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Alegorías sin gancho La fisiognomía, de Jeffrey Ford La Fisiognomía, opera prima de Jeffrey Ford, es una novela que llega precedida de un prestigio considerable: ganó el World Fantasy Award de 1998 y ha recibido todo tipo de elogios por parte de la crítica anglosajona más fina. Lo cierto es que, al menos para este cronista, todo ello resulta incomprensible. La Fisiognomía, en palabras del New York Times, se nos intenta vender como una «alegoría moderna a la manera de Frank Kafka», pero la verdad es que un servidor ha sido totalmente incapaz de encontrar significación o contenido metafórico alguno en ningún rincón de su imaginería. La narración del fisiognomista de primera clase Cley, desde que sale de la Ciudad Bien Construida para cumplir un encargo del Amo, hasta que, según dice, descubre que sus convicciones son arbitrarias y se produce un cambio en su persona, resulta tan gratuita que nada de lo que explica produce emoción o sorpresa, y se va adquiriendo en cambio la sospecha de que el autor podría seguir así indefinidamente, acumulando con indiferencia detalles pretendidamente grotescos y cualquier antojo fantástico que le viniera en gana. En realidad, más que a Kafka, la novela remite directamente al Gene Wolfe del Libro del Sol Nuevo, con un narrador en primera persona que no cuestiona la particularidades del universo en el que se mueve. Pero en malo: el estilo de Ford es gris comparado con el de Wolfe, y la monotonía con la que su personaje describe lo que le pasa no logra convencer de que sea capaz de sentir nada, ni sirve para dar vida a ningún otro de los acartonados personajes. Y donde Wolfe construye un todo coherente en el que cada detalle pesa y contribuye a formar un todo portentoso, Ford se limita a meter trastos en un cajón desordenado. Un botón de muestra: «Quería un conejo, aunque en el Más Allá estos animales tenían la cara rosada y carnosa de los cerdos, y un sabor extraño... terroso, como de ave» (pág. 189). ¿Bonito, verdad? Debe ser una alegoría así de grande, pero el caso es que no hay ninguna otra referencia a conejos en toda la novela, no se sabe por qué se molesta en explicarlo y podría haber dicho lo mismo, o algo parecido, de cualquier bicho comestible. Y así con todo. Alejo Cuervo |