[8], afirmación sobre la que volveremos más adelante. Lo que tal discurso trata de colar subrepticiamente es que la novela tradicional, que las mentes más obtusas asocian, no se sabe por qué, con la novela realista, está obsoleta, y que ha nacido una nueva manera de establecer el valor de los textos ç. Este es un hecho exclusivo de la cf: ni la novela negra, ni la novela histórica, ejemplos de subgéneros, han pretendido nunca enarbolar bandera alguna de identidad colectiva que las diferencie del resto de la novela. Son novelas y se identifican como tales. Sus temas no las segregan del resto de la literatura: forman parte de ella.
Una de las expresiones más odiosas del mundillo, «literatura de ideas», nace de estas raíces. Aireada por el ya citado Miquel Barceló, que no duda en usarla con abundancia en su Guía de lectura, la frase se ha popularizado, y es citada acríticamente en casi todas las publicaciones especializadas, literalmente o en esencia. Barceló elude erróneamente el profundo compromiso que debe hermanar todo texto literario con un estilo, ya este gongorino o azoriniano, ya opte por la profusión adjetiva o por la parquedad y la precisión. Porque debe haber un estilo, una belleza formal e imprescindible. Barceló contrapone a Góngora como escritor formal y a Quevedo como escritor de temas lo que es, a todas luces, un disparate. Ninguno de los grandes del debate culteranismo-conceptismo descuidaba en ningún momento la forma, lo que no puede decirse de la enorme mayoría de los autores de cf. Relacionada con la «literatura de ideas», además, están otras definiciones de ciencia ficción, como la de «literatura del extrañamiento cognoscitivo». Hay extrañamiento cognoscitivo desde el nacimiento de la propia literatura, teniendo en cuenta que la literatura es sorpresa estética, y que la estética es cognoscitiva. «Extrañamiento cognoscitivo» quiere significar tantas cosas que acaba por no significar nada; de hecho, produce tanto «extrañamiento cognoscitivo» el Aleph de Contra el infinito (Gregory Benford) como los trastocados personajes de La familia de Pascual Duarte. Tanto en la cf como en el tremendismo hay una dosis considerable de extrañamiento: se nos enfrenta a realidades que se parecen a la nuestra, que podrían ser la nuestra, pero que semejan lejanas, tal vez imposibles. La definición del «extrañamiento cognoscitivo» es tan arbitraria como todas las demás, ya que no aporta nada para profundizar en la acotación del área en la que se mueve la cf. Eso sí, queda muy bien citarla por el aire académico que aporta a los textos.
Los comentarios de Sam J. Lundwall en un libro publicado hace años por Nueva Dimensión son también reveladores. El insigne fan sueco, cuando llega al espinoso tema de Bradbury como escritor «acaramelado y ñoño» (la cita no es de Lundwall), redacta párrafos tan jugosos como el siguiente, que me veo obligado a reproducir íntegro por lo apasionante de sus argumentos en pro de la especificidad de la cf frente a la literatura general:
«Bradbury es uno de los pocos escritores de ciencia ficción que ha sido aceptado en los circuitos literarios. La razón de esta actitud indulgente puede ser discutible, pero desde luego no se debe a la calidad de sus argumentos. Es muy agradable, desde luego, tener a los literatos al lado de uno, aunque concedan importancia preferente (como en el caso de Bradbury) a cualidades que se derivan no de los méritos propios y exclusivos de la ciencia ficción, sino de méritos literarios presentes en cualquier novela melosa y oportunista; creo que en realidad así perjudican notablemente al género. La cf es un campo con cualidades y posibilidades propias, y debe ser reconocida no por su manejo de los instrumentos literarios convencionales, sino de los instrumentos y temas propios del campo. Muchos escritores actuales de género están muy deseosos de integrarlo en la corriente general de la literatura, con lo cual quizás ganarían más audiencia. Por mi parte, no creo que esto sea posible ni deseable. Creo que sería quitarle garra, convertirlo en uno de los muchos campos domésticos de la literatura». (p. 84)
Ni que decir tiene que, para empezar, es discutible que al integrar la cf en la corriente general de la literatura (si es que no lo está ya) se vayan a ganar lectores. De hecho, mi opinión es que se mantendrán los mismos, debido a la generalizada calidad ínfima del subgénero. Sin embargo, lo interesante de Lundwall, que expone crudamente el pensar de gran parte de los aficionados, es el resentimiento iletrado que destilan sus declaraciones. Su teoría de la cf como «campo con cualidades y posibilidades propias», que no debe ser analizada «por su manejo de los instrumentos literarios convencionales» no está argumentada en ningún párrafo de su poco estimable libelo, así que queda para el recuerdo como un chusco intento de un aficionado con algunas lecturas más de lo habitual, pero sin capacidad de analizar nada sin prejuicios adquiridos. Por continuar con las citas, hay otra de Kingsley Amis y Robert Conquest en el mismo libro de Lundwall que es todavía más jugosa:
«La ciencia ficción ha tenido que crecer de hecho, por sí misma, creando sus normas desde dentro, entre sus propios escritores, editores y lectores. Esto quizás haya retrasado su crecimiento, pues la autocrítica no florece en condiciones de aislamiento intelectual. Sin embargo, no creemos que lo que podría llamarse estatus provinciano del género haya sido totalmente perjudicial». (p. 85).
Perjudicial ha sido, desde luego, si hacemos caso a los desgarrados lamentos de los fans más enojados con la gran mayoría de los mortales que no ha tenido la suerte de saborear un buen Heinlein. ¿Ejemplos más recientes? Hay muchísimos. En el editorial de BEM 64, Joan Manuel Ortiz afirma que hay relatos que no le gustan porque:
«(…) Sus historias, muy cuidadas desde el punto de vista estilístico, no tenían argumento alguno, o si lo tenían era raquítico, una mera excusa para encuadrarlo dentro del género. Y si lo que había leído se suponía que era ciencia ficción (lo confieso, soy cienciaficcionadicto), terminaba suspirando por leer cosas de otros autores que, afortunadamente para mí, siguen en la brecha y continúan publicando, a lo mejor no con un estilo tan depurado –que es muy discutible que así sea— pero con historias que, cuando las termino, sí me dejan satisfecho.»
De todos modos, la arrogancia del fan alcanza el absurdo cuando se escucha (periódicamente) otra frase cliché muy querida, y ya mencionada más arriba: «La cf es la forma literaria del Siglo xx, ya que es la única que por propia naturaleza se compromete a explorar las nuevas ideas del universo científico». El salto lógico que se hace en esta afirmación es enorme: la cf es la literatura del siglo xx porque explora las ideas de la ciencia. ¿Y por qué no el ensayo divulgativo? No suele hacer cábalas sobre el futuro, pero sí «explora las nuevas ideas del universo científico» con mayor rigor y, en muchísimos casos, con mayor habilidad y gracia que la propia cf.
Es en todas estas afirmaciones gratuitas y razonamientos tautológicos y absurdos donde descansa la gran farsa de la cf. Y es que ninguna de las definiciones que se ha aportado hace mención de cómo se escribe cf, sino de qué escribe, y ni siquiera esto se deja demasiado claro. La especificidad, tan leve que se diría inexistente, es una cuestión argumental, temática y, a la postre, ajena al hecho de que cualquier texto novelesco es, ante todo, un hecho estético, creado para despertar sensaciones a través de la técnica con que se narra la historia, no a través de lo narrado en sí. La idea de que la cf debe perseguir una especie de credibilidad científica o que debe ser un experimento virtual, que debe extrapolar ideas de la ciencia y reflexionar sobre el futuro es secundaria. Si el único valor de la cf es la conjetura futurista, cualquier libro del subgénero se quedará obsoleto con el tiempo, como de hecho ocurre con los que se preocupan únicamente de jugar con las ideas. No hay más que acudir a la ciencia ficción rancia de las décadas de los veinte y los treinta. Puro kitsch. Una de las características esenciales de todo clásico es la perdurabilidad de sus valores literarios, la capacidad de sobrevivir sin dificultad al efecto erosivo de sus contemporáneos. ¿Y qué queda hoy del valor de gente como Van Vogt, el ingenuo y fatuo Asimov o el primer Clarke, todos ellos sumamente preocupados por sus temáticas? ¿Qué quedará dentro de unos años de los actuales abanderados del hard, como Benford? Casi nada. Todos se han convertido (o se convertirán, en el caso de los actuales) en antiguallas que sólo interesan a los arqueólogos y a los fanáticos del completismo
Pues bien, esta actitud prepotente que hemos intentado describir es un muro casi infranqueable para la creación de un canon. Si la cf no se guía, ni debe guiarse, por las reglas generales de la literatura, en resumen, si no es literatura, ¿qué sentido tiene analizarla con las reglas del mainstream? Esta es la postura aparentemente defendida por Umberto Eco en Apocalípticos e integrados, cuando nos recuerda que «la ciencia ficción es literatura de consumo» y, por tanto, «no es juzgada, a no ser por artificio esnobista, según los criterios aplicables a la literatura de experimento y de investigación» (p. 351). La resistencia del aficionado medio a cualquier injerencia académica en lo que es terreno del mero «placer intelectual», como dicen algunos, es una barrera infranqueable. Además, si se tomaran en consideración todas las obras que podrían ser ciencia ficción, según las definiciones que se han aportado, nos hallaríamos un día ante un canon con pocos libros de los autores considerados imprescindibles por los aficionados, y con bastantes más de escritores mainstream que, inconscientemente, han saboreado esa autoproclamada y banal «literatura del siglo xx»...
A modo de resumen
La existencia de esa entidad proteica y amorfa llamada fandom descansa sobre la falaz y vana ilusión de que la ciencia ficción es un género literario completamente ajeno al resto de la producción escrita, con sus propios códigos, estilemas y constantes. Las peculiaridades del tal supuesto género no se refieren a cuestiones de estructura, construcción o concepción global de la obra artística, como son las que, por ejemplo, segregan los ámbitos (cada vez menos evidentes en sus diferencias, por otra parte) de la poesía y la novela. La ciencia ficción no se sustancia como género a través de un código expresivo propio, dado que ello está más allá del alcance de la mayoría de los escritores adscritos a la corriente, puros redactores de novelas escleróticas (planteamiento-nudo-desenlace; empleo de trucos propios del best-seller aventurero de consumo masivo) y fantasías de poder con fuerte componente infantil[9], sino a través de su temática.
En el futuro, tal vez ya en el presente, la cf ha de enfrentarse con dos fuerzas de igual atractivo: la centrípeta conduce a un mayor aislamiento, a una mayor comodidad del aficionado dentro de su particular mundillo de dialectos, lenguajes gremiales y códigos de conducta específicos; la centrífuga, por el contrario, lleva a la ciencia ficción a aceptar de una vez que es nada más y nada menos que literatura, a someterse a los códigos normales del menospreciado mainstream y a fundirse con él como una rama más, igual que las otras, con los mismos derechos y, sobre todo, con los mismos deberes.
Para completar el cuadro desolador al que se enfrentan los que gustan de leer cf como diversión enriquecedora, y no como una cuestión de defensa de unos valores diferenciales, tenemos el ínfimo nivel de la crítica especializada. El comentarista de cf, ya sea en su encarnación de simple reseñador de novedades, ya sea como bufón gracioso que hace sangre con frases ingeniosas que zahieren lo peor de los peores libros, ha sido educado dentro del fandom desde los primeros balbuceos del mundillo, allá por la era Gernsback, no suele conocer nada más allá del género. Sus referentes no son Cela, Delibes o Javier Marías, sino Heinlein, Vance y Dick. Compara un producto para ser consumido dentro del guetto con otro producto de similares características. No está capacitado, en definitiva, para emitir juicios ponderados sobre lo que se le han encargado comentar porque confunde lo bueno con lo que le gusta, como ya vimos. Es éste un mal que no aqueja exclusivamente a la cf: la multiplicación incontrolada de medios informativos, sobre todo a partir de la eclosión de Internet, ha hecho aflorar una desordenada multitud de críticos, reseñistas y enjuiciadores que no hacen más que depauperar una profesión de por sí mal vista por escritores y lectores, pero absolutamente imprescindible en esencia, por su función primordial, que es la de preseleccionar, siguiendo las más elementales reglas de la honradez, en un mundo en el que cada día se publican cientos de volúmenes, cuando la capacidad de absorción del más avezado de los bibliófilos no pasa de un tomo al día. Puesto que ninguno de los que hemos asumido la labor de comentar para otros los libros de cf que leemos está demasiado capacitado (que yo sepa) para profundizar en los textos lo suficiente como para elaborar críticas de verdad, nos vemos obligados a limitarnos a servir de guía a otros que tengan afinidades similares a las nuestras. Que no es poco, por otra parte. Pero no es suficiente. Hace falta un canon, un conjunto flexible de reglas, obras comúnmente aceptadas y autores suficientemente consagrados, pero la resistencia infantil del fan medio a admitir que la mayoría de los textos que lee no llegan a un nivel ni siquiera aceptable, la insinceridad consigo mismo para aceptar que algo pueda agradar a pesar de que se sepa objetivamente que resultaría risible si fuera leído por alguien sin prejuicios, impiden que emerja un canon como efecto natural y espontáneo de la propia naturaleza de la relación entre literatura y tiempo. El canon exclusivo es, en estos momentos, imposible. Queda otra posibilidad: la de trabajar para que más libros de subgénero (además de 1984, Un mundo feliz…) sean considerados para el canon general, potenciando así la deseable disolución de la cf en la «corriente general».
Aquí están las claves del presente: el 99% del subgénero es intrascendente. Los críticos suelen ser fans con un poco de iniciativa, las revistas, fanzines y prozines no profundizan en cuestiones literarias, sino que acaban convirtiéndose en foros endogámicos en los que los iniciados escriben para los iniciados... ¿Qué es lo que lleva entonces al aficionado medio de la cf a proclamar sin rubor no ya la equivalencia en calidad de su pseudogénero favorito frente a la literatura general sino su manifiesta superioridad[10]? Pues lo mismo que conduce a los colectivos de escritores provincianos, dotados, en general, de una inconmensurable predisposición para ensalzar las cualidades de sus compañeros en destierro, a solicitar un reconocimiento que nunca merecen: el justificadísimo complejo de inferioridad, la necesidad de los medios (dicho sea sin afán peyorativo e incluyéndonos a casi todos) de sentirse partes de un universo protector con reglas establecidas y normas nunca discutidas con ánimo desmitificador que nos protejan de un exterior hostil en el que nos veríamos obligados, aunque nadie nos lo solicitara, a legitimar nuestros gustos constantemente. Invito al que desee hacer un sano ejercicio de autocrítica a comparar las solemnes declaraciones derrotistas/victimistas de los críticos de cf y responsables de publicaciones sobre el silencio que los medios de comunicación mantienen con respecto al guetto con el discurso mendaz de los intelectuales nacionalistas periféricos acerca de la supuesta persecución (evidenciada por el silencio de los suplementos literarios ante la nueva maravilla neocostumbrista de cualquier plumilla de Lugo) que los escritores afines a sus atávicos preceptos ideológicos sufren por parte de los comentadores centralistas de Madrid. No es cierto que los suplementos literarios mantengan una especie de omertá hacia el subgénero. Tal vez haya excepciones, pero se deben a la miopía de los que dirigen tales suplementos y revistas; miopía que, por otra parte, no durará para siempre con respecto a los escritores que realmente merezcan un reconocimiento, que no son muchos, me temo. El juez definitivo en cuestiones de arte es el tiempo.
ALBERTO CAIRO
Notas
[1] A. Finckelraut, La derrota del pensamiento. Anagrama, Barcelona. El ensayo es apasionante por su crítica razonada a El imperio de lo efímero, título de otro de los libros del autor.
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[2] En su edición de textos El canon literario (Arco Libros, Madrid, 1998), en la que ha reunido a gentes como Harold Bloom.
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[3] “Elegía al canon”, en la recopilación citada en 2
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[4] “35 millones de necios y un solo profeta”, en www.pjorge.com/nessus
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[5] En Gigamesh 25.
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[6] Definición de F. Brioschi y C. Di Girolamo, en Introducción al estudio de la literatura.Ariel, Barcelona, 1998.
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[7] Umberto Eco en Apocalípticos e integrados. Toda la última parte del párrafo hace referencia a dicha obra, fundamental para conocer las corrientes críticas de fin de siglo y la tensa relación entre cultura de masas y alta cultura.
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[8] A este respecto es muy interesante la conferencia de Robert J. Sawyer en los UPC de 1999 y algunos artículos en El archivo de Nessus de Pedro Jorge Romero.
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[9] Tesis de Thomas M. Disch en Gigamesh 13
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[10] Carta de Diego Omar Luaces en Gigamesh 25.
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Bibliografía
Libros
El canon literario. Edición de Enric Sullá. Madrid.. Arco Libros S.L., 1998.
El canon occidental. Bloom, Harold. Barcelona. Anagrama.
La Ciencia Ficción: historia, ciencia, perspectiva. Scholes, Robert y Rabkin, Eric S. Madrid. Taurus. 1892.
Ciencia Ficción: guía de lectura. Barceló, Miquel. Barcelona. Ediciones B, 1990.
Ciencia Ficción: las 100 mejores novelas. Pringle, David. Barcelona. Minotauro.
Ciencia Ficción. Enciclopedia ilustrada. Clute, John. Barcelona. Ediciones B. 1996.
La derrota del pensamiento. Finkielkraut, Alain. Barcelona. Anagrama.
Introducción al estudio de la literatura. Brioschi, F. Y Di Girolamo, C.. Barcelona. Ariel, 1998.
El valor de educar. Savater, Fernando. Barcelona. Ariel. 1998.
Artículos
"35 millones de necios y un solo profeta", Riesco Riquelme, Xavier. El archivo de Nessus.
"El mundo más allá de la colina". Panshin, Alexei y Corin. Gigamesh nº 18.