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¿Dónde está el hechizo? La fuente del unicornio, de Theodore Sturgeon ¿Qué hace que un relato sobre amor y belleza, sobre sentimientos subvertidos por su permanente manipulación en culebrones y subproductos culturales varios, funcione como una fresca brisa? Se supone que, como crítico, una de mis tareas debería ser la de destripar un relato de los que componen esta antología de Sturgeon y explicar dónde reside su magia. Pero no lo sé. Supongo que, si lo supiera, sería escritor. Y tan bueno como lo era el gran Theodore. Esta antología que abre la colección Mundos imaginarios de Plaza & Janés representará, posiblemente, un primer acercamiento para muchos aficionados jóvenes a la obra de Sturgeon. Y no será un acercamiento en tono menor, puesto que varios de los relatos incluidos están entre los mejores de su obra y dan razones al especial que le hemos dedicado en estas mismas páginas, además de reforzar una sensación que siempre he tenido: ¿qué le falta a este escritor para ser conocido como otros grandes, a la par (si no por delante) de Asimov, Bradbury o Heinlein? Seguramente le faltan novelas, pero no es éste el tema. Aquí están estos relatos. Está el terror más allá de tópicos, el terror que no necesita de monstruos al uso ni de homenajes, de sangrientas exhibiciones o de otra cosa que no sea el puro talento, en cuentos como “Las manos de Bianca” o “Una manera de pensar”. Está la ciencia ficción original, utilizando los mecanismos del género para contar historias hermosas, como hace en “Un plato de soledad” y “El mundo bien perdido”. E incluso hay curiosos regalos fuera del género, como el extraordinario “Muere, maestro, muere”, un brillante análisis de una psicopatía que se lee de un tirón pese a extenderse durante cincuenta páginas, o el breve y demoledor “Cicatrices”. Está, como siempre, la capacidad empática de este escritor, esa voz sabia de fondo que nos dice continuamente: «Podría pasarte a ti». La voz de un hombre sabio, de una sensibilidad extraordinaria, que pone por escrito sus vivencias y te las hace sentir como propias. Y está también el conocimiento, el criterio finísimo de un narrador que es capaz de convertir en maravillas unas historias que, desnudas, no pasan de argumentos extraños, demostrando una vez más qué gran vehículo para la gran literatura es el fantástico cuando está en manos de un maestro, demostrando una vez más que el género ha dado a este siglo obras maravillosas que no palidecen ante las mejores del llamado mainstream, y reafirmando una vez más que la idea sólo es grande en manos de la literatura. Julián Díez |