LA HISPACÓN, LA LENGUA DE LOS ELFOS
Y LAS PALATALES SERBOCROATAS

César Mallorquí

¿Qué es una hispacón? Aunque suene a pregunta tonta, por evidente (todo el mundo sabe lo que es una hispacón), lo cierto es que las cosas no están tan claras, pues existen cuando menos dos respuestas alternativas:

    A) Una hispacón es una convención española sobre literatura fantástica y de ciencia ficción.
    B) Una hispacón es un convención española de aficionados a la literatura fantástica y de ciencia ficción.

Puede que a primera vista ambas respuestas parezcan la misma, pero no es así; de hecho, implican puntos de vista muy divergentes sobre la cuestión. Si elegimos la alternativa A, el objetivo central de una hispacón es la literatura, pero si lo que escogemos es la opción B, entonces estamos centrando el foco sobre los aficionados.

Intentaré explicarme mejor. La respuesta A implica que una hispacón debería tratar sobre TODA la literatura fantástica y de cf, con especial énfasis en la producida en los países hispanos. Es decir, en esta clase de convención se debatiría acerca de la totalidad del fantástico, desde La saga/fuga de JB, de Gonzalo Torrente Ballester, hasta la Saga de los Aznar, de Pascual Enguídanos. Además, los criterios de ese debate serían exclusivamente literarios, lo cual supondría, como es lógico, priorizar los temas en función de la calidad, el interés y la relevancia de los autores y las obras. Es decir, ¿qué es más importante desde el punto de vista literario, La saga/fuga o los Aznar?

Por otro lado, la respuesta B implica que una hispacón debería tratar sobre lo que le interesa a la mayoría de los aficionados. Esto significa que el criterio a seguir ya no tiene por qué ser literario, sino simplemente una cuestión de estadística, gustos, modas, política editorial o, sencillamente, caprichos.

Huelga decir que, hasta ahora, todas las hispacones celebradas en España han sido de clase B. Y no es de extrañar, pues quienes impulsan y organizan esas convenciones son los aficionados, así que es lógico que sean sus criterios los que imperen a la hora de definir los contenidos del acto. Además, las hispacones no son más que un remedo de las «convenciones mundiales» norteamericanas, y esas convenciones —que desde luego no tienen nada de mundiales— son meras reuniones de aficionados al género en las que importa más el folclore que la literatura.

Pues bien (y disculpen que hable de mí mismo), teniendo en cuenta que los criterios de la mayoría de los aficionados difieren sustancialmente de los míos, decidí hace tiempo dejar de asistir a las hispacones. De hecho, escribí un artículo titulado “Por qué no fui a la Hispacón”,1 en el que exponía mis razones al respecto. Desde entonces (hace ya nueve años) no había vuelto a asistir a una convención. Sin embargo, la de 2003 se celebró en Getafe, una población muy cercana a donde vivo, y los organizadores tuvieron la amabilidad de solicitarme que participara en algunos actos. Negarme, dada la proximidad, hubiera sido una bordería, así que acepté y, después de casi una década, regresé al extraño universo paralelo que son las hispacones.

La mayor parte del más bien escaso tiempo que estuve allí lo dediqué a charlar con viejos amigos a quienes hacía tiempo que no veía (por ejemplo, esa extraordinaria persona que es Juan Miguel Aguilera) y, por tanto, no puedo emitir ningún juicio acerca de Xatafi 2003. Sin embargo, asistí a un acto que, a mi modo de ver, tuvo una relevancia especial. Se trataba de una mesa redonda cuyo tema era “Las literaturas fantástica y de ciencia ficción vistas desde fuera”. Estaba moderada por Alberto García-Teresa y contaba con la participación de José María Merino, Lorenzo Silva, José Carlos Somoza y Ángel García Galiano.

Ah sí, yo también formaba parte de la mesa redonda, pero eso no sólo carece de importancia, sino que además fue un error. Sencillamente, yo no debía de haber estado allí, porque, aunque hoy por hoy me encuentro más fuera que dentro del fandom, mi voz sigue siendo, de un modo u otro, una voz «de dentro», y en aquella mesa sólo deberían de haber sonado voces externas. A decir verdad, estuve a punto de solicitar mi exclusión del acto, pero después pensé que no era educado hacerlo; además, me apetecía conocer a Merino y Somoza, autores a quienes admiro profundamente. En cualquier caso, procuré hablar poco para darle más tiempo a los que de verdad importaban.

Antes de nada, prestemos atención a quiénes eran los invitados en aquella mesa. Ángel García Galiano es profesor de Teoría de la Literatura en la Universidad Complutense de Madrid. Lorenzo Silva es uno de los autores españoles de novela policíaca más reconocidos.2 En cuanto a José María Merino y José Carlos Somoza, son dos escritores muy relacionados con nuestro género. Merino es el autor de literatura fantástica más conocido y reputado en España. Aunque lleva muchos años en activo, nunca hasta ahora había asistido a una Hispacón. Somoza es un escritor más reciente; no obstante, ha ganado un sinfín de premios y goza de merecido prestigio. Su obra siempre ha estado más o menos cercana al género, cuando no se ha adentrado directamente en él. Clara y la penumbra es una novela escrita con técnica de cf y La dama número trece es puro terror fantástico.

Durante el transcurso del acto se habló, en un primer momento, de la tradición fantástica española (o de la falta de ella), lo cual condujo a un interesante debate sobre lo que es o no es la literatura fantástica y sobre la naturaleza del componente fantástico. A continuación se habló de la artificiosidad de los géneros, se comentó el peligro de que la adscripción a un género pudiera servir de coartada para la mediocridad literaria y se señaló que una gran novela de género siempre debe transgredirlo, ir más allá de los límites. En fin, se dijeron muchas cosas, todas de gran interés y pertinencia. Es cierto que la mayor parte de ellas no eran nuevas; no pocos aficionados al fantástico han enunciado argumentos similares. Pero el punto de vista sí era nuevo. Aquellos autores y estudiosos de la literatura, a quienes el fandom calificaría —no sin cierto desdén— de mainstream nos hablaban sobre el fantástico desde una perspectiva infinitamente más amplia, madura y objetiva.

La mesa redonda fue un éxito, al menos en la medida en que cumplió con creces su objetivo: ofrecer una visión externa del género. Un conocido escritor de cf (no citaré nombres) comentó que aquel acto supondría un punto de inflexión en el fandom. Yo me mostré escéptico y repuse que a muy pocos les interesaba realmente lo que allí se había dicho. Entonces, un conocido editor me replicó que, aunque sólo le hubiera interesado a unos cuantos, habría valido la pena. Tenía razón: basta con que uno solo de los asistentes haya ampliado sus criterios sobre el género para justificar la celebración de aquella mesa redonda.

Pero, en realidad, éste no es el asunto sobre el que quiero hablar. Acabado el debate, el moderador dio paso al turno de preguntas. Sólo intervino uno de los asistentes. Era un chico joven, de veintipocos años de edad. Vino a decir, más o menos, lo siguiente: «Todo eso está muy bien; pero esta misma tarde se ha celebrado aquí una conferencia sobre el lenguaje de los elfos y estoy seguro de que no habría asistido tanta gente si hubiera tratado sobre las palatales en el serbocroata. Yo he venido aquí por el género literario que me gusta». En fin, a lo mejor no dijo palatales, sino fricativas, y tal vez no fuera serbocroata, sino húngaro. Da igual, el sentido de la frase era el que acabo de reproducir y los miembros de la mesa le replicaron insistiendo, sobre todo, en el peligro de encerrarse en el ghetto de un género y perder la perspectiva.

Concluido el acto, algunos de los asistentes comentaron con sorna la preguntita de marras. Yo no me atreví a hacerlo, y me quedé pensando. Resultaba muy fácil tildar aquella intervención de chorrada fandomita; sin embargo, el asunto era más complejo de lo que parecía a simple vista.

De entrada, me sorprendía que aquel joven considerase que lo que se había dicho durante la mesa redonda era tan interesante como las palatales serbocroatas. Parecía como si se hubiese hablado de algo completamente diferente al género que él amaba cuando, a mi modo de ver, de lo único que se había hablado era precisamente de ese género. Aunque quizá no de la forma en que a él le hubiera gustado. También pensé que aquel joven parecía sentirse atacado; no él personalmente, pero sí sus ideas. Por último, creí intuir que aquel joven estaba más interesado en el folclore del fantástico que en la literatura. Porque, y ya desde un punto de vista personal, las palatales del serbocroata me interesan exactamente lo mismo que el lenguaje de los elfos: nada.

No obstante, sería imprudente desechar los reparos del joven sin prestarles un mínimo de atención. Lo que él pretendía decirnos es lo siguiente: «Señores, yo, y otros como yo, queremos una Hispacón de clase B, y esta Hispacón de clase A que se han montado ustedes aquí con este acto se la pueden meter donde les quepa».

Quién sabe, a lo mejor tenía razón. A fin de cuentas, las hispacones son un producto del fandom que debe estar al servicio del fandom. No son convenciones de literatura: son convenciones de aficionados a un género. Entonces, ¿qué sentido tiene intentar cambiar las cosas? O, planteando el asunto de otra manera, ¿qué pasaría si convirtiéramos las hispacones en convenciones de clase A? Imaginemos que gran parte de los ponentes fuesen autores de amplio y reconocido prestigio (escritores mainstream, para entendernos), profesores universitarios o académicos. Imaginemos que los contenidos de las charlas y mesas redondas versasen, además de sobre Tim Powers, Christopher Priest o Ian Watson, sobre la obra de Álvaro Cunqueiro, Joan Perucho o Julio Cortázar. Imaginemos que se hablase mucho de literatura y muy poco o nada del lenguaje de los elfos. ¿Qué pasaría?

La mayor parte de los asiduos a las hispacones dejaría de asistir, hartos de una perspectiva del género que no es la suya. Muchos autores del fandom dejarían de asistir al verse minimizados ante la presencia de los grandes nombres. Gran parte de los críticos y ensayistas del fandom dejarían de asistir al no poder criticar ni ensayar sobre autores a quienes no han leído ni tienen la menor intención de leer. En resumen, habría una fuga masiva del fandom y las hispacones dejarían de ser hispacones para transformarse en otra cosa frecuentada por otra gente. Para que una Hispacón pudiera ser de clase A, habría que cambiar radicalmente al fandom y eso, me temo, es imposible.

El fandom es un ghetto; si lo abres, deja de ser ghetto y fandom. Por eso, y aunque en el fondo no nos damos cuenta, quienes pensamos que hay que abrir el género y sumarlo a la literatura general estamos postulando en realidad la demolición del fandom. Por eso tanta gente se opone, y con tanta virulencia, a considerar la cf y la fantasía como una parte más de la literatura. Mejor quedarse con el folclore, mejor hablar del lenguaje de los elfos.

Pero, ¿acaso todo es malo en el fandom? De ninguna manera. Hay, como mínimo, dos aspectos en los que presta un gran servicio. En primer lugar, sirve para que los aficionados al género entren en contacto y puedan comunicarse con regularidad. Además, la insólita tendencia a estructurarse y organizarse que posee el fandom dota a esos contactos de una fluidez que difícilmente podemos encontrar en otros sectores literarios, algo que la llegada de Internet no ha hecho más que potenciar. En segundo lugar, el fandom se ha convertido, gracias a los fanzines y premios, en un extraordinario campo de pruebas y entrenamiento para quienes aspiran a convertirse en escritores de cf y fantasía o, simplemente, en escritores a secas. Prueba de ello es la excelente hornada de autores que han surgido durante los últimos años.

Sin embargo, el fandom conlleva también graves riesgos. En cierto modo, los aficionados del género actúan siguiendo criterios muy similares a los nacionalistas. Son ciudadanos del país de la cf y fantasía y se consideran radicalmente diferentes de cualquier otro ciudadano de cualquier otra nación literaria. También son xenófobos; se creen mejores que otras nacionalidades y odian, en particular, a la nación imperio, que en este caso sería la «literatura mainstream». Son conservadores, pues su propósito no es otro que preservar a sangre y fuego el ghetto que les hace ser diferentes. Y, como ocurre con todas las sociedades nacionalistas, en el seno del fandom acaban proliferando la endogamia y la autocomplacencia.

Ése es el mayor problema, la falta de perspectiva, la miopía intelectual, la tendencia a considerar el fandom más como búnker que como pista de despegue y la tentación de aceptar como buenas las obras mediocres por el mero hecho de que sus autores son «de los nuestros». Antes dije que han surgido del fandom unos cuantos escritores de valía, y es cierto. Pero, ¿cuántos de los autores que proliferan en el fandom son realmente buenos? ¿Cuántos, siquiera, alcanzan el mínimo exigible de calidad? ¿Cuántos críticos y ensayistas cuentan con la preparación necesaria para poder hablar sobre cf y fantasía con un poco de rigor?

Con esto no pretendo afirmar que el fandom sea una entidad monolítica y absolutamente inamovible. Los grupos de aficionados que conocí a comienzos de los setenta eran muy distintos de los que me encontré durante los noventa. Las nuevas generaciones de aficionados están más preparadas que las anteriores, son más cultas y están más abiertas a los cambios. Por ello, no soy el único en propugnar la apertura del género a la literatura general. Hay otras voces que propugnan lo mismo, y algunas de ellas se encuentran entre los propios organizadores de Xatafi 2003. Por desgracia, aún somos pocos; una minoría dentro de la minoría. En cualquier caso, no olvidemos que el fandom es, por naturaleza, un ghetto, y los ghettos siempre son lugares cerrados.

¿Significa esto que nunca tendremos hispacones de clase A? Pues, probablemente, en efecto, nunca las tengamos. Las hispacones forman parte de la estructura del fandom y su objetivo ha sido, es y será aquello que le interese a la mayor parte de los aficionados, aunque se trate de la lengua de los elfos. Tratar de convertir la Hispacón en otra cosa sería como pretender robársela al fandom. No tiene sentido. Personalmente, creo que sería magnífico que hubiera convenciones de cf y fantasía de clase A, pero, aunque ignoro qué o quiénes podrían promoverlas, estoy convencido de que jamás surgirán del reino de los aficionados, al menos mientras éste sea tal y como ahora lo conocemos.

Entonces, ¿qué? ¿Le damos la razón al joven que formuló la pregunta y tiramos la toalla? ¿Le decimos adiós a la literatura y comenzamos a practicar la lengua de los hobbits o el idioma de los klingon? No, ni mucho menos.

Existen dos alternativas: convenciones A o convenciones B. Pues bien, como reza un dicho judío: «Entre dos alternativas, elige siempre la tercera». Quizá lo más sensato sea plantearse unas hispacones mixtas, con actos de clase B y actos de clase A. Que elfos y serbocroatas convivan en paz. Esto, imagino, satisfaría a todo el mundo y tendría la virtud de ofrecer un panorama mucho más completo y serio del género. Sin embargo, es un camino no exento de problemas.

En primer lugar, hay que conseguir que asista más público a las hispacones; o, mejor dicho, que asista, además del habitual, otra clase de público, el que habitualmente se mueve en los círculos de la literatura general. Para conseguir esto es imprescindible dar cierta publicidad previa a la convención, así como propiciar un mínimo de interés por parte de los medios de comunicación. En segundo lugar, hay que prever que algunos de los conferenciantes exigirán una contraprestación económica por su participación. Lo ideal sería que todos los ponentes recibiesen un pago, pero si esto no puede ser, se plantea un conflicto: ¿Por qué unos cobran y otros no? Bueno, porque unos están en el circuito de conferencias y otros no. En tercer lugar, y en realidad esto resume los anteriores puntos, es necesario conseguir un mayor presupuesto para las hispacones. Dada la escasa profesionalización del género en nuestro país, las fuentes de financiación deberían ser externas (estatales, municipales o provenientes del sector privado a través de patrocinios). En cuarto y último lugar (aunque existen otros muchos problemas), es necesario eliminar los aspectos más folclóricos del fandom. Vale conferenciar sobre el habla de los elfos, pero no vale disfrazarse de elfo. Me han asegurado que en las hispacones ya no se dan esa clase de bufonadas; espero que sea así, porque en convenciones pretéritas he presenciado actos de auténtico sonrojo, y a ningún «representante de la cultura» ni posible patrocinador le apetece verse implicado en actividades ridículas.

Existen muchas más dificultades, por supuesto; pero, dejando aparte los aspectos técnicos, ¿puede el fandom promover y organizar convenciones mixtas? Y, si realmente puede, ¿desea hacerlo? La experiencia de Xatafi 2003, aunque limitada a un único acto, induce al optimismo. No obstante, hablar de fandom es en el fondo no hablar de nada, porque el fandom lo componen individuos, y serán esos individuos, diferentes en cada caso, quienes decidan cómo debe ser la Hispacón. Quizá lo único que podemos hacer quienes, según dicen, mantenemos un criterio elitista respecto a la cf y la fantasía, sea intentar exponer nuestras razones, como estoy haciendo yo ahora. Predicar, en el desierto o en el ágora, no lo sé.

Lo que sí sé es que la fantasía lleva mucho tiempo aceptada e instalada en el seno de la literatura general, y que la cf, aunque muy lentamente, sigue el mismo camino. El género se está abriendo, queramos admitirlo o no, así que más nos vale alzar la mirada y echar un amplio vistazo, porque existe un mundo muy grande más allá de nuestro ombligo.

© 2004, César Mallorquí.