En defensa del buen escapismo

Komarr, de Lois McMaster Bujold

Con los años, Lois McMaster Bujold ha ido haciéndose con un nutrido, incondicional y entusiasta grupo de seguidores, pero también con un abundante y no menos entusiasta grupo de detractores. A lo largo de todo ese tiempo me las había apañado para permanecer al margen de la polémica, sin decantarme por bando alguno, por el método simple y eficaz de no haber leído ninguna de las novelas que le han dado fama. Pero también, a lo largo de todo ese tiempo, la curiosidad ha ido creciendo en mi interior y con cada nueva aventura de Miles Vorkosigan que veía la luz me preguntaba a mí mismo si no sería ya hora de romper la incertidumbre.

Y la experiencia ha sido, en cierto modo, decepcionante por partida doble. Su obra no me ha parecido la apabullante maravilla que sus fans han intentado venderme estos años pero, confieso no sin cierta perplejidad, que no he encontrado en ella tampoco el menor motivo para la campaña (airada, ofendidísima y casi con aires de cruzada justiciera) «anti Vorkosigan» que uno ha podido observar. Creo que «sin pretensiones» es el adjetivo que mejor le cuadra a la serie de Vorkosigan, o al menos a la primera novela de la misma con la que me he enfrentado, este Komarr que no pasa de ser una aventura sencilla, carente de complicaciones pero narrada con fluidez y sentido del humor. ¿El resultado? Que casi antes de haber abierto el libro ya había terminado de leerlo y que el tiempo se me había pasado sin darme ni cuenta.

Los ingredientes no son nuevos: trama con un pequeño toque de intriga, no muy complicada pero bien estructurada, personajes bien delineados para que encajen en la historia y un protagonista que se convierte en cómplice del lector. Si a eso unimos una manera de narrar que lo único que pretende es llevar al lector de un lado a otro con el menor esfuerzo posible, una cierta ironía hacía sí mismo del protagonista (indispensable para que no nos resulte repelente) y varios toques humorísticos, presiento que tendremos delante el esquema de la mayor parte de las novelas de Vorkosigan. En otra palabras: entretenimiento en estado puro y sin pretensiones de ser otra cosa.

¿Es eso tal vez lo que molesta a una cierta parte de la «intelectualidad» en el estamento teórico de la cf española? ¿Que el lector opte masivamente porque lo entretengan y no lo hagan pensar? ¿Que el público quiera que lo tengan unas horas alejado de sus problemas y lo hagan identificarse con un personaje que, pese a tenerlo todo aparentemente en contra, consigue ganar siempre? ¿Van por ahí los tiros: la obra de Bujold es mala porque es «escapista»? No entro a valorar los matices ideológicos de la cuestión, e incluso puedo aceptar las premisas de que, como tal narrativa de propósitos escapistas, la obra de Bujold resulte reaccionaria y falsamente consoladora. Lo que no acabo de ver es qué tiene que ver la ideología con la literatura y menos aún comprendo cómo el mismo crítico que pone el estilo y el placer producido por la literatura por encima de cualquier otra consideración, cuando le interesa acude a sustentar sus opiniones con aspectos, no ya estéticos, sino ideológicos.

Por mi parte, mañana mismo acudiré a uno o dos amigos y les pediré que me dejen sus novelas de Vorkosigan. Mientras me siga entreteniendo y haciendo sonreír de la manera en que lo ha hecho con este Komarr, Lois MacMaster Bujold tiene en mí, no un fan, pero sin duda sí un lector agradecido.

Rodolfo Martínez