Ballard y sus «novelas menores»

Hola, América, de J.G. Ballard

Debe de ser por deformación profesional, pero lo que más me atrae de la ficción de Ballard no son las implicaciones que tiene su teoría de que todo individuo acaba por adaptarse a cualquier catástrofe, por muy extensa que sea la destrucción causada, ya sea por mera entrega/adaptación resignada o gozosa (La isla de cemento, El mundo sumergido), ya sea por descenso al infierno de la violencia y la barbarie (Rascacielos). No. Lo que me deslumbra, lo que me deja boquiabierto, deseando detenerme en cada página, regresar de cuando en cuando a algún pasaje anterior, es su capacidad para crear imágenes.

Hola, América es una obra supuestamente «menor» en la producción ballardiana. Puedo estar de acuerdo en parte con ese juicio: cierto es que su potencia evocativa no es equivalente ni de lejos a la de los animales luminiscentes de El mundo de cristal. Sin embargo, por mucho que haya desvariado en ocasiones, «Ballard sigue siendo mucho Ballard», en palabras del director de esta revista, y cualquiera de sus volúmenes es una fiesta literaria, incluso los que, habiendo caído en manos de editores desaprensivos, como Huracán cósmico, en la infausta Nebulae de Edhasa, tienen traducciones incomprensibles. (También en Hola, América se escapan voces extrañas, por cierto.) Tome el lector, pues, como advertencia lo siguiente: Hola, América es puro Ballard. Si es usted de los que se aburren con él, ni se acerque.

«Novela menor», le dicen. Puede ser, pero pocas novelas menores contienen imágenes como la del puente sobre el estrecho de Verrazano, que «parecía un arpa reclinada que había cantado una última canción al mar indiferente» (p.13). Son pocas, que yo sepa, las que nos golpean desde la primera página con una sucesión de capítulos edificados a partir de un fucilazo, como aquel de la Estatua de la Libertad, la «madre muerta», hundida en el mar después de que los antiguos habitantes de los EE.UU., huidos de su país tras la crisis energética y los efectos del cambio climático, hubieran intentado remolcarla hacia el viejo mundo. La estatua, medio sumergida, vuelve el «rostro lavado por las olas» hacia el cielo, como recibiendo a los expedicionarios que regresan a la vieja tierra de promisión para recolonizarla.

Porque de eso trata la novela: de unos personajes fronterizos, con los hombros combados por el peso de un pasado herido por el recuerdo de la diáspora, que pisan el nuevo mundo (en este caso nuevo-nuevo mundo) para redescubrirlo y fascinarse con las ruinas de una antigua civilización, tan alienígena como amenazadora. El hilo argumental es débil. Los personajes, a excepción de protagonista conradiano (un hombre no forjado aún, sumido en un ansia vagamente heroica) y a la figura también conradiana del presidente Manson (trasunto del tinieblado Kurtz), están desdibujados, tienen poca entidad. ¿Y qué? El mundo que nos describe Ballard con mirada británica (ve al colono/polizón con extrañeza compasiva, con simpatía) está lleno de maravillas surrealistas como esa jirafa paseándose por Las Vegas y alimentándose de frutas que penden de los postes de la luz, como los mandriles que se aman en las esquinas de los casinos. La nueva América es ese lugar ajeno que contemplamos desde Europa cuando miramos a los EE.UU., una tierra de aventureros celosos de su independencia, de sus armas atesoradas, de su libertad familiar, centrados en pequeñas células familiares que vehiculan una memoria colectiva mezcla de calvinismo y de acracia.

También hay una fuerte carga ideológica en el libro: las figuras centrales, Wayne y Manson, encarnan los dos tipos de americano unidimensional popularizados por los ensayos de bajos vuelos. Wayne es el «emprendedor ingenuo», que se lanza en pos del futuro con ímpetu infinito, sin miedo a vivir ni a consumirse en un destello de gloria. (Se equivocan quienes definen el neoliberalismo como distopía; muy al contrario, es la utopía más alegre que existe: su ideal es el paraíso de los jóvenes eternos, bullentes de proyectos hasta el infarto, trabajadores hasta la muerte por agotamiento. Partiendo de la base de que todas las utopías son asesinas por naturaleza, no me parece que ésta quede en mal lugar.) Por otro, el presidente-asesino psicópata Manson, obsesionado con la higiene, deseoso de limpiar con misiles las impurezas, las «plagas» humanas, ya no sólo de su propia patria, sino del mundo entero, es el neocon —neologismo para los ultras de toda la vida— que, en palabras de uno de los personajes, «como un suicida se defiende contra su propio cuerpo» (p. 202), infestado por «los otros», que llegan de ultramar.

«Novela menor». Ya.

Alberto Cairo