LOS HIJOS DE NUESTROS HIJOS
José Antonio del Valle

    Pasará Yavé para castigar a los egipcios y al ver la sangre en el dintel y en los dos postes, pasará de largo; no permitirá al exterminador entrar en vuestras casas para herir.

    éxodo, 12, 23

I

El niño retiró un rizo rebelde de sus ojos, miró a su preceptor con expresión pícara y recitó:
—Yo soy Simón, de los puros de Israel; hijo de Moisés, que fue hijo de Jacob, cuyo padre fue Simón el viejo, llamado por todos «el Guardián», que fue engendrado por Jonás, hijo de... de...
Eleazar, el preceptor, golpeó la palma de la mano del niño con su bastón sin excesiva contundencia, para no ser odiado, pero con suficiente fuerza para no ser olvidado por la tierna memoria del infante.
—Jonás fue engendrado por Saúl —le recordó a su alumno—, quien, a su vez, fue engendrado por...
—¡Simón! —exclamó el niño—. Simón el Fundador. Aquél que escapó del campo de la muerte y prometió no olvidar para que algún día se haga justicia —recitó el niño de memoria.
El preceptor sonrió en aquel momento, lleno de orgullo. Miró el rostro surcado de pequeñas pecas que cambiaba por momentos ante las idas y venidas de la vacilante llamita del candil que iluminaba la sala. Se recordó a sí mismo en aquella misma sala, más preocupado por los juegos de luces y sombras que creaba la lámpara de aceite que por aquella lección que había tratado de inculcarle su padre Jacob, el mismo Jacob que aparecía en la letanía del niño. Se recordó memorizando la Torah, que luego convertía en aquella monótona cantinela siguiendo el tic tac de ese mismo reloj de cuco que marcaba ahora sus horas desde la pared. El mismo reloj, los mismos retratos de viejos antepasados que los espiaban. Humo y fantasmas, memoria y calor de aquel hogar que siempre sería el suyo. Se dijo que Simón aprendería como él mismo había aprendido, aunque en aquellos momentos cualquier soplo de la brisa fuese suficiente para distraerlo.
—Tío Eleazar, cuéntame la historia de Simón el Fundador —suplicó el niño.
—Ya la has oído más de mil veces —repuso el preceptor—. De hecho, deberías de ser tú quien me la recitase, como recitas las genealogías y la Torah, pues algún día deberás sucederme como narrador.
El niño asintió con seriedad y quedó pensativo por un momento, como tratando de atisbar el futuro entre las brasas de la estufa.
—Pero tú lo haces mejor, tío —insistió—. Cuéntame acerca de cuando estaba en el pasillo del tiro en la nuca y el hombre que había delante se volvió y...
—Verás, hijo —comenzó el preceptor, pensando que las historias que de todas formas tenía que aprender quedarían mejor grabadas en la mente del pequeño si las escuchaba por propia voluntad—. Simón el Fundador era arquitecto en una lejana ciudad llamada Viena, de la que procede nuestra familia y...
—Y yo llevo su nombre, ¿no es cierto? —interrumpió.
—Así es —concedió Eleazar—. Durante la Shoah, Simón trabajó como simple rotulador en el ferrocarril.
—¿Trabajó para los nazis? —quiso saber Simón, como siempre que le relataban aquella vieja historia familiar.
—Era eso o la cámara de gas —justificó el preceptor—. Un día llegaron unos hombres de las SS a buscarlo y se lo llevaron del campo para ejecutarlo junto con los demás judíos. Los alemanes habían preparado un pasillo con alambre de espino y la fila de hombres avanzaba por él hasta una gran zanja, donde un guardia ucraniano gigantesco les disparaba en la nuca. Simón el Fundador avanzó por el pasillo del tiro en la nuca seguro de que estaba llegando su fin. Sus piernas apenas lo sostenían y su mente estaba totalmente en blanco, según contó. Los hombres que lo precedían fueron cayendo uno a uno ante sus ojos hasta que sólo quedó uno, el joven Leví, hijo de Jonatán, a quien conocía desde niño. El joven se volvió y le hizo jurar que no olvidaría aquello. Simón el Fundador se lo juró, impresionado, según dijo, por el inmenso vacío de aquellos ojos que ya eran los de un muerto, aunque conocía la futilidad de aquel juramento, puesto que él era el siguiente.
—Pero no murió —dijo Simón con impaciencia.
—No. Ya lo sabes —le confirmó Eleazar—. No estaríamos aquí si hubiese muerto. Justo cuando aquel ucraniano plantaba su bota embarrada en la espalda de Simón para empujarlo al foso se oyó un grito en alemán exigiendo que detuviesen la ejecución. El ucraniano iba a continuar de todas formas, pero la mano de un oficial de las SS lo detuvo. El responsable de la estación del ferrocarril, un tal Klaus, que realmente apreciaba a Simón, apareció desencajado y convenció a gritos a los guardianes de que «su pintor» le era imprescindible, puesto que estaba trabajando en unas pancartas para la futura visita del Fürher. A las SS les daba lo mismo un judío más o menos, así que lo dejaron ir y continuaron ejecutando a los hombres que iban detrás como si nada hubiera sucedido.
—¿Cómo pudo saber aquel hombre que Simón sobreviviría? —quiso saber el niño.
—Eso es algo que lo atormentó toda la vida —dijo Eleazar—. Pero no fue la última vez que sobrevivió milagrosamente. Más tarde...
La puerta de la sala se abrió con un quejumbroso rechinar de goznes para dar paso a María, la madre de Simón.
—Eleazar, es la hora —dijo—. Saúl el impresor debe de estar esperándote con impaciencia. Ya sabes, su hijo...
—Cierto, María. Gracias —contestó, y cerró el gran libro de genealogías, que desprendió una ligera nube de polvo—. Bien, Simón, hijo de Moisés, mañana continuaremos.
—¿Me contarás la historia del médico y la fuga, tío?
—Ya veremos —sentenció mientras besaba a su sobrino—. Ya veremos.
María sopló el candil y las tinieblas se adueñaron de la sala. Eleazar se despidió de su familia y se dispuso a continuar con sus obligaciones.
Las noches de Palestina eran frías, más de lo que creían sus antepasados cuando soñaban con aquella tierra prometida a la que escapar de las persecuciones y la muerte. Simón pensó que todo aquel sacrificio no les había servido de mucho. El ghetto de Jerusalén no difería mucho de los lugares de los que habían escapado durante la Shoah.
Trató de apartar aquellos pensamientos ominosos de su mente y centrarse en el arte de recorrer las calles tras la puesta de sol. Conocía cada acera y cada sucio edificio como la palma de su mano. Sabía en qué portales solían combatir el frío los guardias palestinos, que sólo estaban autorizados a acceder al recinto por la noche. Conocía la cadencia con que los focos iluminaban la plaza de David. Aunque los guardias de las torres no eran demasiado eficientes, no convenía exponerse demasiado. Pensó que tenía suerte de vivir en aquel gau dejado de la mano de Dios. En cualquier otro lugar, los guardias hubieran sido soldados alemanes y no palestinos borrachos, aunque en cualquier otro lugar lo más probable era que todos ellos hubiesen muerto. Le vinieron a la cabeza aquellos folletos sobre la emigración a Madagascar, donde se había creado el estado paria de Israel, en el que uno podía vivir sin ser vigilado a todas horas, sin un muro que contuviera sus ansias de libertad. Por supuesto, siempre que uno se olvidara de desafiar a la Kriegsmarine para tratar de llegar al continente y de allí a América, como contaban las cartas de sus familiares que muchos hacían últimamente. Era consciente de que algún día tampoco les quedaría más remedio que emigrar, pero antes había algunas cosas que hacer.
Eleazar golpeó el portón de madera de la casa de la manera acordada. Las noches eran tranquilas en el ghetto judío de Jerusalén desde hacía muchos años, pero el toque de queda y el recuerdo de antiguos horrores que acaecían otras noches sin luna habían quedado grabados en el inconsciente colectivo de su pueblo. Nadie abría la puerta de su casa por la noche a menos que estuviera seguro de quién era su visitante.
—La paz sea contigo, Eleazar, hijo de Jacob —saludó un hombrecillo vestido de negro que lucía una ridícula barba de chivo. Eleazar había criticado muchas veces aquella costumbre, perpetuada durante generaciones por los más ancianos, de tratar de parecerse al arquetipo que los alemanes tanto odiaban.
—Y contigo, Saúl, hijo de José, de los puros de Israel.
Saúl agachó los ojos, al parecer apesadumbrado por algo, y guió a su visitante hasta un pequeño cuarto. La habitación estaba tibia. Saúl indicó a Eleazar el mejor lugar al lado de la chimenea, donde aún quedaban algunos rescoldos, e indicó a Sara, su esposa, que los dejara solos. La mujer obedeció dócilmente.
—¿Un té, mi buen rabí? —ofreció el impresor.
—Con gusto, Saúl. Esta noche hace un frío de mil demonios.
El impresor alcanzó una tetera que mantenía caliente cerca del fuego y sirvió dos tazas de aquel humeante brebaje. Saúl apuró la suya de un trago y se dedicó a dibujar con un atizador en las cenizas.
—Nos conocemos desde hace mucho tiempo, viejo —dijo Eleazar, mientras sujetaba la mano del impresor—. ¿Vas a contarme qué te atormenta?
Saúl suspiró y se sirvió un poco más de té.
—Rabí, eres un hombre sabio —comenzó—. Sin embargo...
—¿Dudas? —se extrañó Eleazar.
—Se trata de mi hijo, buen rabí.
—¿El bueno de Salomón? Un hombre honrado donde los haya —sentenció Eleazar—. Dime, viejo, cómo ha podido contrariarte mi buen amigo.
El impresor escondió la cara entre sus arrugadas manos intentando ocultar las lágrimas. Eleazar palmeó la espalda del viejo con cariño.
—Vamos, vamos, buen impresor. ¿Qué puede ser tan malo?
El viejo miró a Eleazar con ojos empañados por las lágrimas.
—Te conozco desde el día en que viniste al mundo, Eleazar, orgullo de Jacob. Conocí a tu padre, y al padre de tu padre, Simón el Guardián. Sé que eres un hombre íntegro y que tu vida está totalmente dedicada a esta comunidad, como la estuvo la de tu padre, mi amigo.
Eleazar creyó captar un matiz de reproche en el tono de las palabras del viejo.
—Por eso me cuesta tanto hablarte de esta manera —continuó Saúl—. Cometiste una locura que te separó de tu padre hace tiempo y quizás ahora no seas el más indicado para la tarea que se te ha encomendado. Sin embargo, es tu tarea. Debes aconsejar bien a mi hijo, tu amigo.
Eleazar comprendió.
—¿Crees que no puedo cumplir con mi cometido porque no prediqué con el ejemplo?
—Eso creo —repuso el viejo—. Creo que uno de tus hermanos debería de haber ocupado tu lugar hace tiempo. Sin embargo, no ha sido así, y ahora debes evitar que mi hijo cometa el error que tú mismo cometiste.
—Sabes que mi puesto sólo puede ser ocupado por alguien que haya aprendido de niño todo lo que somos y todo lo que esperamos —dijo Eleazar—. Mi padre lo sabía y por eso no me quitó el cargo cuando pedí la mano de Miriam.
—Tu padre tenía más hijos para que su estirpe no acabara. Yo sólo tengo a Salomón.
Eleazar se sintió mal. Su cargo lo obligaba a veces a decir a la gente lo que no quería oír. Conocía a Saúl desde niño y compartía las esperanzas que el viejo había depositado en su único hijo.
—Tu estirpe no es importante, viejo —dijo—. Siempre lo has sabido. Como siempre has sabido que las hijas de los impuros son una tentación difícil de rechazar, porque así está dispuesto. Deberías saberlo mejor que nadie, puesto que desciendes del médico y de Simón el Fundador al mismo tiempo.
Saúl el impresor golpeó la mesa con rabia. Eleazar apuró su té. Era tarde, el fuego yacía moribundo y las ideas no eran claras. Eleazar esperó las imprecaciones del viejo. Estaba en su derecho. Él siempre había sido para Salomón como el hermano mayor que nunca tuvo. Lo que ahora estaba sucediendo no lo sorprendía, aunque había rezado para que nunca llegara a ocurrir.
—No obstante, tu obligación es tratar de evitarlo —continuó Saúl.
Eleazar asintió.
—Así es, y no te quepa duda de que lo intentaré —concedió—. Pero sabes que mi hermano Salomón es terco.
—Salomón no tiene hermanos —le reprochó el viejo.
Eleazar pasó por alto el comentario. Creía saber por lo que estaba pasando el viejo impresor. Había visto aquella misma mirada de incredulidad en su propio padre. No era extraño, puesto que ambos habían sido educados por el abuelo Simón en las leyes y costumbres de su comunidad. Eleazar sabía qué habría hecho «el Guardián» en un caso semejante. Eran otros tiempos.
—Haré lo que pueda —dijo mientras se incorporaba.
—Lo sé —contestó Saúl, cogiéndolo por la muñeca—. Siento lo que he dicho, hijo. Sé que harás todo lo posible.
Eleazar lo miró a los ojos y asintió.
—Perdona a este viejo tonto, rabí —insistió Saúl—. Mi egoísmo no tiene excusa. Nuestro pueblo debe sobrevivir.
—Hablaré con ese cabeza hueca, buen Saúl. Te lo prometo. Ahora he de marcharme —concluyó Eleazar—. Es tarde y la noche está llena de peligros.

II

Cuando Eleazar llegó a casa del herrero al amanecer, todo había concluido ya. Nicolás, lo más parecido a un médico que se podía hallar en el ghetto, lo recibió con ese movimiento negativo de cabeza con el que se suele reconocer la derrota. Sus ojos reflejaban cansancio y pena. Sin duda había tenido que enfrentarse a otra batalla perdida de antemano. Sus ropas manchadas de sangre daban fe de cuán inútil había sido el esfuerzo realizado.
Eleazar sostuvo al médico y le dijo con la mirada que estaba seguro de que había hecho lo posible.
—¿Y la madre? —preguntó.
—Ha perdido mucha sangre, pero creo que se repondrá... andando el tiempo —dijo Nicolás—. Es su tercera vez.
Eleazar lió un cigarrillo y se lo ofreció al médico.
—Nunca me acostumbraré a tanto dolor —dijo éste.
—Parece que tu antecesor se quedó corto en sus predicciones —dijo Eleazar—. Si seguimos así, pronto no quedará nadie a quién enseñar por qué seguimos aquí.
Nicolás se encogió de hombros.
—Ten fe —dijo—. Lo que esperamos ocurrirá en algún momento. Está escrito: las hijas de los impuros...
—Sí, sí. Ya sé —interrumpió Eleazar con cara de pocos amigos.
El médico bajó la mirada, como cada vez que su amigo le impedía hablar de aquel tema que tanto parecía incomodarle.
—Tenemos que hablar, rabí.
En la casa dejó de oírse por un momento el murmullo de las plañideras. Un alto oficial de las SS salió por la puerta acompañado por Miriam, la prometida de Eleazar. Éste quedó paralizado un momento por la sorpresa; luego, se descubrió ante el hombre superior, como mandaba la ley.
—Buenos días, Herr Doktor —dijo el alemán, y siguió su camino en dirección a la plaza, acompañado por Miriam, que se veía obligada a correr para igualar la zancada del enorme oficial. Su uniforme negro con botones plateados le daba una apariencia majestuosa. A Eleazar no le extrañaba que aquellos seres odiados se sintieran superiores cuando los veía con sus uniformes y su aspecto saludable.
Quedó anonadado durante unos momentos. No comprendía la presencia del alemán en la casa del pobre herrero y le molestaba que su prometida apenas le hubiera dirigido la mirada al pasar.
—¿Quién es? —preguntó.
—Se presentó como Félix von Ackermann y...
—¿Ackermann? —Eleazar se extrañó—. ¿Tiene algo que ver con Lothar von Ackermann?
—Me parece que es su hijo —contestó Nicolás, dando una larga calada al cigarrillo—. Es lo que quería contarte.
—Aquí no —ordenó Eleazar, y empujó al médico hacia su casa.
Lothar von Ackermann era el Gauleiter de Palestina, la persona más importante de aquella parte del mundo después del Fürher. Von Ackermann vivía en la bulliciosa metrópolis en que los alemanes habían convertido Beirut y rara vez se dejaba ver fuera de su palacio. Eleazar no sabía que tuviese un hijo, pero aquello tampoco era muy extraño dado el secretismo en que se solían envolver los gobernadores nazis.
La casa del médico distaba un par de calles. Los dos hombres entraron en la vivienda de dos habitaciones, una de las cuales servía de dispensario. La pequeña consulta de Nicolás estaba bien iluminada por la única ventana del apartamento. Las paredes eran de un blanco inmaculado, aunque en los rincones se apreciaba cómo la dejadez iba venciendo paulatinamente a la perseverante pulcritud del pobre médico. El mobiliario se limitaba a un biombo decorado con motivos florales, detrás del cual se podía ver una camilla vetusta pero siempre cubierta de limpias sábanas blancas y un par de estantes donde se amontonaban extraños útiles quirúrgicos y antiguos tomos de medicina entre los que había incluso un viejo ejemplar en árabe del Al-Quanon de Avicena, cuyas miniaturas de colores brillantes habían fascinado a Eleazar en su infancia. Una mesa de trabajo y un par de sillas junto a una estufa de carbón completaban la habitación donde Nicolás recibía tanto a sus pacientes como a sus amigos y familiares, quienes se maravillaban por igual ante la limpieza del lugar y se quejaban de la misma manera por el inconfundible olor a desinfectante que saturaba el ambiente. El médico puso té a calentar en un bonito samovar decorado con versículos del Corán; parecía el bien más valioso de aquella triste morada. Siempre le había fascinado todo lo relacionado con la cultura árabe, lo que había sido causa corriente de discusiones con su padre y el antiguo rabino. Eleazar era más tolerante en estos asuntos, sabía que la afición de su amigo por todo lo árabe no lo apartaba ni un momento de sus obligaciones para con su Dios o su comunidad, y eso le bastaba.
—Cuéntame ahora, hijo de Karl —dijo Eleazar.
—Parece que el joven Felix es médico y viene de América, donde estudió.
El médico dijo esto con expresión soñadora. Nunca había pisado una facultad de Medicina. Había aprendido el oficio de su padre, de los libros y de los propios enfermos, puesto que las leyes no permitían asistir a la Universidad a individuos de las razas inferiores. A veces pensaba que no tenía nada que envidiar a todos aquellos médicos formados en escuelas de Medicina; al fin y al cabo, él había tenido como maestro a un gran médico, Karl, su padre, quien había aprendido el oficio del suyo, y así había pasado aquel legado generación tras generación desde los tiempos de aquél a quien todos conocían simplemente como «el Médico», que había sido compañero de Simón el Fundador en el campo de la muerte. Aquello siempre le había provocado sensaciones encontradas. Cuando tenía que enfrentarse con los estirados médicos alemanes que muy de cuando en cuando le pedían informes, se sentía inferior a ellos. A veces, incluso le parecía que nunca llegaría a adquirir los suficientes conocimientos para cumplir con garantías la tarea que le había sido impuesta, pero el orgullo de saberse entrenado por aquellos magníficos profesionales que lo habían precedido, que habían logrado grandes cosas sin apenas medios, solía imponerse a esa sensación. Eso, y el saberse uno de los miembros más importantes de su comunidad.
—¿De Estados Unidos?
—Así es. Parece que estudió allí y desde entonces ha estado realizando algún tipo de trabajo estadístico para el Reich en las colonias alemanas del Amazonas, en un lugar que se llama Manaos.
El médico ofreció té a Eleazar, que lo rechazó con un gesto imperioso.
—Consideramos aliados a los americanos, pero ellos ni siquiera saben de nuestra existencia y sus hijos se forman junto a los de nuestros enemigos.
—Así es. Eso no es nada nuevo —concedió Nicolás—. Pero pareces olvidar que su intervención después de la guerra detuvo la Shoah.
—¿Por qué le interesaba el parto de Sara? —preguntó Eleazar, pasando por alto el comentario de Nicolás.
El médico se sentó.
—Parece que le interesa la cantidad de abortos que sufre nuestra comunidad. Me contó que está aquí para completar el trabajo que empezó en Brasil, algo relacionado con la degeneración de las razas causada por la endogamia. Ya sabes cómo son esos científicos alemanes, siempre en busca de algo que refuerce sus tesis.
—¿Crees que sospecha algo?
—No. Me preguntó por la composición de nuestra comunidad. Ya sabes, cuántos askenazis, cuántos sefarditas... Hablamos de la prevalencia de ciertas distonías aquí y en Madagascar... Lo de siempre.
Eleazar se sujetó el mentón con la mano derecha y permaneció pensativo unos instantes. Su pensamiento volvió a su prometida.
—¿Por qué se llevó a Miriam?
—No te preocupes. Necesitaba que alguien lo guiase al cuartel de la guardia del Mufti para obtener un salvoconducto. Quiere entrar a cualquier hora.
El rabí asintió más tranquilo. Aun así, no se explicaba el comportamiento de Miriam. Siempre lo había tratado con respeto, casi con veneración.
—Dime, hijo de Karl, amigo mío, ¿debemos preocuparnos?
—Debemos permanecer vigilantes, rabí. Creo que el joven no sabe nada y tan sólo está realizando para el Reich un trabajo estadístico relacionado. Ya sabes cómo son esas cosas. Lo hacen cada generación para tranquilizarse.
Eleazar asintió. Lo único que interesaba a alemanes y palestinos era ver cómo el ghetto se despoblaba generación tras generación. Siempre había sido así, y aquello les daba un margen de maniobra que no debían perder, al menos de momento.
—Había algo extraño en ese Felix —dijo Nicolás.
—¿En qué sentido?
—No sabría explicarlo. No tengo demasiado trato con alemanes, pero me pareció que a éste no le preocupaba contaminarse con el contacto de los judíos. No sé. Un tipo campechano. Me dejó trabajar sin poner problemas. Se lo veía realmente interesado.
—No dejarías que se llevase nada, ¿verdad?
—No, pero es igual. Ya sabes que tratamos con algo muy corriente. Además, parecía competente y tenía ojo clínico: una mola hidatídica no se olvida una vez que has visto la primera, y me contó que había visto muchas allá en Suramérica.
—Escucha, Nicolás. No quiero que te hagas demasiado amigo de ese alemán. Puede que la educación americana haya suavizado su temperamento nazi, y puede que sólo sea un truco para que le cuentes cosas.
—Me ofendes, rabí —se defendió el médico.
—Confío plenamente en ti, amigo mío, pero debes recordar lo que nos trae mos entre manos —dijo Eleazar—. Quiero que me mantengas informado de todos los movimientos de ese alemán dentro del ghetto.
—Así se hará, rabí.
—Bien, ahora debo irme. Hay otros asuntos que requieren mi atención.

III

El trabajo de Eleazar lo ocupaba prácticamente las veinticuatro horas del día. Dormía poco y, según su cuñada María, vivía menos aún. Siempre había almas que consolar, niños a los que enseñar y problemas, sobre todo problemas con los palestinos y los alemanes, a quienes trataba de arrancar pequeñas mejoras poco a poco, derechos básicos que hicieran soportable la vida en el ghetto. Uno de los escasos momentos en que Eleazar se sentía libre de preocupaciones se producía durante las noches en que sus futuros suegros insistían en invitarlo a cenar. Aparte de la presencia de la mujer que amaba, Eleazar disfrutaba de la conversación de Judas, su suegro, uno de los hombres más sabios que había conocido, y con las exquisiteces que le preparaba su suegra gracias a los magros beneficios que obtenía en el mercado negro. Al principio, Judas se había sentido abrumado por la responsabilidad de que su hija apartara al hijo de Jacob de su camino santo. Era el mejor amigo del padre de Eleazar, quien siempre lo había considerado uno de sus mayores valedores pese al estigma que arrastraba, y durante un tiempo se había negado al compromiso aun sabiendo que la ley lo obligaba a aceptarlo. Posteriormente, había terminado por ceder y, gracias a su perseverancia, Eleazar había recuperado su cariño, multiplicado por mil. No habían sido días fáciles. La conciencia de Eleazar le decía que él era diferente, que se debía a su pueblo, que el amor que sentía por Miriam no era más que un capricho, una debilidad permitida a su ego en un mal momento, mera atracción física, pero había algo más profundo que lo llevaba a rechazar aquel trauma sufrido hacía tanto tiempo por su pueblo como algo lejano, como una molestia con la que había que tratar de convivir de la mejor manera posible. Jacob no había querido ni hablar de lo que las nuevas generaciones tenían que decir sobre el destino de su comunidad. Eleazar fue perdonado a duras penas, sin entusiasmo, en el lecho de muerte de su padre. Creía que aquello era mucho más de lo que habían conseguido otros en parecidas circunstancias, y eso lo consolaba en parte. Y luego estaba Miriam, que decía que sí a todo y lo miraba con una especie de respeto, sustentado más en lo que la comunidad opinaba de él que en su propio albedrío. Le llevaba casi veinte años. Era sólo una niña que nunca había salido de aquel lugar polvoriento en que Dios había querido desterrar a su pueblo.
—¿Qué esperabas? —decía a veces su futuro suegro, cuando acudía a él medio desesperado por la ausencia en los ojos de ella de algo más que la admiración que podía haber sentido por cualquier otro que ocupara su puesto.
El día en que Eleazar conoció a Félix von Ackermann era uno de aquéllos. Llegó pronto a la casa de Judas y fue invitado a compartir una charla junto al fuego con su suegro, dado que le dijeron que Miriam se retrasaría un poco.
—Cuéntame, rabí, ¿cómo está Sara, la mujer del herrero? —preguntó Judas, una vez se hubo acomodado.
Eleazar trató de eludir el tema, pero su suegro insistió, puesto que —según dijo— le unía una gran amistad con el padre de Michel, el herrero.
—Vivirá —dijo finalmente—. Su cuerpo es fuerte; su alma...
Judas lo miró como si pudiera escrutar lo más profundo de su pensamiento.
—No obstante, los antepasados nos animaron a no perder la esperanza.
Eleazar negó lentamente.
—Las matemáticas no mienten. La ciencia no engaña. Nuestros antepasados veían un futuro difícil de explicar a las nuevas generaciones y hablaron de combatir cuando ellos mismos se dejaron conducir al matadero por millones, sin luchar.
—Entonces...
—Entonces, Michel y Sara son tan insensatos como todos aquellos que se engañan a sí mismos una y otra vez. Nunca tendrán un hijo; ya lo sabes: ambos descienden de impuros.
—No seas duro con ellos, puesto que tú mismo elegiste un camino similar.
Eleazar esbozó una sonrisa. Su suegro siempre solía tantearlo, atacarlo para ver si su decisión era firme.
—Sabes que no es lo mismo, viejo —dijo—. Tú todavía tendrás nietos, y quién sabe...
Judas enseñó sus dientes amarillos en una triste mueca más parecida a un reproche que a una sonrisa.
—¿Cuándo acabará todo esto, rabí? —preguntó.
Eleazar se encogió de hombros.
—Sabes que ni tú ni yo lo veremos. Consuélate con ver todos los días la hermosura de tu hija. Vive la vida que Dios te ha dado.
La puerta se abrió y entraron Miriam y Susana, su madre, llenando la estancia con su alegría. Miriam besó primero a su padre y luego saludó formalmente a Eleazar, demasiado formalmente para su gusto.
—¿Cómo está Nicolas? —preguntó Eleazar, sin dar importancia al hecho de que su amada no le hubiese dirigido la palabra por la mañana.
—Mucho trabajo —limitó a decir ella, mientras salía de nuevo hacia la cocina—. Ya sabes: otra vez Sara.
Judas indicó la mesa a Eleazar y éste se sentó sin saber muy bien qué pensar. Hacía tiempo que Miriam le había pedido que hablase con Nicolás y permitiera que trabajara con él como ayudante. Fue una de las pocas veces en que Miriam lo había mirado a los ojos y no pudo negarse. Se lamentaba de no haberlo pensado mejor, y al momento siguiente se llamaba estúpido por aquellos pensamientos. Aquélla era la única cosa que su prometida le había pedido nunca. Quería tener una ocupación, eso era todo, aunque lo atormentaba la idea de exponerla a la presencia de aquellos animales de las SS.
Miriam y su madre se sentaron una vez colocados sobre la mesa todos los alimentos y Judas pidió al rabino que entonara una pequeña oración. Eleazar disfrutaba de aquellos momentos de intimidad y bendijo la mesa rápidamente para poder concentrarse en los alimentos y la conversación. Pensó que Miriam estaba preciosa aquella noche pese a su aspecto cansado, o quizás precisamente por ello. Sus ojos eran de un verde intenso; su pelo, negro y rizado. Era menuda como su madre, de quien había heredado también su pequeña nariz. «Las hijas de los impuros son bellas porque así está escrito», pensó. Le vino a la memoria el lecho de muerte de su padre, como siempre que se encontraba ante Miriam. Luego ella le sonrió y no quiso pensar más en cosas desagradables, pero había algo que lo intranquilizaba.
—Me gustaría que Nicolás no te expusiera a la compañía de los alemanes.
Sus padres la miraron con expresión asustada. Ella le lanzó una mirada de reproche aunque no dejó de sonreír.
—Sólo acompañé a Herr Ackermann por su salvoconducto y luego me pidió que le enseñase unos archivos —dijo, restándole importancia al asunto.
—Espero que tuviera una autorización de Nicolás para ver lo que quería ver —interrumpió Eleazar, quien no estaba dispuesto a dar el asunto por zanjado.
—Claro —dijo ella.
Judas le lanzó una mirada inquisitiva. Quería saber si en realidad aquello era tan importante, o si sólo se trataba de una cuestión relacionada con la inseguridad del rabino.
—Los alemanes no son buena compañía para una chica judía —dijo.
—Felix es diferente —interrumpió ella.
—¿Felix? —inquirió la madre.
—Quiero decir Herr Ackermann —se corrigió Miriam.
Eleazar la miró de hito en hito. Trataba de no darle al asunto más importancia de la necesaria, pero le resultaba difícil ser ecuánime.
—Es nuestro enemigo —dijo.
—Es muy amable —contraatacó ella—. Nunca me haría daño, lo pude ver... Lo pude ver en sus ojos... Además, es tan joven...
Eleazar sintió el impulso de echarse a reír
—Nunca te haría daño, es cierto —dijo—. Está demasiado ocupado en hacérselo a tu pueblo.
—Eleazar, siempre me has dicho que nosotros los jóvenes no tenemos ya mucho que ver con quienes vivieron hace tiempo —dijo ella.
Entonces fue su futura suegra quien miró a Eleazar con cara de pocos amigos. Judas había oído mil veces aquellas mismas opiniones de su propia boca y no pareció tan sorprendido, aunque Eleazar pensó que aquello no era lo mismo en boca de una mujer. De una niña.
—Es cierto, lo dije —concedió—. Pero también es cierto que ese pueblo maldito ha perseguido al tuyo desde el principio de los tiempos y que no descansará hasta vernos desaparecer.
Herr Ackermann me contó que viene de América. Me dijo que huyó allá porque discrepaba con su padre en muchos aspectos. Puede que nosotros figuremos entre ellos. Tú no piensas igual que Simón «el Guardián».
—No —contestó Eleazar—. Aunque me parece que, antes de defenderlo con tanto ímpetu, deberías estar al tando del tipo de trabajo que Herr Ackermann ha venido a hacer aquí.
—No creo que... —trató de decir Miriam.
—¡Basta! —interrumpió su padre—. Eleazar tiene razón: un alemán es un alemán, y el mundo estaría mucho mejor libre de ellos.
—Entonces no sois mucho mejores que ellos, ¿no creéis? —preguntó Miriam, triste, y se levantó de la mesa.
—¡Espera! —ordenó el padre. Pero la única respuesta que obtuvo fue el portazo con que Miriam entró en su habitación.
—Te pido excusas, buen rabí —suplicó Judas—. No entiendo qué puede haberle sucedido.
—No te preocupes —contestó Eleazar—. Es joven. Con el tiempo lo comprenderá.
«Es joven», se dijo el rabino, y quedó allí, enmudecido por el asombro que le había producido ver a su prometida defendiendo por primera vez una idea tan apasionadamente.

IV

Simón le guiñó un ojo a su tío y recitó:
—Yo soy Simón, de los puros de Israel. Hijo de Moisés, que fue hijo de Jacob, cuyo padre fue Simón el Viejo, llamado por todos «el Guardián», que fue engendrado por Jonás, hijo de Saúl, que a su vez fue engendrado por Simón el Fundador.
El niño miró a su preceptor con picardía, buscando una felicitación. En vez de ello, sólo encontró un gesto de asentimiento preñado de preocupación. Elea zar estaba lejos en aquel momento. Llevaba un par de semanas en vilo por la presencia de aquel alemán que se estaba ganando la confianza de su gente. Los informes de Nicolás no podían ser más desalentadores. Al parecer, había llegado a una especie de complicidad con Von Ackermann y creía comprenderlo.
—Se trata de un caso extraño —decía—, pues en él se dan todas las características del ario perfecto; pero, además, creo que ha trascendido la subordinación al Partido. Es una especie de... del verdadero superhombre de quien hablaron los filósofos. Vive al día, no le importa hablar de temas prohibidos, dice que sólo trabaja para el Reich como camino hacia algo mejor.
Nicolás le había referido cómo su manera de ser le había costado más de un disgusto cuando dejó las aulas americanas para volver al Reich de los mil años. Palizas, aceite de ricino, vejaciones y torturas de las que no extraía ninguna enseñanza nueva. No habían pasado a mayores por ser su padre quien era. Al final, sólo pudo encontrar trabajo en Palestina, bajo la protección directa de éste.
A Eleazar no le extrañaba la simpatía que el médico sentía por el hijo del Gauleiter. Nicolás siempre había detestado a los nazis como el que más, pero también era cierto que habían pasado sus buenas tardes junto al fuego de la casa del viejo Karl, hablando de filosofía; de cómo los nazis habían desvirtuado el arquetipo del superhombre, para convertirlo en un pelele subordinado a la raza, al Partido y al Fürher. Añadiendo a todo ello el hecho de que aquel joven representaba la rebeldía contra un mundo heredado que no les pertenecía, no era de extrañar que Nicolás se mirara en él como en un extraño espejo deformante.
Asimismo, pensaba en lo que había descubierto respecto a la personalidad de su amada. Le agradaba aquella faceta rebelde hasta entonces desconocida, puesto que se había formado una imagen de su prometida según la cual ésta quedaba reducida a un mero elemento decorativo incapaz de resistirse a sus demandas. Por lo menos, la relación con Miriam había mejorado, como si tratase de congraciarse con él después de la discusión de aquella noche.
—Ahora cuéntame lo que sepas de la huida —dijo mecánicamente, sin escapar de sus pensamientos.
El niño asintió con gravedad.
—Simón, el Fundador, vivía en aquel tiempo en el campo de la muerte, cuyo nombre sólo se menciona en los cuentos de viejas que desean asustar a los niños en las noches de invierno.
Eleazar asintió, complacido por la inclusión en el relato de pequeños indicios de la capacidad fabuladora del pequeño.
—En el campo conoció al médico, cuyo nombre se ha perdido por no ser importante. Simón hacía de enfermero y el médico ayudaba en el hospital del campo a los médicos alemanes. Aquéllos que no estaban allí para curar.
»Por aquel entonces, el Fundador ya sabía que Dios le había otorgado una misión. Había escapado tres veces a la muerte de forma misteriosa, de manera que se prometió vivir para contarlo y halló fuerzas para vivir en medio del horror. Su puesto en el hospital le resultaba útil, ya que el médico y él tenían acceso a una alimentación mejor. Todos los días veían pasar por allí a los que habían de morir agotados por el trabajo brutal o en medio de sufrimientos sin nombre, pues los médicos alemanes habían dado con una fuente inagotable de «ratas» para su inmundo laboratorio. Las cenizas arrastradas por el viento les recordaban en todo momento el destino de los que se dejaban vencer.
»Una noche, el médico buscó a Simón en su barracón para contarle una historia. Algo que había llegado a sus oídos por el descuido de quienes no esperaban que aquel hombre sobreviviera. Por aquel entonces, los americanos presionaban para detener la matanza de nuestro pueblo y los médicos alemanes habían encontrado, según parece, una manera de completar su obra por otros medios. Aquello convenció a Simón de que no bastaba con que siguiera respirando.
El niño hizo una pausa. Miró a su maestro y preguntó:
—¿Así fueron creados los impuros?
Eleazar asintió.
—Tío, ¿cuándo sabré todo lo que le contó el médico a Simón aquella noche? ¿Cuándo me contarás la forma en que nuestro pueblo ha de vencer al final?
—¿Qué sabes tú de eso? —preguntó Eleazar, sorprendido—. A su debido tiempo. Ahora termina tu relato.
—¿Debo esperar a que mueras? —insistió Simón.
—Cuando llegue el momento, mi secreto será tuyo.
—Pero, ¿y si mueres antes de contármelo?
Eleazar volvió a reconocerse en aquella impaciencia.
—La huida —dijo.
—Había unos soldados rusos en el campo que siempre decían tener un plan infalible para escapar del hospital si los ayudaba alguien —siguió el niño, reconociendo su derrota—, y una noche sin luna...
No pudo continuar, porque entraron con gran estruendo María y Nicolás, que parecía haber visto un fantasma. María estaba sofocada, como si hubiese intentado detener al médico.
—Ha sucedido —dijo éste escuetamente.
—¿Qué? —logró preguntar Eleazar, que no salía de su asombro. Una mirada de complicidad por parte de Nicolás le hizo comprender.
—¿Quién? —preguntó con los ojos muy abiertos.
Por toda respuesta, el médico bajó los ojos y permaneció en silencio.
—¡Mírame, hijo de Karl! —exigió el rabino—. ¿Quién?
El médico miró a María, como tratando de hallar un aliado en aquel difícil momento. Señaló a Eleazar con el dedo.
—El momento que hemos esperado durante generaciones... Tu..., tu deber —dijo, asustado.
—¡Miriam! —exclamó Eleazar—. ¡Maldito hijo de puta! ¿Qué me has estado ocultando? —gritó, agarrando al médico por el cuello.
María intentó separarlos y el rabino la alejó de un empellón. El niño corrió a socorrer a su madre, que quedó tendida en un rincón, llorando.
—¿Dónde? —exclamó, mientras golpeaba a su amigo.
—Ella lo quiere, ¿no lo entiendes? Está escrito —contestó Nicolás, que recibió una nueva lluvia de golpes.
—¿Dónde? —insistió Eleazar.
—En la mezquita de la Roca, a media noche —dijo María desde el rincón.
Ambos hombres quedaron anonadados mirando a la madre del pequeño Simón.
A continuación, Eleazar lanzó al médico contra una aparador y corrió hacia la puerta de la casa, que se abrió soltando un chirrido familiar.
Toda la comunidad estaba ante aquella puerta.
Eleazar chocó con sus dos hermanos al intentar salir, y éstos lo volvieron a meter en la casa a empujones. El rabino reconoció a Michel, el herrero, y al viejo Saúl, acompañado por su hijo Salomón. Allí estaban sus suegros, que lo miraron inexpresivamente, aunque creyó entrever cómo una lágrima se deslizaba por la morena faz de Susana. Estaban todos allí: los niños a los que había enseñado, los jóvenes a los que había aconsejado, los viejos a quienes había consolado... Sus amigos. Su gente.
—Es tu obligación —le dijo Moisés, el padre de Simón, su hermano—. No nos lo hagas más difícil.
—¡Está escrito! —gritó Judas, su suegro. Su amigo.
—¡Está escrito! —corearon los demás.
Por un momento, Eleazar quedó escandalizado por la ligereza de la lengua del viejo. Aquel secreto sólo debía ser conocido por unos pocos iniciados en la comunidad. Sólo debía desvelarse a los demás el día...
Por primera vez le sacudió la conciencia, amortiguada por la creciente incredulidad de que aquél fuera el día.
—¡Miriam! —gritó.
—Recuerda: las hijas de los impuros son bellas porque así está escrito —le susurró Moisés al oído mientras su hermano lo sujetaba.
—¡No! —volvió a gritar, y luchó con todas sus fuerzas.
Ambos hermanos trataron nuevamente de sujetarlo. A continuación, Moisés negó con la cabeza y lo soltó. No quería hacerle daño. No de aquella manera. Eleazar, medio libre ahora, se deshizo de su otro hermano con un fuerte puñetazo y volvió a entrar en la casa. Impulsado por una sola idea, corrió por los pasillos sin pararse a comprobar si alguien lo seguía.
Conocía como la palma de su mano todos los rincones de aquella casa, que tendría que haber sido la suya. Corrió a oscuras de habitación en habitación, deteniéndose apenas para abrir las puertas. Su idea era escapar por la ventana de su cuarto, la más cercana al muro del ghetto. Esperaba que allí no hubiese nadie dispuesto a detenerlo; pero si lo había...
Rompió el cristal de la ventana con las manos desnudas y saltó a la calle sin reparar en la altura. La oscuridad de una noche sin luna sería su cómplice, igual que lo fue de la huida de su antepasado tantos años antes.

V

Las calles se estrechaban al otro lado del ghetto. Aquel muro separaba dos universos paralelos: el uno, callado y triste, aunque de amplias avenidas casi siempre vacías, donde todos se conocían puesto que prácticamente todos eran parientes; el otro, de calles estrechas y oscuras, bullicio cosmopolita, comerciantes, ladrones y gentes de mal vivir que se escudaban tras el velo de la ciudad santa para no tener que vivir una vida normal de trabajo y tedio. Hacía tiempo que los habitantes del ghetto formaban parte de aquella metrópolis mugrienta. Solían escapar al amanecer por agujeros y túneles más o menos consentidos para olvidar por unas horas sus vidas de reclusión, sus harapos marcados con la estrella de David y sus falsos negocios de ghetto y vivir en libertad ejerciendo profesiones heredadas de sus ancestros entre los gentiles. Eleazar debía de ser de los pocos que no tenía una doble vida al otro lado del muro, simplemente porque sus obligaciones para con la comunidad no se lo permitían. A pesar de ello conocía las tortuosas calles de la ciudad palestina tan bien como las del mismo ghetto.
Una vez en el laberinto de callejuelas que conducía a la plaza central donde se alzaba la gran mezquita de la Roca, Eleazar corrió como alma que lleva el Diablo. Sólo pensaba en cómo evitar aquella locura. Miriam era suya. El único futuro que imaginaba era con ella. En una casa del ghetto, de las vacías por el lento declive de su comunidad, que ahora se llenaría con su cariño, con la alegría de los niños, la calma de la edad, el esperar tranquilo hasta que llegara el momento de entregar su puesto al joven Simón. Aquél había sido el sino de todos sus antecesores: esperar, siempre esperar, pues llegaría un día... Pero eso quizás lo viesen los nietos de Simón; no él, todavía no.
Remontó como pudo la cuesta sembrada de adoquines que conducía a la explanada de la mezquita. Trató de convencerse de que todo había sido un malentendido, de que el médico alemán había solicitado una vez más los servicios de Miriam como guía en la ciudad. Desde luego, aquello no podía seguir así, pensó que hablaría seriamente con Herr Ackermann, quien seguramente comprendería que aquéllas no eran maneras de tratar a una joven judía prometida y...
El aire frío de la noche hirió su garganta por el ansia de oxígeno que le producía la carrera. Sintió la sangre latir en sus sienes. Pensó que aquellas viejas historias no le incumbían, aunque hubiera basado en ellas toda su existencia y fuera el encargado de que el destino de su pueblo se cumpliese. «Así no», pensó. Acudieron a su mente las palabras del viejo Saúl, aventurando que no era el indicado para el cargo que ocupaba. Oyó a su hermano recitar una vez más el viejo adagio: «Las hijas de los impuros son bellas porque así está escrito».
Una claridad lechosa le indicó que se aproximaba a la explanada de la mezquita, la única de la ciudad donde se permitía algo de iluminación nocturna. Un pinchazo en un costado le hizo detener su carrera. Había un automóvil en mitad de la plaza desierta, un Opel nuevo de color azul marino. Pensó que no era gran cosa para el gran Von Ackermann, que los grandes hombres tenían pesados Mercedes o rápidos coches italianos. Le hizo gracia aquel giro de sus pensamientos, pero no lo que vio a continuación.
Medio ocultos por la noche y las sombras, Miriam y el alemán se abrazaban junto al coche. Eleazar pensó por un momento que aquel gigante estaba atacando a la pobre muchacha; luego, la realidad le llegó como un zarpazo, acompañada de una oleada de odio.
—¡No! —gritó, rompiendo el silencio más absoluto.
El alemán se sobresaltó y sacó una pistola que llevaba oculta bajo su negro abrigo.
Eleazar empezó a aproximarse a la pareja y Von Ackermann lo apuntó sin pensárselo dos veces.
—¡No siga! —consiguió exclamar con un extraño acento.
Miriam, que había permanecido protegida tras el gigantesco alemán, fue consciente entonces de quién se acercaba. Las noches de Palestina estaban llenas de ladrones y asesinos. No esperaba verlo aparecer.
—¡Felix, no! —exclamó—. Es Eleazar.
Eleazar comprobó que ya no llevaba sus ropas del ghetto. Vestía su mejor traje que, a fuerza de remiendos disimulados, le daba un aspecto mucho más presentable que los harapos habituales. Le pareció que nunca la había visto tan bella.
El alemán pareció dudar unos instantes, aunque luego bajó el arma y esbozó una sonrisa de circunstancias.
—No puedes hacerlo —dijo Eleazar—. Te necesito.
—Pero yo no te quiero —adujo ella—. Quiero a Felix. Él me sacará de este lugar apestoso. Me llevará al mundo de verdad, ¿no lo entiendes? Es como yo: no le importa lo que hicieran sus antepasados.
—Eres tú quien no lo entiende —trató de explicar Eleazar—. Sus leyes no le permiten tocar a una judía. Os matarán en cuanto descubran quién eres.
—No parezco judía —dijo ella, como quien recita una lección bien aprendida—. Diremos que soy italiana o española. A su padre no le gustará, pero terminará cediendo, al ver que su hijo sienta la cabeza por fin.
—Pero yo...
—¿No comprendes que representas todo lo que no soporto? —dijo Miriam, con la pena reflejada en su rostro—. La tradición, el ghetto, vuestros secretos de hombres, esa forma de quererme como si me estuvieses haciendo un favor por lo que es o fue mi familia...
Eleazar empezaba a ver claro. No había nada dejado al azar: el tiempo, la rebeldía de la juventud, el hacinamiento, el odio a ser diferente. Durante aquellas semanas, Miriam se había mostrado feliz y dicharachera, y su relación parecía florecer cuando en realidad lo que florecían eran sus esperanzas de huir. Y tenía razón: no había nada en ella que traicionase su condición de judía. Los alemanes toleraban a las razas mediterráneas aunque las consideraran inferiores. No había leyes contra los franceses ni contra los italianos; al menos, todavía no. Su única esperanza de recuperar a Miriam era...
—Y usted, Herr Doktor, ¿no se pregunta cuál es su papel en esta historia?
El alemán pareció sorprendido de que se dirigiera a él.
—No le entiendo —dijo.
—Nuestra comunidad —continuó Eleazar, debatiéndose en una terrible lucha contra su conciencia—. Usted la ha estudiado y, sin embargo, no ha entendido nada. Si usted llegara a tener hijos con Miriam...
—Nada puede ocurrirnos si estamos juntos —sentenció ella.
Von Ackermann pareció complacido por aquello.
—Mírela —dijo—. Usted juraría que tiene la peste si eso hiciera que no se la arrebatara. Los males de su raza se deben a la endogamia, a la degeneración. Nada que no pueda superarse con unos buenos genes arios, ¿no cree? —preguntó el alemán entre risas, y luego besó a Miriam.
Eleazar se abalanzó contra la pareja y trató de arrancar el arma de las manos de Felix von Ackermann. Éste reaccionó con agilidad, apartando a Miriam del camino del judío y propinándole un culatazo que le hizo caer aturdido. Una vez en el pavimento, Eleazar recibió en sus costillas la furia del alemán. Había sido víctima de las botas de los SS muchas veces y sabía cómo eran. Sólo un grito de Miriam evitó que la paliza fuese mortal. Desde el suelo, Eleazar pudo sentir el llanto de ella, y cómo el pequeño Opel azul marino se alejaba en dirección a las puertas de la ciudad.
El rabino se sintió solo, más de lo que nadie hubiese tolerado jamás, mientras notaba la sangre correr por su cara para ir a perderse en el pavimento. Pensó que nunca había habido nadie más preparado que él para su misión. Una estúpida mezcla de hipo, llanto y risa le recordó que sólo la culata de aquella Lugger había impedido que fracasara después de tantos años de lecciones y trabajo duro, de repeticiones al ritmo del reloj del salón familiar, de saberse o, mejor, de creerse el piloto que debía guiar la comunidad. Había estado a punto de echarlo todo a perder porque nunca se le había ocurrido que aquel fatídico día pudiese llegarle en vida.
Pensó con amargura que era un héroe. Trató de apartar aquel pensamiento; no era más que un cobarde que habría traicionado sin dudar. Lo que había dicho el alemán era cierto, habría sido capaz de venderlos a todos sólo por sentir una vez más la mirada de aquellos ojos que ya nunca serían suyos.
El sonido de pisadas en la noche le hizo alzar la mirada. Una vez más estaban todos allí. Lo miraban con tristeza. No se atrevían a acercarse.
Pensó que era hora de que guiase a su rebaño de nuevo hacia el redil, que era momento de narrar nuevas historias y empezar una nueva vida. El futuro había llegado sin avisar.

© 2004, José Antonio del Valle.