Remontando el vuelo

Fundación y Caos, de Greg Bear

Greg Bear, el encargado de escribir este segundo volumen de la segunda trilogía de la Fundación, demuestra en las primeras diez páginas de su novela más respeto por el material original que el que mostrara Gregory Benford en la totalidad de su indigesto mamotreto previo, El temor de la Fundación. Para hacerse una idea, una de las primeras cosas que Bear deja establecidas es que la red de agujeros de gusano que entonces introdujo aquél (contradiciendo todo lo escrito por el propio Asimov), ha caído en desuso. Desgraciadamente, no todo el lastre es tan fácil de dejar atrás y por ahí siguen rondando los simulacros de Juana de Arco y Voltaire, que encajan tan bien en este universo como un Cristo con dos pistolas.

Bear logra varias cosas en las que Benford fracasó (o que ni siquiera intentó). Mimetiza con relativo éxito el estilo de Asimov dividiendo el argumento en multitud de subtramas, cada capítulo en mini-secciones, y no deja de saltar entre ellas logrando que, una vez enganchado, al lector le cueste abandonar la lectura. Como Asimov, usa el diálogo como principal vehículo para hacer avanzar la trama y se reserva multitud de sorpresas y vueltas de tuerca para el final, haciendo cuando menos una lectura amena.

Otro logro es que su historia encaja bastante bien con el universo previamente establecido. La acción transcurre más o menos paralela a la sección introductoria de Fundación, con la llegada del joven matemático Gaal Dornick que viene a unirse al Proyecto. Precisamente aquellas secciones en las que Bear vuelve a relatar hechos conocidos, como el juicio a Hari Seldon, utilizando diferentes puntos de vista e información adicional, son las más agradecidas para el lector fiel a la saga.

Como novedades, y trama principal, descubrimos que la organización secreta de Daneel no es el único grupo de robots positrónicos activo en la galaxia. Existe otra, y con objetivos encontrados. Una nueva amenaza, en la forma de una mentalista renegada, pone en peligro a la Segunda Fundación antes de su nacimiento. Y, para rematar la faena, hay un robot que carece de las Leyes de la Robótica (sin ninguna relación con la trilogía de Roger McBride Allen).

¿Qué queda por decir? Fundación y Caos no es una obra de arte, pero tampoco pretende serlo. Es un pastiche respetuoso. Dicen que las últimas obras del propio Asimov no eran gran cosa, ante lo cual yo me confieso totalmente falto de criterio: devoré cada una de ellas a medida que llegaba a mis manos y siempre me dejaron con ganas de continuar leyendo. En definitiva, creo que este libro satisfará a aquellos a los que les gustaron éstas. A los que no… pues tampoco iban a leérsela, ¿verdad?

Ramón Peña