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Colosal despliegue de medios Juego de tronos, de George R.R. Martin Abrir este primer tomo de la laureada serie de Martin es como desembalar un prisma poliédrico por el que sumergirnos en un intrincado laberinto de historias, personajes, sentimientos y obsesiones. Juego de tronos es una obra monumental y su saga, a buen seguro, va a ser un referente para toda la fantasía épica bien escrita. El mundo de Juego de tronos reproduce fielmente los esquemas sociales de la Edad Media europea. En este universo se entrecruzan largas dinastías y enrevesadas líneas genealógicas. Sin embargo, esta reproducción no busca la idealización tan popularizada por dragonadas y demás productos, sino que plasma toda la crueldad e injusticia del feudalismo. Sin perder épica, Martin introduce personajes disconformes con su rol social. De nuevo, como ya demostró en su espléndida Muerte de la luz, critica las imposiciones sociales y un sistema autoritario al hacernos empatizar con las víctimas. En ese sentido resulta especialmente destacable la ridiculización de valores medievales como lealtad, honor, orgullo o linaje (ya registrados en Muerte de la luz) al manejar personajes estereotipados que actúan ridículamente. Estos valores son asumidos y dramatizados por menores de doce años con delirios de grandeza, pero que se echan a llorar a las primeras de cambio, rozando el patetismo y casi dando lástima. Estos niños juegan un papel muy importante en la saga, con lo que Martin garantiza la continuidad de la serie. Al manejar a seres tan jóvenes, podemos estar atentos a su evolución y maduración. Martin trabaja muy bien este aspecto y muestra una enorme disparidad de caracteres y matices hasta conseguir un estudio de personajes francamente excepcional. Cada uno de ellos posee una personalidad compleja con un entorno y un universo propios. Estas diferentes percepciones del mundo chocan entre sí con frecuencia, y de este modo nos encontramos con la oposición carácter frío-carácter cálido, naturaleza salvaje-civilización, deseo individual-deber... Hay que insistir en la dicotomía mundo infantil-mundo adulto porque cuando ambos entran en conflicto surgen escenas memorables, las mejores de la novela en opinión del abajo firmante. Efectivamente, los personajes constituyen la base de la obra. La estructura, además, refuerza esa idea: capítulos breves titulados como el personaje centro de la atención del narrador y del texto, lo que nos aporta un multiperspectivismo fundamental. Juego de tronos está repleto, pues, de personajes contradictorios, incoherente, vivos, arrastrados en su mayoría por obsesiones como la venganza, la justicia o el orgullo; términos abstractos y relativos que toman cuerpo para manifestar su subjetividad. El carácter épico del libro (que existe) se sustenta en apuntes premonitorios, detalles legendarios y folklóricos y otras características propias de la épica medieval. Además, se adereza incorporando elementos de terror sobrenatural y realismo crítico. (Podría pasar por una fantasía histórica.) Así, la novela encierra varias líneas argumentales en las que se superponen tonos: dramático, épico, satírico-burlesco... Variedad necesaria para dinamizar una obra tan extensa. Ante el lector se despliegan numerosas tramas coronadas por las intrigas nobiliarias, tejiendo una tela de araña que atrapa, progresivamente, la atención; los acontecimientos se precipitan hasta dejar al lector colgado en el clímax, en espera del siguiente tomo. Martin sabe mucho de esto (sin duda fruto de su experiencia televisiva) y conoce los mecanismos para asegurarse de que leeremos el siguiente volumen sin uñas. Esperemos que continúe la saga con la maestría y la técnica con la que la ha iniciado. Puede ser algo histórico, de verdad. Alberto García-Teresa
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