Imitación a la vida

Las máquinas de Dios, de Jack McDevitt

Jack McDevitt ha transitado por un buen número de oficios —desde taxista hasta actor en pequeñas obras de teatro— antes de recalar en la literatura como autor de novelas de cf. Se sabe —pero conviene insistir en ello— que recorrer mundo o desempeñar los oficios más variopintos no garantiza una obra literaria saludable, y generalmente un autor que se describe en estos términos no nos está hablando tanto de sus obras como de sí mismo. Pero, si bien no es preciso salir de la cama para construir una obra monumental —se me ocurren ahora Proust y Onetti como los autores eméritos de la literatura horizontal, junto a Boris Vian (que desde su cátedra de Patafísica reclamaba un libro que pudiera leerse sin sacar las manos de las mantas) y, actualmente, Woody Allen—, también es verdad que hay obras que nunca habrían podido escribirse si su autor no hubiera experimentado una biografía henchida de avatares extraordinarios. Afortunadamente, McDevitt pertenece a este último grupo de escogidos (junto a egregios como Richard Burton o Alexander W. Kinglake), de modo que el lector termina por rendirse a la evidencia de que los episodios biográficos de McDevitt han sido excusas del destino para depararnos al autor que escribiera la magnífica El texto de Hércules o Las máquinas de Dios que ahora nos ocupa: el soñador de un universo cosmopolita donde existen arqueólogos embebidos en descifrar los símbolos de una civilización que ha legado a la galaxia un extraño collage de monumentos, armados de una belleza impávida y perturbadora.

De Las máquinas de Dios se puede decir que es una verdadera joya, un libro en cuyo juego uno puede entrar o no, pero que revela la mano de un genuino maestro. Hay capítulos a los que convendría no aludir para evitarnos la cólera del coleccionista de sorpresas, pero que incluso en las relecturas nos mantienen con los dedos engarabitados a las cubiertas del libro; hay descripciones de una gran armonía, que conforman como ápices de belleza en un texto que discurre con sobriedad, con esa lánguida monotonía de naves flotando en el espacio; y hay, sobre todo, un esqueleto recio donde la prosa halla acomodo, y que bebe de las fuentes más clásicas: los diarios de Truscott o el Cuaderno de Bitácora de Hutchins invocan los apuntes con que el doctor Seward o Mina Murray vertebraban la historia de Drácula, mientras que los «Datos del Archivo» que contrapuntúan el texto nos recuerdan a aquella Abulafia en que Jacopo Belbo nos narraba una intrahistoria del Templi Resurgentes Equites Synarchici. Quiere decirse que Jack McDevitt escribe no sólo con la poderosa intuición de un verdadero contador de historias, sino también con esa compacta maestría de los escritores que conocen a ciegas la tradición que les precede —por algo fue McDevitt profesor de lengua inglesa—, y no hallan en ella sino un vasto abrevadero donde repostar la fatiga de los viejos clichés, y abrir nuevas fuentes donde quepa sumergirse a las remesas de los futuros exploradores.

Indispensable.

Lorenzo Luengo