|
Llamando al gran público en la frecuencia equivocada La radio de Darwin, de Greg Bear De las dichosas «tres B» que tienen garantizada su presencia en Nova año tras año, Greg Bear ha terminado por resultar el único que puede interesarme. Fundamentalmente, por tratarse de un escritor con una variedad de registros de las que carecen el prolijo Gregory Benford y el superficial David Brin; como ellos, Bear ha gastado páginas y páginas en obras de ese característico subgénero que los tres practican, el «space opera plasta», pero también se ha marcado desde atractivos ciberpunks hards hasta una de catastrofismo a lo Larry Niven en La fragua de Dios. Con el terreno del género conquistado, incontables premios y un prestigio sólido tanto entre los fieles del credo único hard como entre los herejes que pensamos que la cf está compuesta de cosillas más variadas, La radio de Darwin se adivina como un intento de acceder al público más amplio del technothriller con una trama más compleja de lo que acostumbra a gastar este subgénero y un acabado científico más preciso. El éxito de Bear es sólo parcial, y el que haya ganado el Nebula con la novela puede considerarse más un tributo de sus pares en el género a la inteligencia de su intento que como un testimonio de la consecución de sus objetivos. Porque difícilmente puede La radio de Darwin convertirse en un libro popular. Bear adereza bien el cóctel, pero las bases de las que se nutre son pesadas, demasiado pesadas, y le falta el talento de Crichton para intuir las preferencias del gran público, para responder temáticamente a demandas existentes en lugar de realizar ofertas atractivas —algunas de las de La radio de Darwin lo son— y para convertir un número inflado de páginas en una dosificación informativa con gancho. Y es que el principal problema de la novela es su longitud exagerada. Lo que ocurre casi hasta la página doscientos podría resumirse en una decena de páginas de background para dar comienzo a la acción en un punto verdaderamente interesante. Y, sin embargo, en su afán por introducir elementos bestsellereros, Bear nos lleva a la misma génesis del argumento: al descubrimiento en Georgia (ah, esas terribles y oscuras ex repúblicas soviéticas: elemento bestsellerero 1) de una extraña enfermedad mientras un grupo de alpinistas encuentra en los Alpes los restos fósiles de unos homínidos (gente prehistórica: elemento 2). La enfermedad descubierta en Georgia por Christopher Dicken, un «cazador de virus» del gobierno USA, comienza a extenderse por todos lados, respondiendo a las investigaciones previas de Kaye Lang: se trata de una enfermedad generada por un retrovirus, una fracción de ADN latente y considerada hasta el momento sin utilidad, y que se activa con el repetido contacto sexual con una misma pareja (en oposición al sida: elemento 3). Las piezas encajarán muy lentamente, puesto que se trata de una de esas novelas en las que el autor consigue que el lector intuya la situación antes que los protagonistas —cuyo retraso en comprender qué está pasando verdaderamente es conveniente a priori, pero que al dilatarse termina por resultar fatigoso—. El papel de los fósiles aparecidos en los Alpes es fundamental, y para la citada página doscientos ya nos hemos dado cuenta de lo que el prólogo, la contraportada y hasta el mismo título han tenido a mal adelantarnos: que en realidad no se trata de una enfermedad, sino de un proceso evolutivo generado por el propio genoma humano ante una situación de presión externa. Una idea muy curiosa y tratada con verdadero acierto, salvo por las interminables chácharas entre científicos para explicar con exhaustiva minuciosidad —que supongo que resultará superflua al noventa por ciento de los lectores de dentro del género y al noventa y nueve de esos de fuera a los que se quería atraer— cómo es posible tal hecho. A cambio, en el haber de Bear cabe destacar que a partir de ahí vuelve a brillar en el mismo aspecto en que lo hiciera en obras como Música en la sangre: la ambición para estudiar la reacción social completa ante un hecho científico innovador. También puede destacarse el dibujo eficiente de algunos personajes, en particular del acomplejado Dicken y de la brillante pero dubitativa Lang, aunque otros se queden en simples esbozos —sobre todo el tercer protagonista, Mitch Rafelson, el típico héroe-y-punto—. Una novela cumplidora, en resumen, con alguna idea digna de lo mejor del género y que no disgustará a quienes se acerquen a ella, pero que no consigue con sus propósitos de «apertura» y a la que su inflado tamaño y alto precio invitan a calificar, pese a todo, como prescindible. Julián Díez
Greg Bear |