Cuando los diamantes y las lamias dan zarpazos

La fuerza de su mirada, de Tim Powers

Estoy convencido de que si Byron levantara la cabeza (aunque, refiriéndome a Byron, se me objetará con razón: ¿qué cabeza?), el único error de su pasado del que se lamentaría, más allá de haberse dedicado a escribir poemas, haberse destrozado el hígado a fuerza de dietas purgantes o incluso de haberse casado, sería el de haber invitado a Shelley y a sus melancólicas compañeras de viaje a compartir techo en su mansión suiza de Villa Diodati, pues aquel gesto de hospitalidad con el que pretendía proteger a sus compatriotas de una noche de tormenta, ha gestado más leyendas negras que todos los cumpleaños de Ronaldo juntos. Por culpa de aquella ingenua cordialidad, Byron se ha convertido en protagonista de películas, estrella de musicales, ha llegado a poseer un consultorio radiofónico propio en la BBC y hasta se ha mutado en vampiro, no sólo con su propia persona sino también como una influencia apócrifa, pues no hay duda de que el Lestat de Anne Rice responde menos al perfil funcionarial de un aristócrata transilvano que a la estridente y luminosa etopeya del poeta inglés, quien se atrevía a vestir como una estrella del rock mucho antes de que los Beatles se volvieran más famosos que Jesucristo.

Pero a pesar de su escandalosa profusión y sus pretensiones de originalidad, lo cierto es que la mayoría de las obras literarias que celebran a un Lord Byron revestido de carne inmortal se han ido sucediendo sin que una sola frase las convierta en algo lo bastante memorable como para que algún día podamos discutir sus hallazgos con nuestros nietos. Sin embargo, la novela de Tim Powers, que también tiene a Byron como uno de sus protagonistas, pertenece a ese género de libros cuya lectura nos hace pensar: éste es el lugar en el que quiero vivir cuando sea mayor. Desde los tiempos de La balada del mar salado de Hugo Pratt y Las memorias de Lord Byron de Robert Nye, jamás había leído una historia en la que el poeta inglés no saliese mal parado y el relato que lo sostenía no acabase destrozado por la presencia de su sombra alargada. En el caso de La fuerza de su mirada, además, el riesgo era doble: actualizar el mito vampírico, refundiendo para ello textos bíblicos, leyendas hebreas, fábulas grecolatinas y cuentos medievales (como “La Belle Dame Sans Merci”, que el propio Keats retrató en uno de sus poemas), y emplear al mismo tiempo como protagonistas a personajes históricos que ya se han convertido en recursos habituales del tópico, no era desde luego tarea fácil. Sin embargo, Powers no sólo sale indemne de prueba tan dura, sino que incluso se refocila en mostrar sus aptitudes extendiéndose casi sin desmayo (y digo «casi» porque hay momentos en que la morosidad de las descripciones se vuelve excesiva, a veces por culpa del preciosismo a cámara lenta con que Powers construye su prosa, otras por necesidades de una traducción que se ve obligada a retorcerse a extremos inauditos para lograr sin mayores estragos la elasticidad de las frases de Powers, defectos que algún lector podría llamar «el síndrome de Suiza», puesto que desaparecen en cuanto se pasan páginas lejos del reino de los relojes de cuco) hasta más allá de las quinientas páginas. Casi nada.

En la novela, Michael Crawford, un especialista en obstetricia (ocupación extraña para el protagonista de una novela, diríamos, si no fuera porque en las novelas de Powers todo está calculado al milímetro, y nada más inteligente por su parte que emplear como protagonista de la novela precisamente a un experto en cavidades femeninas), se detiene junto a unos amigos en una posada de Warnham, Sussex, antes de seguir camino a Bexhill-On-Sea, donde va a celebrar su boda. Amigos y prometido, bebidos más allá de lo políticamente correcto, desfilan por un barrizal bajo la pirotecnia de una formidable tormenta, sin otro propósito que seguir bebiendo hasta que las luces del alba surjan por el horizonte para orearles las ropas mojadas y el espíritu recién regado, aunque antes de que las cosas se salgan de madre, Crawford decide colocar el anillo con el que va a desposar a su novia en el dedo de una estatua de piedra: típica genialidad como las que sólo se te ocurren cuando estás borracho. La cosa no pasaría a mayores si no fuera porque cuando se dispone a recoger el anillo no sólo advierte que éste ha desaparecido, sino que la misma estatua en la que lo había engarzado parece haberse desvanecido en el aire: a lo tonto, Crawford acaba así de casarse con un trozo de piedra que le va a hacer la vida imposible, aunque le permitirá vivir deliciosos e inquietantes cameos con la flor y nata de la poesía inglesa de su tiempo y conocer cierta clase de amor que desde luego no se atreve a nombrar en voz alta. Y, a tenor de lo que nos descubre el texto, casi mejor que no lo haga.

¿Basta esto para hacer de La fuerza de su mirada una novela recomendable? En manos de alguien como Powers, capaz de fundir la ternura con lo macabro y la realidad con la fantasía como sólo un escritor de sensibilidad intransferible puede hacerlo, por supuesto que sí, y no únicamente para un fan fatal de los más célebres de los poetas románticos ingleses, o incluso de películas como Matrix o videojuegos como Max Payne, pues (cito para los coleccionistas de curiosidades) La fuerza de su mirada es con toda seguridad el primer libro que describe el famoso «tiempo bala» antes de que Michel Gondry congelase el tiempo para un anuncio de Smirnoff o de que los hermanos Wachowski soñasen con proyectiles que surcan el espacio atravesando burbujas de sonido que estallan a su paso como pompas de jabón. La asociación de ideas que maneja Powers para dar respuesta a la pregunta: «¿De dónde vienen las musas?», así como el preciosismo de las imágenes que levanta ante nuestras narices mientras seguimos absortos el hilo de una frase hipnótica, o simplemente la posibilidad que nos brinda de pasear entre un abanico de personajes que se mueven por las páginas de la novela como seres a un tiempo verosímiles y fantásticos, en capítulos que parecen haber inspirado a Lawrence Norfolk para su magistral El diccionario de Lemprière, bastarían para invitar a quien no lo haya hecho aún a leer cuanto antes La fuerza de su mirada: si de veras todavía quedan lectores que no temen ingresar en un mundo insólito e inquietante, oscuro y luminoso como el zarpazo de un diamante, deben abrir este libro y dejarse conquistar por La fuerza de su mirada. Hay cosas que nadie volverá a ver después con los mismos ojos: ni una estampita del Mont Blanc, ni las estatuas apostadas en las calles de Venecia, ni siquiera las piedras que se forman en el riñón.

Y si alguien duda aún de que los diamantes puedan dar zarpazos, entonces es que todavía tiene pendiente de lectura la embrujadora novela de Tim Powers.

Lorenzo Luengo