«Papá, hay un predicador en el armario»

Las crónicas de Narnia. Obra completa, de C.S. Lewis

Esto de reseñar clásicos de la literatura infantil y/o juvenil tiene su intríngulis. Si la crítica es positiva, perfecto; si no, corre uno el peligro de quedar como un carcamal encallecido con menos sensibilidad que un xilófono de corcho. Yo aviso: Las aventuras de Pinocho me irritaron bastante, y Peter Pan y Wendy me arrancó a duras penas alguna sonrisilla condescendiente. Es verdad que El principito es fascinante, y que Alicia en el País de la Maravillas, y sobre todo su continuación, Alicia a través del espejo, son obras maestras de cabo a rabo, pero en realidad son libros para adultos encubiertos, que difícilmente pueden ser saboreados en su totalidad por un niño.

Me temo que cuando leí El sobrino del mago, El león, la bruja y el armario y El caballo y el muchacho, los tres primeros volúmenes (de siete) de las crónicas de Narnia, de C. S. Lewis, me acordé más de Collodi que del otro Lewis. A modo de experimento, le pasé El sobrino del mago a mi hijo de diez años, un lector relativamente avezado que ha podido (y disfrutado) con El hobbit y La historia interminable, y se ha zampado compulsivamente toda la serie de Harry Potter. (Dicho sea de paso, alguien que es capaz de escribir un tocho de novecientas páginas que los críos están ansiosos por leer se merece no uno, sino varios premios Príncipe de Asturias, aunque igual es un poco peligroso acostumbrarlos a las enelogías a edades tan tempranas.) Se hartó antes de la mitad y creo entender por qué: las historias están bien planteadas y son eficaces en la distancia corta, pero el encanto se evapora conforme ganan en solemnidad, y su resolución es lineal, plomiza y decepcionante. Les pongo rápidamente en situación. (A los quisquillosos les interesará saber que la actual ordenación de la serie es la recomendada por Lewis y bastante diferente de la cronológica, la que avalan la mayoría de sus incondicionales. El león, la bruja y el armario apareció en 1950 y fue el primer libro publicado.) En El sobrino del mago, Digory y Polly exploran la casa del primero y consiguen unos anillos mágicos con los que viajan a una especie de bosque en el que hay diversos estanques. Cada uno de ellos es la puerta a un mundo distinto. En sus idas y venidas asistirán a la creación de Narnia, por desgracia emponzoñada por la presencia de la malvada reina Jadis, que habían traído consigo del moribundo mundo de Charn. El león, la bruja y el armario empieza cuarenta años después, durante la Segunda Guerra Mundial. Digory es ya un maduro profesor en cuya casa de campo se alojan temporalmente Peter, Susan, Edmund y Lucy. La puerta a Narnia es en esta ocasión un vetusto ropero. Los niños se encuentran con un mundo helado, hechizado por la maléfica Jadis (a quien llaman ahora la Bruja Blanca), que recuperará su esplendor original, al menos así reza la profecía, cuando cuatro reyes y reinas ocupen los tronos de la fortaleza de Cair Paravel. En El caballo y el muchacho los niños se han hecho adultos y gobiernan una Narnia renacida. Shanta es un desharrapado de los reinos del sur que ansía llegar al mágico país, pero para hacerlo deberá afrontar los peligros del desierto junto a una chica y dos caballos parlantes.

Un momento. Estamos hablando de una serie consagrada, de todo un «galáctico» del género, así que tiene que haber más. Después de todo, como dice el refrán, algo ha de tener el agua cuando la bendicen. Bueno, pues precisamente de eso se trata. Estos son libros «con mensaje», en los que lo secundario es lo que se cuenta y lo primordial lo que se enseña. La creación, el árbol del bien y el mal, la serpiente, la tierra prometida, el milagro de los panes y los peces, Judas... todo está ahí, servido con una abundante guarnición de tentación, pecado, culpa, arrepentimiento y expiación. Dulcificado y en clave de alegoría, no lo discuto, pero evidente a poco que uno se fije. Cristo está personificado (o mejor dicho, animalizado) en la omnipotente figura del león Aslan, y su pasión se recrea en un pasaje súbitamente oscuro de El león, la bruja y el armario. Este es el momento clave de la saga, y el juicio que le merezca a cada cual condicionará, sin duda, su opinión sobre la obra entera. A mi me parece un fiasco monumental.

No voy a entrar en la discusión, escabrosa donde las haya, de hasta qué punto es lícito servirse de la literatura infantil para adoctrinar, pero está claro que los riesgos, en términos de mero efecto artístico, son considerables. Es como cuando invitan a unas cuantas marujas a una de esas reuniones con premio seguro para intentar colocarles un electrodoméstico de lo más grotesco. Si se despliega ante el lector un universo que rebosa maravillas y garantiza aventuras sin cuento, y justo cuando está en el bote se le endilga a traición y sin tapujos un concepto objetivamente tan tremendo como el del sacrificio redentor de un dios hecho carne, estamos jugando con fuego: eso que se ha dado en llamar «la suspensión de la incredulidad» puede irse al garete en cualquier momento y cuando eso pasa, especialmente si el lector es un niño, game over. En mi opinión eso es lo que ocurre aquí.

Cuando el crítico se forma una opinión acerca de la obra que ha de juzgar, inevitablemente tiende a resaltar los aspectos de la misma que mejor se adaptan a la tesis que pretende formular. En este sentido toda crítica es, hasta cierto punto, injusta. Las crónicas de Narnia han encandilado a millones de lectores, pequeños y no tan pequeños, y más allá de la espinosa cuestión de fondo es probable que goce de méritos que este encallecido carcamal ha sido incapaz de percibir. Por otra parte, puede que la poesía vaya ganando terreno a la teología conforme avanza la serie: El caballo y el muchacho, por ejemplo, cuya carga ideólogica es netamente inferior, se deja leer con agrado y tiene momentos francamente divertidos. En todo caso, mi librero habitual siempre me dice que se venden muy bien, y el estreno de la película le vino de perlas. Me alegro por Destino, la filial de Planeta que las ha editado, porque ha hecho un trabajo muy competente: precio razonable, nuevas traducciones (netamente superiores a las anteriores de Alfaguara y Andrés Bello), encuadernación compacta y vistosas ilustraciones de época.

C. S. Lewis era un escritor de talla incuestionable. Su trilogía de Ramson (Más allá del planeta silencioso, Perelandra y Esa horrible fortaleza), ya orientada a un público adulto y con las cartas boca arriba desde el principio, tiene un tremendo poder, y es una pena que estuviera parcialmente descatalogada; hay que felicitarse por la reedición realizada por Minotauro. Más allá de sus discutibles méritos, El león, la bruja y el armario es un referente reconocido del fantástico, que no siempre ha estado (ni seguramente, estará) disponible en las librerías, y es una buena ocasión para hacerse con una copia. Eso sí, si estaban pensando regalarle un libro de la saga a un sobrino, les recomiendo en su lugar una joyita como Charlie y la fábrica de chocolate, últimamente de moda gracias a la soberbia y respetuosísima película de Tim Burton. Seguro que me agradecen el consejo.

Víctor Jiménez