dónde pasó? —Me mira fijamente, sin pestañear durante un largo instante, antes de responder.
—Aquí, en estas salas.


Felicia levanta la vista del plato.
—¿Se llama Bernard Goldmeier? —dice.
—Eso es.
—No tenemos ningún Bernard —dice—. No es la clase de nombre que les ponen a las flores.
—No importa.
—Pero tengo una flor dorada —dice, su cara iluminándose de repente—, una mesembryantheum criniflorum. Puedo llamarla Goldie, o incluso Goldmeier.
—No es importante.
—Sí que lo es —insiste—. Hace años que comparamos el día así. —Sonríe—. Cuidar de flores con los mismos nombres hace que me sienta más cerca de ti.
—Bueno —digo—. Llámala como quieras.
—Pareces… —busca la palabra— molesto.
—Me preocupa él.
—¿Sí? ¿Por qué?
—Me gusta mi trabajo —empiezo.
—Lo sé.
—Es un trabajo con sentido —continúo, intentando apartar el resentimiento de mi voz—. Tal vez no sea médico, pero cuido de ellos y mantengo la Muerte a raya. Eso es importante, ¿verdad?
—Claro que sí —dice con tono tranquilizador.
—Él lo menosprecia.
—Eso no significa nada —dice Felicia, alargando la mano por encima de la mesa y tomando la mía—. Ya sabes cómo se ponen cuando se hacen viejos.
«Sí, sé cómo se ponen. Pero no es lo mismo. El parece… no sé… normal, igual que yo; eso es lo que me molesta.»
—No parece irracional —digo en voz alta—. Sólo amargado.
—Una cantidad suficiente de amargura vuelve irracional a cualquiera.
—Lo sé —digo—. Pero…
—Pero ¿qué?
—Bueno, te va a sonar infantil y egoísta…
—Eres el hombre menos egoísta que conozco —dice Felicia—. Dime qué te preocupa.
—Es que… Bueno, siempre pensé que si mis protegidos pudieran hablar conmigo, me darían las gracias, me dirían lo mucho que significaban mis esfuerzos para ellos. —Hago una pausa y pienso un momento—. ¿Me hace eso egoísta?
—Desde luego que no —responde—. Creo que deberían sentirse agradecidos. —Me acaricia la mano—. Hay mucha gente allí que está sólo por el sueldo, pero tú estás porque te importa.
—Aún así, cuando tengo uno que podía darme las gracias, que podría decirme que me aprecia, en lugar de eso está furioso porque voy a hacer lo que esté en mis manos para mantenerlo con vida.
Ella me hace arrumacos y todo tipo de ruidos tranquilizadores, pero en realidad no dice nada, así que finalmente cambio de tema y le pregunto por su jardín. Momentos después está describiéndome entusiasmada las flores nuevas de la aphelandra squarrosa, y me cuenta que cree que tendrá que dividir la scilla sibirica, y yo escucho agradecido y no pienso en el señor Goldmeier, tumbado inmóvil en su cama y maldiciendo la oscuridad, hasta que llego al trabajo por la mañana.


—¿Se encuentra mejor hoy? —pregunto, acercándome a la unidad de soporte del señor Goldmeier.
—No, no me encuentro mejor hoy —dice en tono desagradable—. A Dios se le han acabado los milagros
—¿Se adapta al menos a su nuevo entorno?
—Mierda, no.
—Ya lo hará.
—¡Más vale que no!
—No va a salir de aquí —digo, mirándolo fijamente.
—Lo sé.
—Pues más le valdría acostumbrarse al lugar.
—¡Jamás!
—No lo comprendo en absoluto —digo.
—¡Porque es idiota! —espeta— ¡Míreme! No tengo dinero ni familia. No puedo comer solo, o incorporarme siquiera.
—No hay necesidad de ser desagradable —digo conciliador. Estoy a punto de decirle que su estado no es diferente del de la mayor parte de mis protegidos, pero él habla primero.
—Sólo me queda la rabia. No voy a dejar que me la quite; es todo lo que me separa de estos vegetales.
—No sé por qué es usted así —digo, mirándolo y meneando la cabeza con tristeza.
—Me han hecho así ciento cincuenta y tres años —dice.
Continúo mirándolo fijamente: las piernas atrofiadas que no volverán a caminar, los brazos marchitos y los dedos esqueléticos, la cara que es una máscara mortuoria con los ojos brillantes y hundidos, y pienso: «Tal vez, sólo tal vez, la senilidad es la manera que tiene la Naturaleza de hacer que la vida en un cuerpo como ése sea tolerable. Tal vez no sea tan afortunado como yo pensaba».
El Mayor tiene la barbilla llena de saliva y me acerco para limpiársela.
—Ya está —digo—. Como una patena.
«De acuerdo —pienso, mirándolo desde arriba—. Tú no me lo agradeces, pero al menos no me odias por hacer lo que ya no puedes hacer solo. ¿Por qué no son todos como tú?»


—¿Por qué no pides que te transfieran a otra sala si tanto te preocupa? —pregunta Felicia.
—¿Qué voy a decir? —respondo—. ¿Que un anciano que no puede siquiera darse la vuelta sin ayuda me está echando?
—Diles sólo que quieres un cambio.
—Mi trabajo es importante para mí —digo, meneando la cabeza—. Mis protegidos son importantes para mí. No puedo darles la espalda sólo porque él me hace la vida miserable.
—Tal vez deberías pararte a pensar por qué te altera.
—Me hace tener pensamientos inquietantes.
—¿Qué clase de pensamientos inquietantes?
—No quiero hablar de ello —respondo. Pero lo que realmente quiero decir es: «No quiero pensar en ello».
Ojalá mi cerebro me escuchara.


El superintendente Bailey entra en la sala y se dirige a mí.
—Voy a necesitar que haga unas horas extra hoy —me informa.
—¿Sí? —respondo— ¿Cuál es el problema?
—Debe de haber alguna clase de virus en el aire —dice—. Una tercera parte del personal está de baja.
—De acuerdo. Tendré que avisar a Felicia de que llegaré tarde a cenar. ¿Adónde quiere que vaya cuando acabe aquí?
—A la sala 87.
—¿No es una sala femenina? —pregunto.
—Sí.
—Preferiría otro encargo, señor.
—¡Y yo preferiría tener a todo el personal! —espeta—. Hoy los dos vamos a tener que aguantarnos.
Se vuelve y abandona la sala.
—¿Qué tiene en contra de las mujeres? —croa el señor Goldmeier. Creía que estaba dormido, pero estaba ahí, inmóvil, con los ojos (y los oídos) bien abiertos.
—Nada —respondo—. Pero creo que no debería bañarlas yo.
—¿Por qué cojones no?
—Por respetar su dignidad.
—¿Su dignidad? —dice con sorna.
—Su intimidad, si prefiere llamarlo así.
—¿Dignidad? ¿Intimidad? ¿De qué coño habla?
—Son seres humanos —respondo, con mi propia dignidad.
—Ya no —responde despectivo—. Son un puñado de vegetales y no les importa quién coño las bañe. —Cierra los ojos—. Es un idiota ciego y sentimental.
Odio cuando dice cosas así, porque me gustaría explicarle que no soy un idiota ciego y sentimental. Pero para esto tendría que demostrarle que se equivoca y no puedo hacerlo… y lo he intentado.
Todos los seres humanos tienen intimidad y dignidad. Si no les queda eso, ya no son seres humanos… y si no son seres humanos, ¿para qué mantenerlos vivos? Por lo tanto, necesariamente, tienen intimidad y dignidad.
Entonces pienso en los cuerpos marchitos y los miembros atrofiados y las miradas perdidas, y empiezo a notar otra migraña.


Han pasado dos días y no como ni duermo mejor que el señor Goldmeier.
—¿Qué dijo esta vez? —dice Felicia en tono cansino, mirándome desde el otro lado de la mesa del comedor.
—No estoy seguro —respondo—. No dejaba de hablar de la juventud en Asia, así que tuve que acabar buscando en la enciclopedia. Sólo dice que hay mucha y que pasan hambre. —Hago una pausa, frunciendo el ceño—. Pero que yo sepa nunca ha estado en Asia. No sé por qué sigue hablando de ello.
—¿Quién sabe? —dice Felicia encogiéndose de hombres—. Es un anciano. No siempre saben de qué hablan.
—Este sí sabe de qué habla —murmuro con amargura.
—¿Puedes haber entendido mal las palabras? —pregunta—. Los ancianos no vocalizan muy bien.
—Lo dudo. Entiendo perfectamente todo lo que dice. ¿Por qué esto no?
—Asegurémosnos —dice, activando el ordenador del comedor. Éste se enciende. —Ordenador, busca sinónimos del término «juventud en Asia».
El ordenador empieza a enumerarlos:
—Jóvenes en Asia. Adolescentes en Asia. Niños en Asia. Gente joven en…
—¡Para! —ordena Felicia—. Sinónimos no era la palabra correcta. Ordenador, ¿hay homónimos para el término «juventud en Asia»?
—Un homónimo es un par exacto —responde el ordenador—, y no hay ningún par exacto.
—¿Alguna aproximación razonable?
—Una. La palabra «eutanasia»1.
—Ajá —dice Felicia triunfante—. ¿Y qué significa?
—Es una palabra arcaica, que ya no se usa. No encuentro ninguna definición en mi base de datos.


—Eu-ta-na-sia —dice el señor Goldmeier, pronunciando las sílabas de una en una—. ¿Cómo coño es que ya no sale en los diccionarios y en las enciclopedias?
—Sale —explico—. Pero no dan ninguna definición.
—Mira por donde —dice asqueado. Mientras espero pacientemente a que me diga lo que quiere decir esa palabra, cambia de tema. —¿Hace cuánto que trabaja aquí?
—Casi catorce años.
—¿Ha visto ir y venir muchos pacientes?
—Claro que sí.
—¿Adónde van cuando se marchan de aquí?
—No se van, excepto cuando los transfieren a otra sala.
—¿Así que vienen a este lugar y luego mueren?
—Suena como si pasara de la noche a la mañana —respondo—. Hemos mantenido con vida a unos cuantos más de un siglo —añado con orgullo—. A muchos, en realidad.
Me mira fijamente. Reconozco esa mirada; significa que no me va a gustar lo que va a decir.
—Ahorrarían mucho tiempo y esfuerzo si los mataran directamente.
—¡Eso sería contrario a la ley civil y moral! —replico airado—. Nuestro trabajo es mantener vivos a todos los pacientes.
—¿Alguna vez les han preguntado si quieren que los mantengan con vida?
—Nadie quiere morir.
—Exactamente. Va en contra de toda ley civil y moral. —Tose y trata de aclarar la garganta—. Pues por eso no sale en el diccionario.
—¿El qué? —pregunto, confuso.
—«Eutanasia» —dice.
—No lo comprendo.
—Es eso de lo que hablamos, ¿no? —dice—. Se refiere a una muerte por compasión.
—¿Muerte por compasión?
—Habrá oído esas palabras con anterioridad. Saque sus conclusiones.
Cuando acaba mi turno y voy a casa continúo preguntándome por qué nadie va a considerar compasivo matar a otro ser humano.


—¿Por qué querría morir nadie? —le pregunto a Felicia.
—¿Otra vez Goldmeier? —dice alzando los ojos al cielo.
—Sí.
—No sé por qué no me sorprende —dice en tono enojado. Menea la cabeza con tristeza—. No sé de dónde saca las ideas ese hombre. Nadie quiere morir. —Hace una pausa—. Míralo con lógica. Si alguien sufre dolores, puede recibir medicación. Si pierde un miembro, puede conseguir una prótesis. Si está demasiado débil para alimentarse siquiera… Bueno, para eso está la gente preparada como tú.
—¿Y si está cansado de vivir?
—Sabes que no puede ser —responde Felicia con una certeza inquebrantable—. Todos los organismos vivos luchan por permanecer vivos. Es la primera ley de la Naturaleza.
—Sí, supongo que sí —reconozco.
—Es un viejo desagradable. ¿Dijo algo más?
—No, en realidad no —jugueteo con la comida. Por alguna razón me he quedado sin apetito—. ¿Cómo te ha ido en el invernadero?
—Al fin han conseguido el tono de plata fosforescente que quieren para la anglaonema crispum —dice—. Creo que van a llamarla Silver Charm. Encantamiento de plata.
—Un nombre bonito.
—Sí, me gusta. Dicen que hubo un caballo de carreras famoso, hace siglos, con ese nombre. —Hace una pausa—. Por supuesto, para mí representa trabajo extra.
—¿Ponerlas en macetas?
—Ya están todas en macetas. No, el problema es hacerles sitio. Creo que tendremos que deshacernos de las browallia speciosa majorus.
—¡Pero son las Mayores! —protesto—. ¡Sé cuánto las quieres!
—Sí —admite—. Las flores son exquisitas. Pero tienen algún tipo de enfermedad exótica de las raíces. —Suspira hondo—. Vi algo de decoloración, un residuo viscoso… pero no lo identifiqué a tiempo. Se están muriendo por mi culpa.
—¿Por qué no te las traes a casa? —sugiero.
—Si quieres Mayores, te traeré unas jóvenes y sanas que florecerán en primavera. Pero las viejas las voy a tirar a la basura. Ha ganado la enfermedad.
—¿No decías que todas las cosas vivas luchan por permanecer vivas? —Intento aferrarme a algo, pero no sé a qué.
—Las Mayores no quieren morir —dice Felicia—. Están infectadas, de modo que les quito esa decisión de las manos antes de que la enfermedad se extienda a otras plantas.
—Pero si…
—No te pongas filosófico conmigo —dice—. Sólo son flores. No sentirán ningún dolor.
Esa noche, más tarde, me descubro preguntándome cuál fue la última vez que Rex, o el Mayor, o el señor Spinoza o cualquiera de los otros sintió algún dolor.
¿Cincuenta años? ¿Setenta y cinco? ¿Cien? ¿Más?
Entonces me doy cuenta de que eso es lo que el señor Goldmeier quiere que piense. Los ve débiles y quiere que se mueran.
Pero ellos no son su objetivo. Nunca lo fueron.
Al fin sé a quién intenta infectar.


Llego temprano al trabajo y entro en mi sala. Todos duermen.
«Somos un equipo. —Miro a mis protegidos y me embarga una sensación cálida—. Vosotros y yo. Yo os doy vida y vosotros me dais satisfacción y un propósito en la vida. Juro que no permitiré que nadie destruya el vínculo que hay entre nosotros.»
Pensando en ello, en realidad hay muy poca diferencia entre el trabajo de Felicia y el mío. Ella tiene que proteger sus flores; yo tengo que proteger las mías.
Lleno una jeringa y me acerco en silencio a la unidad de soporte del señor Goldmeier.
Es hora de limpiar mi jardín de malas hierbas.


Título original: "Hothouse Flowers". Publicado en Isaac Asimov's Science Fiction Magazine
© 1999, Mike Resnick.
© 2001, Ramon Peña, por la traducción.