La ucronía de la pequeña historia

La conjura contra América, de Philip Roth

Esta narración, que trata acerca de una familia judía enfrentada al peligro de una conspiración antisemita en unos EE. UU. alternativos, es, como todas las grandes historias contemporáneas, un compendio de pequeños sucedidos minúsculos y circunstanciales, pero que afectan a personajes con carne de personas reales y generan en ellos sensaciones, temores y reacciones reconocibles para cualquier lector. Esa es la esencia con la que Philip Roth lleva años siendo uno de los mejores escritores vivos sin dejar casi nunca de relatar historias de judíos neoyorquinos. Pero es que su talento hace pasar todo el universo de la fragilidad humana por los barrios de Nueva Jersey, como llevan haciendo pasar la vida entera todos los grandes de la literatura universal por sus pequeños rincones junto al Misisipi, la estepa rusa, las orillas del Sena o ciudades españolas de provincias.

Roth, septuagenario, se planteó un proyecto sorprendente al que ha dedicado cuatro años: una historia en la que el aviador Charles Lindbergh, notorio antisemita, se convierte en presidente de los EE.UU. y pacta con los nazis la neutralidad estadounidense, como primer paso hacia la eliminación de los judíos del país. El punto de ruptura de esta historia alternativa es improbable, pero no imposible: la candidatura de Lindbergh, aunque sin grandes apoyos, llegó a plantearse en el seno del Partido Republicano.

A partir de ahí, la labor de Roth se desarrolla en dos vertientes inhabituales en el subgénero de la ucronía, pero sin duda lógicas en el contexto del trabajo del autor. Por un lado, nos cuenta «la gran historia» con un tono documental, a veces excesivamente detallado, con el que explica la evolución de los acontecimientos en los EE.UU. sin escatimar referencias a los personajes que pudieron tener un papel en el desarrollo histórico propuesto; la mayor parte de ellos son desconocidos para el lector español, aunque Roth incluye un epílogo en el que traza pequeñas semblanzas históricas de algunos. Pero principalmente nos detalla las desventuras de los Roth, judíos de un suburbio de Newark, que asisten como espectadores al germen de un movimiento filogermánico en el seno de los EE.UU. y que llega a dar los primeros pasos hacia una segregación total de los de su etnia.

En este punto, por supuesto, Roth convierte la novela en algo sobresaliente. Son los ojos de un pequeño de nueve años, Philip, obvio trasunto «ucrónico» del autor, los que transmiten al lector las progresivas desgracias que se ciernen sobre la familia: la marcha de un sobrino para luchar con los ingleses contra Hitler, el rechazo de los ciudadanos de Washington a la familia en una visita turística, la necesidad del padre de abandonar su modesto trabajo como vendedor de seguros y convertirse en cargador de frutas para evitar la diáspora...

La principal lección de Roth para la mayor parte de la ucronías es la sutileza. Hay un momento especialmente hermoso, casi al final de la novela, cuando el niño Roth advierte que el ascenso filonazi en los EE.UU. está destruyendo su vida por un detalle: una noche su madre no ahorra en conferencias telefónicas para comprobar si sus amigos están bien, rompiendo todos los supuestos precedentes de economía familiar. No hay en ningún momento de la novela persecuciones como tales ni momentos de humillación descarnada; sólo una sombra creciente, una certeza cada vez más pesada, la conversión progresiva a través de un millón de cambios sutiles, y todos ellos perfectamente justificables mediante argucias en el seno de un sistema democrático, por los que el totalitarismo se vuelve una realidad cada vez más tangible.

En cambio, la novela tiene un tono bastante menor cuando apela a la gran historia, y decididamente termina con mal pie cuando Roth decide poner fin al régimen de Lindbergh y devolver a Franklin Delano Roosevelt a la presidencia poco menos que de un plumazo. Pero Roth ya hizo sus deberes páginas atrás, reflejó su interés en un aspecto de la sociedad judía en el que aún no había reparado y, en suma, nos deja una de las mejores ucronías de todos los tiempos, con un consejo implícito: hay una historia que trata sobre individuos, no sobre generales ni presidentes, que también vale la pena contar, aunque para hacerla interesante haga falta, además de imaginación, verdadero talento literario.

Julián Díez