Guía de lectura novelada de Valis

La invasión divina, de Philip K. Dick

No cabe duda que el 2 de marzo de 1974 marcó un punto de inflexión (o, mejor dicho, quedó marcado con un rayo de luz rosa coherente) en la obra de Philip K. Dick. Y no porque aparcase los temas habituales del que era su universo literario personal hasta aquel momento (la identidad y la naturaleza de la realidad), sino porque encaminó sus esfuerzos a tratar de racionalizar la teofanía que, según sus palabras, había experimentado en aquella fecha. Su primer asalto, Valis, es una prueba fehaciente de la personalidad compleja de Dick, capaz de desarrollar la cosmogonía más compleja para, pocas páginas después, burlarse de sí mismo y despedazarla y construir otra distinta (e igual de coherente) con las mismas piezas.

Si la sinceridad más cruda se encarnó en la novela autobiográfica antes mencionada, en la que Dick experimentaba (o no, y quizá sólo nos desnudó su psique) escindiéndose en el escritor externo, la voz narradora que lo reemplaza y su alter ego protagonista Amacaballo Fat, La invasión divina representa un retorno a la novela al uso. Pero no nos llamemos a engaño: Dick subvierte la estructura novelesca a su antojo: intercala, sin pudor de escindir la trama, fragmentos de la Exégesis dickiana, o utiliza la transliteralidad y ataca la propia realidad del lector.

No se puede negar la evolución estilística de Dick, que empezó su carrera escribiendo a destajo en el más puro estilo pulp y a base de oficio consiguió unos resultados formales más que satisfactorios: bella en su concisión, con los personajes mejor definidos de su narrativa, y conducida por una voz propia que esta vez no depende únicamente de la imaginería del universo dickiano para brillar.

Centrándonos en la trama, La invasión divina nos presenta a un perdedor pusilánime llamado Herb Asher, cuya única tarea es recibir y transmitir canciones de Linda Fox mientras medra en la cúpula de una colonia dejada literalmente de la mano de Dios. Su vida rutinaria se ve trastocada cuando Dios, exiliado en la colina donde reside Asher, decide inmiscuirse en su vida. Le comunica que Rybys Rommey, una vecina que agoniza en otra cúpula aislada del planeta, y para más señas virgen, está embarazada del hijo de Dios, y que él ha sido elegido para acompañarla como si fuera San José. En compañía de Elías Tate (adivinen a qué figura bíblica «reencarna»), su misión es acompañar a Rybys a la Tierra para asegurar el nacimiento de Emmanuel, que habrá de derrotar el mal, simbolizado por el gobierno bicéfalo (y bipolar) de la Tierra, compartido/disputado entre la Iglesia cristiano-islámica de Washington y el Partido Comunista de Moscú. Pero una profecía fatídica se cumple, y Emmanuel nace con taras mentales: ha olvidado quién es y cuál es su propósito, y depende de una enigmática amiga del colegio, Zina, para recuperar el recuerdo de su propia naturaleza y evitar las trampas de Belial, el ángel caído cuya presencia amenaza entre líneas.

La senda a recorrer está llena de dudas, en tanto que el hijo de Dios (y al mismo tiempo hombre) intenta alcanzar el conocimiento, su idios kosmos, partiendo de la ceguera absoluta de quien está atrapado en la Gran Prisión de Hierro, como llamó Dick metafóricamente a la realidad distorsionada que nos impide aprehender la naturaleza íntima del universo. Quien dice universo, dice al auténtico Creador, que se identifica con el conocimiento último o koinos kosmos, y no al mutilado que pergeñó esta realidad de pacotilla que se le escapa de las manos, incapaz de derrotar a Lucifer y que envía su hijo dos veces a sacrificarse por unos hombres que tampoco le salieron muy perfectos que digamos.

Además del ansia de vivir, la desorientación y la angustia vital que fueron el motor de su escritura, se entrevé el hambre de conocimiento que lo llevó a mezclar cábala, judeocristianismo, paganismo, ciencia y psicología, y regurgitarnos un mundo que es todos ellos y más y ninguno a la vez. Pero esta mezcolanza que desbordaba en Valis aparece, en La invasión divina, más estructurada y mejor cohesionada. Sin duda, el distanciamiento de Dick en esta obra le permitió ordenar y sistematizar las ideas de Valis, haciendo de La invasión divina una obra amena, por bien escrita, y una excelente puesta en escena de la cosmogonía que hace un poco más inteligible el Sistema Activo de Vasta Inteligencia Viva.

Éste es el mundo inaprensible que vislumbró Dick. Perturbado o perturbador, al lector le hará falta una gran carga de empatía, e incluso de valor, para dejarse llevar por las corrientes tortuosas de su mente. Eso sí, la experiencia no lo dejará indiferente.

Álex Vidal