|
Un Dick ligero Laberinto de muerte, de Philip K. Dick Laberinto de muerte pasaba por ser la novela más importante de Dick que permanecía inédita en castellano, y su inclusión en el lanzamiento de Mundos Imaginarios es —por ello e incluso al margen de ello— motivo de regocijo, tanto como lo pueda ser la edición del volumen de cuentos de Sturgeon comentado antes. La importancia capital de la obra de Dick sigue revalorizándose por momentos, llegando al extremo de que se lo empieza a considerar el autor más influyente de toda la historia moderna del género. El motivo de ello es posiblemente circunstancial, pero a partir de la difusión del ciberpunk y probablemente gracias a la popularización de internet y del concepto de realidad virtual, el cine ha empezado hace muy poco a explotar el tema dickiano por excelencia: la realidad «falsa» característica de tantas de sus novelas. Y su impronta puede rastrearse de pronto en todos los frentes de la ciencia ficción más de vanguardia, desde el propio William Gibson, hasta los más recientes Greg Egan, Richard Calder, Jeff Noon, Jonathan Lethem y Raphael Carter, pasando, por qué no, por el japonés Haruki Murakami. Y mucho me equivoco, o esto es sólo el principio. En este contexto, la publicación de Laberinto de muerte es doblemente oportuna, ya que las novelas de Dick más representativas del tema al que hacía referencia están todas descatalogadas. Laberinto está ambientada en una colonia espacial a la que llega un pequeño grupo de personajes decididamente neuróticos que se enfrentan a un enigma perturbador: no saben cuál es su función allí. Como contrapunto, pertenecen a una cultura que no sólo ha comprobado físicamente la existencia de Dios, sino en la que además resulta factible el contacto directo con avatares de la divinidad. Es una novela de estructura muy sencilla, y si bien no es una de sus obras más elaboradas desde el punto de vista narrativo, tiene la virtud de estar construida como un juego de cajas chinas en el sentido más dickiano del término. Por esa razón, se la puede considerar un plato ligero ideal para cualquier lector que quiera familiarizarse un poco más con todo esto de lo que vengo hablando; los que ya están contagiados del virus del «papanatismo dickiano» no necesitan de ningún tipo de acicate. Ah, por si a alguien le interesa la anécdota, ha sido el primer caso de un libro cuyos derechos intenté adquirir para la colección Gigamesh infructuosamente. Alejo Cuervo |