LAS 43 DINASTÍAS DE ANTARES
Mike Resnick

Para dar las gracias al Creador de Todas las Cosas por el nacimiento de su primer descendiente varón, el emperador Maloth IV ordenó a sus arquitectos la construcción de un templo que empequeñecería para siempre los demás edificios del planeta. Debía estar hecho de cristal y su tejado, cubierto de chapiteles como un millón de puntas de lanza resplandecientes apuntando al sol, estaría sostenido por 217 columnas, en honor a sus 217 antecesores. Al golpearla, cada columna emitiría una nota musical que se escucharía a kilómetros a la redonda, llamando a los fieles a la oración.
La estructura sería conocida como el Templo del Sol Honrado, ya que el heredero había nacido exactamente a mediodía, cuando el sol estaba en lo más alto del cielo. El Templo tardó 27 años estándar en ser acabado, y aunque miembros de todas las especies de la galaxia vendrían a Antares III para admirarlo, Maloth decretó que a ningún alienígena o infiel se le permitiría entrar y profanar los pasillos sagrados con su presencia...


Un hombre, una mujer y un niño salen del Templo del Sol Honrado. La mujer mira por el objetivo de una cámara y toma la misma imagen desde una docena de ángulos a cual menos imaginativo. El niño, con el labio superior apenas cubierto por el vello que supuestamente da a entender madurez, no ve más allá del juego de su ordenador de bolsillo. El hombre echa un vistazo para asegurarse de que nadie lo mira, aplasta un puro apagado con su zapato y aviva el paso hasta que los alcanza.
Se acercan a mí y deseo fundirme con mi entorno, con las paredes de mármol y los pasajes de piedra, antes de que puedan hablarme.
«Soy invisible. No podéis verme. Pasaréis de largo.»
—Eh, amigo... Estamos buscando un guía —dice el hombre—. ¿Estás interesado?
—Me siento honrado —digo, ahogando un suspiro y haciendo una reverencia, feliz porque no entienden las sutilezas de la entonación antareana.
—¡Guau! —exclama la mujer, enfocándome con la cámara—. ¡Nunca había visto nada parecido! ¡Era como si doblaras el torso por la mitad! ¿Puedes repetirlo?
Me recuerda una antigua leyenda, posiblemente apócrifa aunque elijo creerla. Una vez, un embajador igualmente fascinado por la manera en la que se articula el cuerpo antareano, le pidió a Komarith I, fundador de la XXXVIII Dinastía, que hiciera una segunda reverencia. Komarith simplemente se lo quedó mirando sin moverse, hasta que el apurado embajador se perdió de vista. Gobernó 29 años más y jamás volvió a hacer una reverencia.
Ha pasado mucho tiempo desde Komarith, casi siete milenios, y Antares y el universo han cambiado. Hago una reverencia para la mujer mientras hace holografías.
—¿Cómo te llamas? —pregunta el hombre.
—No podrían pronunciarlo —respondo—. Cuando guío a miembros de su especie, elijo el nombre de Hermes.
—Herman, ¿eh?
—Hermes —corrijo.
—Eso. Herman.
—Ha dicho Hermes, Papá —dice el muchacho, levantando finalmente la vista.
—Lo que sea —responde el hombre encogiéndose de hombros. Mira su reloj—. Bueno, empecemos.
—Sí —interviene el niño—. Ponen el partido de Roosevelt III esta tarde y tengo que estar de vuelta para verlo.
—Puedes ver deportes siempre que quieras —dice la mujer—. Tal vez ésta sea tu única oportunidad de ver Antares.
—Pues qué suerte —murmura, devolviendo la atención a su ordenador.
—Permítanme darles la bienvenida a Antares III, y a su capital Kalimetra, conocida en toda la galaxia como la Ciudad del Millón de Chapiteles —recito mi discurso de presentación casi de carrerilla.
—No vi un millón de chapiteles cuando cogimos la lanzadera del puerto espacial para venir —dice el niño, que hubiera jurado que no estaba escuchando—. Mil o dos mil, tal vez.
—Una vez hubo un millón —le explico—. Ahora sólo quedan 16.304. Cada uno de ellos está hecho de cuarzo o cristal. Al atardecer, cuando el sol se hunde en el horizonte, hacen de prisma para sus rayos creando una multitud de colores exóticos que se extiende por las avenidas de la ciudad. Seres de muchas especies han venido de toda la galaxia para experimentar el efecto.
—Dieciséis mil —murmura la mujer—. Me pregunto qué le pasaría al resto.

Nadie sabía por qué los antareanos encontraban los chapiteles tan agradables estéticamente. Se erigían por encima de las ciudades, proyectando sombras y colores cambiantes sobre el paisaje. Altos, delicados y exquisitos, reflejaban una grandeza de visión y sensibilidad de espíritu únicas. Los gobernantes de Antares III pasaron casi 38.000 años construyendo el millón de chapiteles.
Durante la Segunda Invasión, la flota canforita tardó menos de dos semanas en destruirlos todos, excepto 16.304...


La mujer continúa admirando los chapiteles que alcanza a ver en la lejanía. Finalmente pregunta quién los construyó, como si fueran demasiado bellos para haber sido creados por los antareanos.
—Los artesanos y constructores de mi especie construyeron todo lo que verá hoy —le respondo.
—¿Vosotros solos?
—¿Tan difícil es de creer? —pregunto con amabilidad.
—No —dice, poniéndose a la defensiva—. Claro que no. Es que hay tanto...
—Kalimetra no se creó en un día o un año, ni siquiera en un milenio —señalo—. Es el logro acumulado de cuarenta y tres dinastías de Antares.
—Entonces, ¿ahora estamos en la XLIII Dinastía?

Fue Zelorean IX quien declaró oficialmente que Kalimetra era la Ciudad Eterna. Ni guerras ni insurreciones habían amenazado nunca su estabilidad, y hasta los gigantescos templos de sus antecesores prometían durar toda la eternidad. Era una Edad de Oro, y no veía razón alguna para que aquello no fuera a durar siempre...

—Hace casi tres mil años que murió el último gobernante absoluto de la XLIII Dinastía —le explico—. Desde entonces hemos sido gobernados por una serie de conquistadores, las especies alienígenas sucediéndose unas a otras.
—Menos mal que no destruyeron vuestros edificios —dice la mujer, girándose para admirar una fuente de agua que, por alguna razón, le parece un artefacto alienígena. Está a punto de sacarle una holo cuando el niño la detiene.
—Es sólo una estupida fuente, mamá —le dice.
—Pero es fascinante —dice ella—. Imagina qué clase de seres la utilizaban en el pasado.
—Seres sedientos —dice el niño, aburrido.
—Como decía —continúa sin hacerle caso y volviendo a dirigirse a mí—, es un crimen robarle estos tesoros a la galaxia.
—Sí, bueno. Alguien destruyó algunos edificios por aquí —interviene el niño, decidido a llevarle la contraria a alguien—. ¿Te acuerdas del agujero en el suelo que vimos por allá? —Señala en la dirección de la Huella—. A mí me parece el cráter de una bomba.
—Te equivocas —le explico, llevándolos en esa dirección—. Siempre ha estado allí.
—No es más que un socavón grande —dice el hombre, poco impresionado.
—Mi gente lo adora como la Huella de Dios —explico—. Una vez, hace mucho tiempo, Kalimetra llevaba años sumida en una sequía. Finalmente, Jorvash, nuestro más grande sacerdote, le ofreció su vida a Dios para que trajera las lluvias. Dios respondió que no llovería hasta que Él volviera a llorar, y que aún no habíamos sufrido suficiente para provocarle lágrimas de compasión. Pero prometió que haría un trato con Jorvash. —Hago una pausa dramática, pero el hombre está encendiendo otro cigarro y el niño está concentrado en su ordenador —. A la mañana siguiente encontraron a Jorvash muerto en su templo, y Dios había creado esta depresión con Su pie y la había llenado de agua. Nos mantuvo hasta que Él volvió a llorar.
—Esto... Siento pedirlo —dice finalmente la mujer, que parece agitada—, pero ¿podrías repetir la historia? No había encendido la grabadora.
—Siempre se le olvida encender el puto chisme —explica incómodo, y me tira una moneda—. Por las molestias.

Lobilia fue el mejor poeta de la historia de Antares III. Aunque murió durante la XXIII Dinastía, la mayor parte de su trabajo le sobrevivió. Pero su obra maestra, La larga noche del exilio (la epopeya del exilio de Bagata y su regreso triunfal), se perdió para siempre.
Aunque era el bardo más famoso de su especie, Lobilia era analfabeto, incapaz siquiera de escribir su nombre. Creaba su poesía espontáneamente, embelleciéndola cada vez que la recitaba. Recitó aquella epopeya sólo una vez, y quedó tan satisfecho con el resultado que no quiso repetirla para los escribas que esperaban la versión definitiva y no habían tomado nota.


—Gracias —dice la mujer, apagando la grabadora una vez he acabado. Hace una pausa—. ¿Dónde podría comprar un libro con unas cuantas más de sus leyendas populares?
—Encontrará algunos a la venta en la tienda de regalos del hotel —replico, decidiendo no explicar la diferencia entre una leyenda popular y un artículo de fe.
—¿No tienes ya suficientes libros? —murmura el hombre.
Ella le lanza una mirada furiosa pero no dice nada, y los conduzco a la Tumba, que siempre impresiona a los visitantes.
—Ésta es la Tumba de Bedorian V, el más grande gobernante de la XXXVII Dinastía —digo—. Bedorian era un plebeyo, que depuso al infame Maelastri XII, también un gran guerrero y el último gobernante de la XXXVI Dinastía. Fue Bedorian quien decretó la educación universal para todos los antareanos.
—¿Qué teníais antes?
—Nuestras hembras no alcanzaron el privilegio de la alfabetización hasta el reinado de Bedorian.
—¿Y cómo murió finalmente ese tío? —pregunta el hombre, al que realmente no le importa pero no quiere dejar que sea la mujer quien haga todas las preguntas.
—Bedorian fue asesinado por uno de sus seguidores —respondo.
—Seguro que fue un varón —dice la mujer, irónica.
—Antes de morir —continúo— unificó tres estados en guerra sin luchar una sola batalla, decretó que todos los antareanos debían usar una lengua común y prohibió el culto a los krenek.
—¿Qué son los krenek?
—Son reptiles venenosos. Mataron a muchos de sus adoradores en ceremonias innombrables y obscenas antes de que Bedorian IV llegara al poder.
—¿Sí? —dice el niño, de nuevo atento—. ¿Cómo eran las ceremonias?
—Lo que para un ser es obsceno, para otro es simplemente aburrido —digo—. Los terrestres las encuentran aburridas. —Lo que no es cierto, pero no tengo el deseo de ver como el niño se regodea mientras describo los ritos.
—Qué lástima —dice la mujer, aunque su voz suena aliviada—. Pero pareces conocer bien vuestra historia. —Siento deseos de contestarle que me lo voy inventando todo, pero temo que si lo dijera se lo creería—. ¿Dónde aprendiste todo eso? —continúa.
—Para ser guía con licencia —respondo—, un antareano tiene que pasar catorce años estudiando y también debe hablar un mínimo de cuatro lenguas alienígenas. El terrestre siempre es una de las cuatro.
—Menudas credenciales —comenta el hombre—. Yo sólo hice un año en la facultad de odontología y lo dejé.
«Y, sin embargo, eres tú el que me paga a mí.»
—Me sorprende que no trabajes en una universidad local —continúa.
—Lo hice.
Y era cierto. Pero tengo una familia que alimentar... y las propinas de los turistas, aunque sean pequeñas y dadas a regañadientes, son mayores que mi sueldo de profesor.
Un rapu —un niño antareano— se abre camino entre mis clientes y yo. Casi un bebé, está vestido con harapos y tiene la cara manchada de tierra. Llagas abiertas cubren las placas reticuladas de su piel y sus ojos dorados no dejan de lagrimear. Lastimeramente pide créditos en su lengua nativa. Al no recibir respuesta, alarga la mano en lo que se ha convertido en un gesto universal que significa: «Tú eres rico. Yo soy pobre y tengo hambre. Dame dinero».
—¿Es tuyo? —pregunta el hombre frunciendo el ceño mientras su mujer saca media docena de holos en rápida sucesión.
—No, no es mío.
—¿Qué hace aquí?
—Vive en la calle —respondo, mi compasión por el rapu alternándose con la humillación de tener que explicar su presencia y situación—. Pide monedas para que él y su madre no pasen hambre esta noche.
«Qué poco sentido de la oportunidad —pienso con tristeza, mirando al rapu—. Hace tiempo andábamos por nuestro mundo como dioses. No hubieras pasado hambre durante ninguna de las cuarenta y tres dinastías.»
El niño humano mira a su contrapartida antareana. Me pregunto si se da cuenta de lo afortunado que es. Su cara no da ninguna pista sobre sus pensamientos; tal vez no tenga ninguno. Finalmente se mete el dedo en la nariz y vuelve a manipular su ordenador.
El hombre mira fijamente al rapu unos instantes y luego le lanza una moneda de dos créditos. El rapu la atrapa, hace una reverencia y sale corriendo. Observamos cómo se marcha. Levanta la moneda por encima de la cabeza y grita feliz... Momentos después nos vemos rodeados por otros veinte pillastres, todos sucios, todos hambrientos, todos pidiendo monedas.
—¡Basta ya! —dice el hombre irritado—. Diles que se larguen y se vayan a sus casas, Herman.
—Viven aquí —le explico amablemente.
—¿Aquí mismo? —continúa, con tono exigente. Pega un pisotón en el suelo y los rapu más cercanos dan un salto atrás, asustados—. ¿En este punto? Vale, pues diles que se queden aquí donde viven y no nos sigan.
Les explico a los rapu que estos turistas no les darán monedas.
—Pues iremos al hotel feo de color rosa donde se alojan todos los hombres y saquearemos sus habitaciones.
—Eso no es asunto mío —digo—. Pero si os atrapan, lo pasaréis mal.
—Si nos atrapan —dice el mayor de los pillastres, sonriendo a mi advertencia—, nos encerrarán en una carcel y tendrán que alimentarnos y estaremos protegidos de la lluvia y el frío... Mucho mejor que aquí.
No tengo respuesta para estos rapu cuya única ambición es estar secos, calientes y bien alimentados, así que simplemente me encojo de hombros. Salen corriendo, riendo y cantando, como si fueran niños humanos que van a jugar a algo.
—¡Dichosos alienígenas! —murmura el hombre.
—Eso no es correcto —digo.
—¿Eh?
—Es una cuestión de semántica —le indico amablemente—. Ellos son indígenas. Los alienígenas son ustedes.
—Pues podrían aprender educación de nosotros los alienígenas —gruñe.
Subimos la larga rampa que lleva a la Tumba y estamos a punto de entrar cuando la mujer se detiene.
—Quiero una holo de los tres delante de la entrada —anuncia. Me sonríe—. Es para demostrarles a nuestros amigos que estuvimos aquí y que conocimos a un antareano de verdad.
El hombre se acerca y se pone a mi lado. El niño se me pone al otro lado de mala gana.
—Ahora pasa el brazo por detrás de Herman —le dice la mujer.
El niño se aparta y veo una mezcla de desprecio y asco en su cara.
—¡Una cosa es posar con él, pero no pienso tocarlo!
—¡Haz lo que dice tu madre! —espeta el hombre.
—¡Ni hablar! —dice el niño, bajando por la rampa con grandes zancadas—. ¡Si quieres abrazarlo, hazlo tú!
—¡Escúchame, jovencito! —dice el hombre, pero el niño no se para ni da la menor indicación de haberlo oído y poco después desaparece tras el templo.

Fue Tcharock, fundador de la XXX Dinastía, quien decretó que la persona del Emperador era sacrosanta y no podía ser tocada por ningún ser, excepto por sus médicos y sus concubinas, y éstos sólo con su consentimiento.
Su mejor consejero era Chaluba, que extendió su dominio por encima del ochenta por ciento del planeta y detuvo la hiperinflación que había sido el legado de la XXIX Dinastía.
Una noche, durante una ceremonia de estado, Chaluba rozó sin querer a Tcharock mientras le presentaba al embajador del lejano Domar.
A la mañana siguiente, Tcharock le hizo con pesar la señal al ejecutor y Chaluba fue decapitado. A pesar de este comienzo desafortunado, la XXX Dinastía sobrevivió durante 1.062 años estándar.


La mujer empieza a disculparse, avergonzada. Pero noto que ella también evita tocarme. El hombre sale detrás del niño y los dos regresan momentos después... en buen momento, ya que la mujer ha empezado a repetirse en sus disculpas. El hombre empuja al niño hacia mí y éste pide disculpas malhumorado. El hombre da un paso amenazador en su dirección y él alarga la mano a disgusto. Se la tomo brevemente (el contacto no es más agradable para mí que para él) y entramos en la Tumba. Hay otros dos grupos, pero están a cientos de metros de distancia y no podemos oír qué dicen sus guías.
—¿Qué altura tiene el techo? —pregunta la mujer, dirigiendo la cámara hacia los exquisitos grabados que hay en él.
—Treinta y ocho metros —digo—. La Tumba propiamente dicha tiene doscientos tres metros de largo y sesenta y siete de ancho. El cuerpo de Beldorian V se encuentra en una gran bóveda bajo el suelo. —Hago una pausa y pienso, como siempre, en glorias pasadas—. El Día del Luto, aquél en que la Tumba se dio por acabada, un millón de antareanos hicieron cola pacientemente en el exterior de la Tumba para presentar sus respetos.
—No quiero hacer una pregunta tonta —dice la mujer—, pero ¿por qué son todos los edificios tan enormes?
—Ego —sugiere el hombre, seguro de sus conocimientos.
—El Hacedor de Todas las Cosas es enorme —explico—. De modo que mi gente creía que todos los monumentos en Su honor tenían que ser lo más grandes posible, para que Él pudiera encontrarse cómodo dentro.
—¿Creéis que vuestro Dios no podría encontrar o caber en un edificio pequeño? —pregunta el hombre con una sonrisa condescendiente.
—Es el Dios de todos —respondo—. Y aunque por supuesto podría encontrar un templo pequeño, ¿por qué íbamos a obligarlo a vivir en uno?
—¿Tenía esposa Beldorian? —pregunta la mujer, con la mente puesta en consideraciones menores.
—Tuvo cinco —respondo—. A la tumba que hay junto a ésta se la conoce como El Lugar de las Reinas de Beldorian.
—¿Era polígamo?
—No —replico meneando la cabeza—. Pero Beldorian sobrevivió a sus cuatro primeras reinas.
—Debió de morir muy viejo —dice la mujer.
—No fue así —respondo—. Entre mi gente existe la creencia de que aquellos que alcanzan la grandeza pública están condenados a la miseria privada. Tal fue el destino de Beldorian. —Me vuelvo hacia el niño, que ha permanecido callado desde su regreso, y le pregunto si quiere saber algo, pero se limita a mirarme con hostilidad, sin contestar.
—¿Cuánto hace que se construyó este lugar? —pregunta el hombre.
—Beldorian V murió hace seis mil trescientos dos años estándar. Se tardó otros diecisiete años en construir y preparar la Tumba.
—Así que seis mil trescientos dos años —piensa en voz alta—. Eso es mucho tiempo.
—Somos una especie antigua —replico orgulloso—. Un antropólogo humano sugirió que nuestra III Dinastía se inició antes de que sus antepasados cruzaran la barrera evolutiva de la inteligencia.
—Tal vez pasáramos mucho tiempo viviendo en árboles —dice el hombre, evidentemente sin dejarse impresionar y un poco a la defensiva—. Pero mira lo rápido que os superamos una vez nos bajamos.
—Si usted lo dice —respondo sin dar mi opinión.
—De hecho, todos os han superado —insiste—. Mira la historia. ¿Cuántas veces ha sido conquistado Antares?
—No estoy seguro —miento, ya que me resulta humillante hablar de ello.

Cuando los antareanos se enteraron del deseo de la República del Hombre de anexionarse su mundo, reunieron su ejército en Zanthu y 300.000 marcharon al campo de batalla. Eran la crema y nata de los jóvenes guerreros del planeta, con los ojos dorados, las placas reticuladas de la piel resplandecientes bajo el sol de la mañana, preparados para defender su mundo natal.
La República envió una única nave que sobrevoló la zona y dejo caer una única bomba, y en menos de un segundo dejaron de existir el ejército antareano, la ciudad de Zanthu y la Gran Biblioteca de Cthstoka.
A lo largo de los milenios, Antares fue conquistada cuatro veces por el Hombre, dos por los Gemelos de Canfor y una por Lodin XI, Emra, Ramor y el Imperio Sett, respectivamente. Se decía que la tierra reseca había saciado finalmente su sed bebiendo un lago de sangre antareana.


Al abandonar la Tumba nos topamos con un rapu pequeño y delgado. Está sentado sobre una roca, mirándonos con ojos grandes y dorados, con una expresión de fascinada contemplación.
El niño humano no le presta atención deliberadamente y continúa caminando hacia el siguiente templo, pero los adultos se detienen.
—¡Qué cosita tan rica! —dice la mujer entusiasmada—. Y parece tan hambriento—. Rebusca en el bolso que lleva al hombro y saca un dulce que se ha guardado del desayuno—. Toma —dice, poniéndoselo delante—. ¿Lo quieres?
El rapu no hace el menor movimiento. Esto es excepcional no sólo en la experiencia de la mujer, sino también en la mía, ya que es obvio que está desnutrido.
—Tal vez no pueda metabolizarlo —sugiere el hombre. Saca una moneda, se acerca al rapu y alarga la mano—. Cógela, chico.
El rapu, con la cara sumida en la contemplación, no hace ademán de coger la moneda.
«Desdeñas su comida cuando estás hambriento —me descubro pensando con emoción—, y su dinero cuando eres pobre. ¿Serás acaso Aquél al que hemos esperado durante tantos milenios, Aquél que nos devolverá a nuestra anterior gloria e iniciará la XLIV Dinastía?»
Lo estudio atentamente, y mi emoción se desvanece igual de rápido cuando me doy cuenta. El rapu no desdeña la comida y el dinero. Sus ojos dorados están nublados. La vida en las calles lo ha debilitado tanto que se ha quedado ciego y, por supuesto, no entiende lo que le dicen. Su aparente arrogancia no es causada por el orgullo o por luz interior alguna, sino porque no es consciente de sus ofrendas.
—Permítame —digo, cogiendo suavemente el dulce de la mujer sin llegar a tocarle los dedos. Me adelanto y lo pongo en las manos del rapu. Lo huele, lo engulle vorazmente y alarga la mano, suplicando más.
—Se le rompe a una el corazón —dice la mujer.
—Oh, no es peor que lo que vimos en Bareimus V —responde el hombre—. Eran igual de pobres..., ¿y recuerdas esa terrible enfermedad de la piel que tenían todos?
La mujer piensa y su cara refleja lo desagradable del recuerdo.
—Supongo que tienes razón. —Se encoge de hombros y veo que, aunque el niño sigue enfrente nuestro con la mano extendida, ya lo ha apartado de su mente.
Los llevo por el Jardín de los Príncipes Desaparecidos, con su atormentada historia de sacrificio e intriga, y el hombre se detiene de repente.
—¿Qué pasó aquí? —pregunta, señalando una serie de pedestales vacíos.
—La historia pasó —le explico—. O la avaricia, que a veces es la misma cosa. —Parece confundido, de modo que continúo—: Si alguno de nuestros conquistadores encontraba el modo de transportar un tesoro a su planeta natal, lo hacía. Cualquier cosa lo suficientemente pequeña para ser saqueada fue saqueada.
—¿Y estas estatuas que han sido desfiguradas? —dice, señalándolas—. ¿Lo hicisteis vosotros para que carecieran de valor para los ejércitos ocupantes?
—No —respondo.
—Bueno, quienquiera que hiciese eso —señala una estatua decapitada— debería ser atado y azotado.
—¿A qué viene tanto jaleo? —pregunta el niño con voz aburrida—. Sólo son estatuas de alienígenas.
—En realidad, la humana que hizo eso fue recompensada con el cargo de gobernadora de Antares III —les informo.
—¿De qué hablas? —dice el hombre.
—La segunda conquista humana del sistema de Antares fue dirigida por la comandante Lois Kiboko —empiezo—. Desfiguró o destruyó más de tres mil estatuas. Muchas de ellas eran representaciones físicas de nuestra deidad, y como la comandante y su tripulación eran devotos creyentes de una de sus religiones, consideró que eran falsos ídolos y debían ser destruidas.
—Bueno —replica encogiéndose de hombros—, es un pequeño precio a pagar por salvaros de los lodinitas.
—Tal vez —digo—. El problema es que tuvimos que pagar un precio cada vez más alto por cada sucesivo salvador.
Clava la mirada en mí y se crea un silencio incómodo. Finalmente sugiero que visitemos el Palacio del Tirano Supremo.
—Parecéis una especie tan dócil —dice ella torpemente—. Quiero decir, tan civilizada y poco agresiva. ¿Cómo pudo salir de vuestra reserva genética un tirano de los de verdad?
La verdad es que nuestra reserva genética era considerablemente más agresiva antes de que una serie aparentemente interminable de conquistas alienígenas la diezmaran. Pero sé que esa respuesta los haría sentirse incómodos y podría afectar a la cuantía de mi propina, de modo que les miento. (Me avergüenza admitir que cada día que pasa me resulta más fácil mentir a los alienígenas. A decir verdad, a veces me sorprende la facilidad con la que creo falsedades.)
—De vez en cuando, todas las especies producen una rareza genética —digo, viendo como se lo cree—, y los antareanos somos tan dóciles, por utilizar su expresión, que éste en concreto no tuvo ninguna dificultad en hacerse con el poder.
—¿Cómo se llamaba?
—Lo desconozco.
—Creía que habías hecho catorce años de historia —dice ella con tono acusador, y veo que cree que miento, mientras que cada vez que realmente he mentido, me ha creído.
—Nuestra lengua tiene muchos dialectos, y todos han evolucionado y cambiado durante treinta y seis mil años —señalo—. Hemos descifrado algunos, pero muchos siguen siendo todavía un misterio por resolver. De hecho, en estos momentos, un equipo de arqueólogos humanos trabaja duro para descubrir el nombre del Tirano.
—Si es una lengua muerta, ¿cómo van a hacerlo?
—En los días en los que su especie no había salido aún de su planeta, existía un objeto llamado la Piedra Rosetta que les ayudó a traducir una lengua antigua. Nosotros tenemos algo similar, conocido como el Pergamino Bosperi, que data de la época del Gran Tirano.
—¿Dónde está? —dice la mujer, mirando a su alrededor.
—Lamento informarles de que tanto los arqueólogos como el Pergamino Bosperi se encuentran actualmente en un museo de Deluros VIII.
—Lógico —dice el hombre—. Pueden protegerlo mejor en Deluros.
—¿De quién? —pregunta la mujer.
—De quien quiera robarlo, por supuesto —dice él, como quien le explica algo a un niño.
—Pero lo que quiero decir es, ¿quién querría robar la clave de una lengua muerta?
—¿Sabes lo que valdría para un coleccionista? —responde el hombre—. ¿O para un ladrón que quisiera pedir un rescate?
Continúan discutiendo, pero la verdad es que está en Deluros porque era lo suficientemente pequeño para transportarlo y por ninguna otra razón. Cuando acaban de discutir le digo a ella que es porque en Deluros tienen equipo que permite leer las inscripciones gastadas por el tiempo, y asiente pensativa.
Caminamos otros cuatrocientos metros y llegamos al inmenso Palacio de los Reyes. Está hecho completamente de oro, y los rayos del sol lo calientan tanto que la superficie exterior sólo se puede tocar por la noche. En este edificio residieron todos los gobernantes desde la VII hasta la XII Dinastías. Desde aquí, mi especie recibió las Nueve Proclamaciones de Ascendencia, la Carta de Derechos Universales y nuestro documento más reverenciado, la Declaración Mabeliana.
Fue una época maravillosa en la que vivir, en la que no conocíamos el sabor de la derrota y todos los problemas tenían solución, en la que caravanas majestuosas llevaban el comercio a través de fronteras seguras y los monarcas eran justos y sabios, en la que cada día deparaba nuevos triunfos y el futuro auguraba infinitas promesas.
—Antiguamente —digo señalando a la silla de piedra rota y desfigurada— había doscientas cuarenta y seis joyas y piedras preciosas incrustadas en el trono. —El niño se acerca al trono y me mira con gesto acusador.
—¿Y dónde están? —pregunta con tono exigente.
—Todas fueron robadas con el paso de los milenios —replico.
—Por los conquistadores, por supuesto —aventura la mujer con absoluta certeza.
—Sí —digo, pero de nuevo estoy mintiendo. Fueron robadas por mi propia gente, que las dio a los diferentes ejércitos de ocupación a cambio de comida, o de la liberación de seres queridos en cautiverio.
Tras varios minutos más examinando la gloria pasada del Palacio de los Reyes, salimos por la puerta y nos dirigimos a la siguiente estructura en ruinas. Se trata del Salón de los Pensadores, que aún hoy es reverenciado por todos los antareanos, pero sé que no van a comprender por qué una especie iba a levantar un edificio como éste dedicado al conocimiento, y me faltan fuerzas para explicárselo, de modo que les digo que es el Palacio de las Concubinas. En un momento dado, el niño, sin tratar de ocultar su decepción, pregunta por qué no hay estatuas o grabados de las concubinas y, pensando muy rápido, le explico que la sexualidad explícita de los artefactos ofendió las creencias religiosas de Lois Kiboko y los hizo destruir.
Esta mentira me hace sentir culpable, ya que sugerir que la especie de un visitante pueda resultar de alguna manera ofensiva va en contra del Código del Comportamiento Justo. Irónicamente, aunque el niño se muestra decepcionado, noto que ninguno de los tres parece tener problema en aceptar que otro humano pudiera destruir obras de arte milenarias por herir su sensibilidad. Decido que ya que ellos no se sienten culpables, esta vez yo tampoco lo haré. (Pero sigo haciéndolo. Es difícil transcender la tradición.)
Veo que el hombre empieza a deambular ansioso, mirando tras las esquinas y detrás de los pedestales, así que le pregunto si tiene algún problema.
—¿Dónde esta el meódromo? —dice.
—¿Perdón?
—El meódromo. El cuarto de baño. El lavabo. —Frunce el ceño—. ¿No tenían que ir a cagar nunca esas malditas concubinas ?
Finalmente comprendo qué quiere y lo envío a una instalación humana que se ha construido más allá de la Puerta Occidental. Vuelve minutos después y me los llevo fuera, pasando delante del imponente Obelisco de Ónice que marcó el inicio de la casi olvidada IV Dinastía. Nos detenemos brevemente en el Templo del Río de Luz, que se construyó sobre el río para que las aguas sagradas fluyeran a través del mismo templo.
Nos vamos y giramos una esquina; de repente, una sola estructura domina completamente el paisaje.
—¿Qué es eso? —pregunta la mujer.
—Es la Rampa Espiral al Cielo —respondo.
—¡Qué nombre tan fabuloso! —dice entusiasmada—. ¡Estoy segura de que con él viene una historia fabulosa! —Se vuelve expectante hacia mí.
—Hace mucho tiempo, antes de que nuestros científicos demostraran lo contrario, la gente creía que si se construía una rampa lo suficientemente alta, se podía llegar al cielo.
El niño suelta una carcajada.
—Cierto —continúo—. La construcción empezó durante la Segunda Dinastía y continuó durante más de setecientos años hasta mediados de la Tercera. Parece que se puede ver la cima desde aquí, pero en realidad sólo estamos viendo la mitad inferior. El resto lo tapan las nubes.
—¿Hasta dónde llega? —pregunta la mujer.
—Tiene más de nueve kilómetros de altura —digo—. Tres más que nuestra montaña más alta.
—¡Asombroso! —exclama.
—¿Querrían verla más de cerca? —sugiero—. Tal vez les apetezca subir el primer kilómetro. La cuesta es muy suave hasta llegar al quinto.
—Sí —replica feliz—. Creo que me gustaría mucho.
—Yo no pienso subir nada —dice el hombre.
—Oh, venga —insiste ella—. ¡Será divertido!
—El aire es demasiado tenue, la gravedad es demasiado fuerte y esto suena demasiado a trabajo. Un día de estos seré yo quien escoja el itinerario y te prometo que no tendrá tantas caminatas.
—¿Volvemos a ver el partido? —pregunta el niño ansioso.
—Sí —dice el hombre tras echar un último vistazo a la Rampa Espiral al Cielo—. Ya he visto suficiente. Volvamos.
—Tendríamos que acabar la visita —dice la mujer—. Probablemente nunca volvamos a este sector de la galaxia.
—¿Y qué? No es más que otro mundo subdesarrollado —replica el hombre—. No le hables a tus amigos de la Escalera a las Estrellas o como coño la llamen y nunca sabrán que te la perdiste.
—Pero —salta la mujer con lo que imagina que será el argumento definitivo— ya has acordado pagar por la visita.
—Pues lo dejamos y le pagamos la mitad —dice el hombre—. Menudo problema.
El hombre se saca un fajo de créditos del bolsillo y separa tres billetes de diez. Entonces se detiene, me mira, se los guarda y me pone un billete de cincuenta en la mano.
—Oh, qué narices, tú mantuviste tu parte del trato, Herman —dice. Entonces él, la mujer y el niño emprenden el camino de vuelta al hotel.

Los primeros alienígenas que visitaron Antares eran bárbaros groseros y maleducados, pero Perganian II, el emperador más grande de la XXXI Dinastía, decretó que debían ser tratados con la mayor cortesía. Cuando llegó finalmente el día de su partida, los alienígenas se despidieron de Perganian y uno de ellos puso un diamante enorme, perfecto y azul en la mano del Emperador como pago por su hospitalidad.
Cuando los alienígenas abandonaron el patio exterior, Perganian dejó caer el diamante al suelo, declarando que un antareano no podía ser comprado a ningún precio. El diamante permaneció donde había caído durante tres generaciones, convertido en un símbolo sagrado de la dignidad e independencia antareana. Finalmente desapareció durante una tormenta de polvo y nunca más se lo volvió a ver.


Título original: "The 43th Antarean Dinasty". Publicado en Isaac Asimov's Science Fiction Magazine
© 1998, Mike Resnick.
© 2001, Ramon Peña, por la traducción.