Phil a través del espejo

La pistola de rayos, de Philip K. Dick

Dicen que es de sabios rectificar. Por tanto, quiero manifestar que tras la lectura de La pistola de rayos, en magnífica traducción, mi opinión sobre esta novela ha cambiado radicalmente. En 1982, en la revista Nueva Dimensión núm. 145 la consideré «una obra francamente incongruente, nada satisfactoria y con grandiosos desniveles de calidad e interés» (pág. 103). Asimismo, en 2005, en la revista Gigamesh núm. 39, y en un artículo que si bien había escrito hacía varios años seguía inédito y fue revisado para este monográfico, dije: «Tanto la versión publicada en novela como la aparecida en revista suprimen páginas del manuscrito, por lo que aún no existe una edición de la obra tal como la escribiera Dick» (pág. 114).

Empecemos deshaciendo este equívoco, el menos importante. Jonathan Lethem tuvo oportunidad de leer el manuscrito íntegro de la novela y comentarlo en el boletín núm. 15 de la Philip K. Dick Society, en su artículo “The Unexpurgate Zap Gun”. Lethem se dedicó a comparar párrafo por párrafo el manuscrito y la edición publicada, y si bien el resultado aparente fueron 65 páginas de texto sin publicar, aclaró que estas consistían en líneas, fragmentos de líneas o trozos de narración ampliados o cambiados de lugar, y que no faltaba nada significativo ni de importancia en la edición que se hizo de la novela. Lethem decía que, de hecho, las supresiones mejoraron notablemente el ritmo de la obra, al eliminar ciertas repeticiones o redundancias y aumentar el nivel de caricatura de personajes y situaciones, puesto que el manuscrito original no estaba debidamente desbrozado (o sea: abundaba la paja). Asimismo, se suprimieron expresiones en slang, de connotación sexual, que nada añadían a los diálogos ni a la narración. Lethem concluía su artículo afirmando: «La fuerza y la debilidad de [el manuscrito original de] The Zap Gun equivalen a la novela publicada. La diferencia más notable es que lleva más tiempo leerlo».

Pasemos ahora a mi valoración negativa sobre esta novela, que he mantenido desde su primera lectura durante todos estos años, tanto pública como privadamente en conversaciones con otros amigos admiradores de Dick, y que rectifico totalmente. El origen y motivo viene de una primera lectura hace un cuarto de siglo en una pésima traducción al francés (y probablemente en una edición no íntegra, pues el editor en cuestión no tenía empacho en suprimir texto para ajustarse a un número determinado de páginas), que me dejó la impresión de una novela confusa y bastante ininteligible, aunque con aciertos parciales. Una segunda lectura, hará algo más de un año, en su texto original inglés, no mejoró demasiado mi opinión, pues si bien la segunda parte del libro me parecía la mejor dentro de todo, la primera me seguía resultando un galimatías incomprensible y sin sentido. Y ¿por qué? Sencillo: la novela es de lectura difícil para alguien que, como yo, tiene un conocimiento simple del inglés; no podía asimilar los continuos juegos de palabras, la jerigonza absurda inventada por el autor, los diálogos surrealistas y grotescos que profieren los personajes con la mayor gravedad y solemnidad, la sorna totalmente subterránea que invade la obra y las abreviaturas que describen el mundo de ese futuro descrito en la acción. Para mí, que siempre he leído fácilmente a Dick en inglés, esta novela resultaba demasiado compleja / complicada, y no capté su verdadera intención. Además, y no deja de ser importante, bastantes ediciones inglesas (no recuerdo la francesa, pero creo que sí lo llevaba) suprimen de ella dos cosas muy importantes: el subtítulo largo y grotesco de la novela, y el elenco de personajes, que ya permiten adivinar al lector que estamos ante una parodia, una novela de humor bufo y grotesco, pero contada con aparente seriedad.

También he de decir que esta vez caí en lo mismo que reprochaba en el citado número de Gigamesh a otros comentaristas de la obra dickiana a propósito de Vulcan’s Hammer: hacer caso de las palabras del propio autor. En el libro entrevista Philip K. Dick: In His Own Words, Dick despacha así La pistola de rayos: «Bueno, la primera mitad es completamente ilegible. No sé ni qué ni adónde [iba o me proponía hacer]», y luego: «No puedo siquiera reconstruir las ideas que subyacen en la primera mitad del libro. Es totalmente ilegible». Y más abajo reconoce a instancias del entrevistador que a lo mejor era una autoparodia, pero que con eso no se iba a ninguna parte (pág. 153). Es evidente que los estudiosos de la obra dickiana harán bien (haremos bien, si se me permite decirlo así) en pasar por alto cualquier opinión del propio Dick acerca de esta u otra novela. Porque no sólo opinaba mal de Vulcan’s Hammer y La pistola de rayos, sino que además menospreciaba abiertamente nada menos que Ubik (por no buscar más y limitarme a los casos más evidentes y conocidos). El problema es que, al contrario de lo que suele ocurrir con otros autores, Dick se lo tomaba en serio cuando hablaba sobre su propia obra, y forzaba al oyente a tomar en serio dichos comentarios. Es bueno saber que pese a ello ya empieza a haber estudios que pasan por alto las opiniones del autor y afrontan el texto literario por sí mismo, que es a la postre lo que ha de ser juzgado apropiadamente.

Mi cabezonería no quiso hacer caso de que en la biografía Divine Invasions, de Lawrence Sutin, La pistola de rayos recibe una calificación muy alta en el análisis de sus novelas en la parte final del libro (págs. 303-304): un 7, la misma que les otorga a obras muy bien valoradas siempre, como Aguardando el año pasado o Los clanes de la luna Alfana. Sí me dejó extrañado el entusiasta análisis que Maxim Jakubowski hacía de ella como posfacio a una edición de 1985, y que me parecieron puras ganas de buscar virtudes en una obra que carecía de ellas.

Y virtudes las tiene, y muchas, como por fin he podido comprobar en la estupenda traducción, que me ha permitido disfrutar por fin de la novela en las debidas condiciones.

El problema que tiene La pistola de rayos (título prodigiosamente acertado, pues siempre me había intrigado cómo diantres se traducía eso de zap gun, que ni siquiera podía encontrar debidamente explicado en parte alguna, más que como algo de tebeo o así), el problema, digo, es que es una novela en la que el sarcasmo está en primera línea. O, mejor diría yo, la sorna; una sorna muy dickiana, contenida, y que descoloca al lector. Veamos: siempre se ha hablado del humor en Dick, y se lo ha alabado por introducir momentos de humor en sus novelas dramáticas, suavizando así la acción, aportando un rayo de luz y optimismo, porque en la vida hay momentos de todo, como él mismo y otros decían / decimos. Pero en La pistola de rayos tenemos la inversión total de esto: es una novela totalmente humorística, en la que la sorna está en primer plano, y que por tanto descoloca al lector que va a leer al Dick «de siempre». Bien, el Dick «de siempre» está, pero en otro nivel. Si el humor suavizaba en ocasiones el resto de sus novelas, como una pausa, por así decir, aquí ocurre lo contrario: el drama hace una pausa en el humor y nos recuerda que en la novela no todo es divertido (ojo: para nosotros, que no para los personajes). Y la pausa para el drama que Dick le ofrece al lector (no al personaje, cuidado; la diferencia es clara en la novela, puesto que para este toda la historia es un drama aparente) es otro detalle que descoloca al lector, en una especie de juego metaliterario o extraliterario. Un ejemplo al azar: en el capítulo 25, tras la aparente muerte de uno de los personajes, leemos una de las frases más hermosas y dramáticas jamás escritas por Dick: «Los siglos podrían pasar como gotas de agua, incesantemente, y Lilo Topchev no reaparecería nunca en el devenir de la humanidad». Cómo se nota en frases como esta al lector amante de Proust.

Como digo, La pistola de rayos es una bufonada, una narración en clave de sorna en la que dos bloques (Este y Oeste) se hallan enfrentados en una guerra fría, que en realidad es una ridiculez total, y que los lleva a una carrera armamentística en la que se crean armas terribles que no son más que... pistolas de rayos; inutilidades que no sirven para nada, diseñadas así por dos personajes que poseen poderes paranormales tras entrar en trance, y que son los pocos del mundo que saben lo absurdo y falso de su trabajo, aunque creen originales sus diseños (que el del sector Oeste se apellide Powderdry, literalmente «Pólvora seca», ya debería advertirnos de que todo no es más que una gigantesca broma). Lo importante es que la plebe crea que existen y son reales (y aquí tenemos ecos de La penúltima verdad, donde los moradores del subsuelo viven creyendo que en la superficie se libran terribles combates de una guerra interminable). Y Dick sube el grado de sorna y lo convierte en parodia de sí mismo: la situación es similar a la de El hombre en el castillo: allí, las zonas japonesa y alemana viven en tensión permanente, con una zona libre en medio donde un escritor ha publicado un libro que indica que la guerra no acabó con la victoria del Eje. En La pistola de rayos tenemos el bloque Este y el bloque Oeste enfrentados y, en medio, África como zona libre, donde un autor de cómics baratos es el creador de las armas inútiles que perciben en sus trances los dos personajes de cada bloque. Y si en El hombre en el castillo se lanzan a la búsqueda de autor y novela, aquí lo hacen en pos del cómic basura El Hombre Cefalópodo Azul de Titán, para poder convertir en realidad esas armas de tebeo.

A propósito de lo cual, no deja de ser curiosa la insistencia de Dick en que la verdad (o una aparente verdad, en la medida en que pueda ser o no cierta para los personajes, pues en Dick todo es simulacro) llega a través de la letra impresa: El hombre en el castillo; Ubik, con los mensajes que Runciter escribe donde puede para que los encuentren los demás; Lies, Inc., con su quiosco ambulante dispensador de novelas donde los personajes pueden leer el destino que les espera; el protagonista de Tiempo desarticulado, que resuelve jeroglíficos que en realidad evitan la destrucción de su ciudad y su mundo... Hay más ejemplos, pero no se trata de elaborar un catálogo; quede esto para futuros estudiosos de la obra de Dick, en la que los hallazgos, como se ve, no terminan nunca. Sin duda, el ejemplo más divertido es el de La pistola de rayos, donde la seguridad (innecesaria, la verdad) de la humanidad (que no está en peligro, pero así lo cree) depende de un cómic ridículo cuya descripción hace estallar en risas al lector (las protagonistas femeninas pueden enseñar un pecho y sólo uno por acuerdo con el sindicato..., y hacer que se mueva...), el Hombre Cefalópodo Azul, con su ridículo arsenal para combatir a los malos.

Para mayor inri, cuando llega un peligro real, unos invasores extraterrestres que empiezan a cargarse ciudades, el planeta es pillado indefenso: no hay armas ni hay nada, y no da tiempo para fabricar «en serio» las estupideces del tebeo basura..., o quizá sí. Y para solucionar el problema se recurre a una salida inesperada y puramente dickiana, que no revelaremos, aunque el lector le podrá encontrar eco en otras novelas y relatos del autor.

Los personajes recitan absurdos diálogos con una solemnidad desternillante, llenando sus frases de palabras que nada significan, enredándose unos a otros en un juego irrisorio. Sin duda el personaje más ridículo (o no, según lo miremos) es Surley G. Febbs, un superfacha realmente risible (aunque inquietante en el fondo, pues Dick lo cubre con alguna que otra capa de realismo estremecedor), y que debería ser considerado uno de sus personajes más notables, aunque sólo sea un secundario en la novela (si vamos a eso, también lo era Isidore en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?).

La pistola de rayos es, pues, el Dick «de siempre», pero desde otro punto de vista. Es como comparar una fotografía de uno mismo con la imagen que nos ofrece el espejo. Por eso quizá nos cuesta reconocernos. De ahí que toda la jerigonza prosopopéyica y ridícula con que Dick carga el primer tercio de la novela, absolutamente incomprensible para mí en inglés, me descolocara en su momento, y me hiciera proferir un juicio equivocado sobre la obra. Leída en las debidas condiciones, La pistola de rayos no es en modo alguno un Dick «menor»: es un Dick que contiene todo Dick, pero en formas distintas y, además, una de sus novelas mejor y más lógicamente construidas, por extraño que pueda parecer. Celebremos que por fin se pueda disfrutar de ella en su edición castellana, demorada sin duda debido a editores que fueron tan ceporros como yo mismo lo fui en su día. Es mejor tarde que nunca.

Juan Carlos Planells