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Desigual empacho de postmodernidad La estación de la calle Perdido, de China Miéville En los últimos años parece haberse desarrollado una tendencia común a todo género: la literatura del «todo vale». Los años noventa instauraron una moda «postmoderna» en la que se mezclan churras con merinas, subgéneros aparentemente irreconciliables conviven en la misma narración (e incluso en la misma frase) y, en definitiva, se avanza hacia una suerte de «globalización», «mestizaje», «hibridación» o comoquiera que demos en llamar a un fenómeno cuyo máximo exponente, en el campo de la ciencia ficción, es Hyperion de Dan Simmons. Así entendida, La estación de la calle Perdido aparece como un eslabón más en la cadena de la literatura postmoderna, abigarrada y desmesurada que parece marcar la pauta del cambio de milenio. Una literatura carente de complejos y empeñada en abolir fronteras o distinciones de género. Sólo desde esa postmodernidad —el fenómeno que explica que Jeff Noon o William Gibson sean autores de culto más aceptados fuera que dentro de las fronteras del fandom, al mismo tiempo que J.K. Rowling y Neil Gaiman irrumpen en el palmarés de los sacrosantos premios Hugo— podemos comprender el juego de influencias y guiños literarios urdido por China Miéville en esta novela. El mismo Miéville es un ejemplo paradigmático de este juego postmoderno-mestizo-globalizador. Licenciado por Cambridge, especializado en Derecho Internacional y marxista radical militante, está llamado a ser una figura importante de la incierta interzona de nadie a la que el género fantástico parece aproximarse. Ganadora o finalista de casi todos los premios gordos del año pasado (se llevó el Arthur C. Clarke y el British Fantasy), La estación de la calle Perdido tiene su razón de ser en el «todo vale» más arriba aludido, que se convierte en su arma principal, pero también en su talón de Aquiles. Estamos en Nueva Crobuzon, vasta megalópolis imposible de ubicar en cualquier mundo conocido o por conocer. ¿Heredera de un Londres postapocalíptico desfigurado por los milenios y las guerras nucleares? ¿Perteneciente a un mundo paralelo, mitad victoriano, mitad gótico? ¿Capital de un círculo del Purgatorio? En Nueva Crobuzon coexisten seres de los más diversos pelaje, plumaje y condición, desde humanos normales hasta las khepri (hembras despampanantes con cabeza de insecto que parecen extraídas de un cuadro del Bosco), pasando por los garuda (aves humanas con un código moral bastante chocante y estricto). La alteración genética o quirúrgica está a la orden del día, y de hecho uno de los peores castigos que contempla el código penal de la ciudad es la modificación, la condena a ser «rehecho». Por eso no debe extrañarnos que las investigaciones científicas de Isaac Dan der Grimnebulin den un giro brusco al conocer a Yagharek, un garuda desposeído de sus alas; un ángel caído. Isaac se propone devolverle sus alas, para lo cual colecciona toda clase de seres voladores. Nueva Crobuzon vive a la caza y captura de aves e insectos. Por su parte, Isaac vive un romance prohibido con Lin, una khepri que hace esculturas con las secreciones de sus glándulas salivares y que está acometiendo su trabajo más difícil: retratar a Motley, el todopoderoso capo de la mafia de Nueva Crobuzon, un ser de forma cambiante e indescriptible. Todo se complica cuando Isaac recibe unas extrañas larvas que segregan el psicotrópico definitivo, la «mierda onírica». La huída de estas criaturas abre la caja de Pandora en Nueva Crobuzon, desata una catástrofe de consecuencias imprevisibles, en la que las autoridades locales tienen que recurrir incluso a las fuerzas del Infierno. El «todo vale» de La estación de la calle Perdido es continuo. El retrato de criaturas a cual más extraña deja de funcionar por acumulación. Las sociedades khepri o garuda poseen verdadero relieve y son coherentes; pero según avanza la novela nos encontramos con un desfile de criaturas de feria que a la larga nos hastían. La descripción de los ambientes de Nueva Crobuzon es magnífica, probablemente nos hallemos ante el hallazgo más deslumbrante de la topografía fantástica contemporánea (digna de figurar en la Guía de lugares imaginarios de Alberto Manguel y Giani Guadalupi); pero hacia la página cuatrocientas uno ya desea con toda su alma que los personajes dejen de pulular por sus recovecos y se queden quietecitos de una vez por todas. El fenómeno que Julián Díez denominó hace unos años «ampliación de campo» se aprecia también en la novela: lo que empezó como una historia centrada en tres personajes que apenas se mueven de dos ambientes da paso a un asunto turbio de drogas, que a su vez amplía su radio de acción a un problema de alta política y corrupción, que a su vez desemboca en una revuelta social y, en última instancia, una intervención demoníaca que, huelga decirlo, necesita recurrir a otros actores más poderosos aún para detener la amenaza que se le viene encima a Nueva Crobuzon. La acumulación de piruetas y efectos hace que La estación de la calle Perdido pierda fuelle, y la ambición desmedida de China Miéville (cuya última novela, La cicatriz, parece aún más exagerada) se vuelve en su contra. Ello no resta méritos a algunos logros que la convierten en una novela imprescindible, pese a sus altibajos narrativos y extensión excesiva, para saber hacia dónde se encamina el género fantástico. Juanma Santiago
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