|
Cartografiando los senderos del mito La sangre de los elfos, de Andrzej Sapkowki Todos sabemos que a veces una obra concebida como única y cerrada en sí misma obtiene más éxito del que su autor esperaba, y el tirón y los beneficios inesperados hacen que éste alargue acciones y tramas que en principio no tenía planeado escribir. Salvo excepciones, este proceso es muy fácil de descubrir, porque las continuaciones muy raramente poseen el espíritu y la frescura de la primera obra. También es fácil descubrir cuándo no se produce este proceso. En estos casos, el interés de las continuaciones no disminuye. Al contrario, su atractivo aumenta a medida que descubrimos partes ocultas y continuaciones de tramas secundarias que en su momento nos parecían meros adornos o añadidos y de pronto cobran vida propia. Las nuevas partes se entretejen a la manera de un tapiz y la belleza de cada una de las tramas complementa la belleza del conjunto, más amplia y compleja. Este proceso es paralelo al de la construcción de las sagas, tal y como fueron concebidas hace quince siglos por los escaldos de la Europa septentrional. En ellas se entretejían una profecía, un destino y un héroe, y el amor y la tristeza se cernían sobre un mundo sombrío. Como vemos, ni el mundo ni la literatura han cambiado mucho desde entonces. Eso fue exactamente lo que quien suscribe pensó al cerrar El último deseo, el primer libro de la Saga de Geralt de Rivia: que había logrado ver un pedazo de un paisaje hermoso por una ventana entreabierta y que, a medida que la ventana se abría, el paisaje ganaba en belleza y complejidad, y se convertía en algo más grande que la belleza poética y originalidad de las primeras historias. El último deseo nos presentaba a Geralt de Rivia y su extraño oficio como algo atractivo por sí mismo. En La espada del destino veíamos que los personajes y circunstancias que rodeaban a Geralt no eran meros complementos y tenían vida propia. En La sangre de los elfos, el propio mundo de Geralt adquiere la importancia de un personaje capital. Prejuicios, errores, horrores, lealtades inmerecidas, nobleza con rostros extraños, guerras, profecías y traiciones se suceden en un mundo complejo, de un realismo desconcertante (cuando se mata a un monstruo, ¿que pasa con su nicho ecológico?), donde el Bien y el Mal nunca están donde se los supone de antemano, y donde los sentimientos, puntos de vista enfrentados e incomprensión parecen gobernar el mundo (un mundo fantástico, tan parecido al nuestro por primera vez en la historia de la fantasía épica) en mayor medida que los dioses, la hechicería o el poder. En La sangre de los elfos tenemos una novedad, cuya ausencia en los volúmenes anteriores probablemente le hubiera supuesto más de un dolor de cabeza al lector curioso: un mapa. Se echaba en falta. Si se trataba de un truco para hacernos releer los dos primeros libros ubicando por fin lugares y acontecimientos, debo decir que en mi caso ha funcionado. Este lector probablemente esté mal acostumbrado o sea un poco maniático, pero la verdad es que estaba a punto de ponerme a dibujar uno. Así pues, como aficionado a la literatura fantástica, un servidor ha cerrado La sangre de los elfos con una sensación de alivio que trasciende el mero goce de leer y le hace concebir la esperanza de que hayamos superado por fin la etapa adolescente onanista de las Dragonlances y hayamos entrado en una etapa nueva de madurez e intensidad creativa para esta corriente del fantástico. Y no sólo por la forma cuidada y la mayor profundidad de las historias, o porque estén mucho mejor escritas y el autor haya puesto en ellas un amor que nos sorprende. (Hasta tal punto nos habíamos acostumbrado a lo prefabricado.) No es sólo eso. Además, y por primera vez en mucho tiempo, al lector no le parece estar leyendo un western reconvertido a mundo medieval estándar porque los trajes son más bonitos. Por primera vez en mucho tiempo, el lector siente las raíces del mito profundamente hundidas en el relato, la documentación, la adaptación a la literatura de cuentos propios escuchados antes que leídos y la recuperación vertida a la literatura de antiguas leyendas sacadas de la memoria y no del tópico. Y este sufrido lector ha tenido la sensación de que el autor sí ha visto alguna vez un castillo de verdad y ha sentido el viejo poder de las piedras. Y si no es así, lo disimula muy bien. Para concluir, convendremos en que el trabajo de documentación y la lectura en las fuentes originales de los mitos casi siempre se notan y siempre se agradecen. Cuando tomé el libro en mis manos por primera vez y leí la contraportada, no pude sino sonreír al leer la profecía que en ella aparecía. Quienes tengan un ejemplar de las Eddas de Snorry Sturlusson, escritas en el siglo XIII y en las que el poeta islandés conservó para nosotros las creencias de la mitología nórdica, encontrarán este texto:
Javier Cuevas
|